Bullying

Cecilia López

El bullying se trata de un fenómeno
complejo donde entran en juego
diversos factores psíquicos en apariencia
contradictorios: se odia lo ajeno y se
odia lo similar, se le atribuye al otro la
causa del malestar propio y se odia la
suposición de que tiene una vida mejor.
Al final, se presume la solución del malestar
mediante la destrucción del otro ajeno/igual.

 

El acoso escolar, o bullying, ha sido un tema de reciente interés. Se habla del auge de conductas violentas en todos los niveles escolares y de la urgencia de encontrar un freno a la situación.  ¿Cuáles son estas conductas? Es imposible, e inútil, hacer una lista particular, diremos simplemente que, en términos generales, se trata de actos encaminados a maltratar a la otra persona, incluso, en casos más graves, a atentar contra su integridad física.

Sin restar importancia al acoso escolar en particular, si reflexionamos un poco en el tema, nos daremos cuenta que el bullying no es un fenómeno reciente ni tampoco se presenta sólo entre estudiantes. Veamos: racismo, sexismo, xenofobia, homofobia y otras formas de discriminación, ¿qué tienen en común? Todas podrían ser consideradas una especie de bullying, el despliegue de una conducta violenta y humillante hacia aquél que se percibe diferente de los demás y atenta contra el grupo.

Cabe preguntarse, ¿qué causas psíquicas se encuentran detrás del bullying? ¿por qué nos topamos con despliegues agresivos contra determinadas personas? En una síntesis, ¿cuál es la raison d’être del bullying? Sin hacer un estudio exhaustivo, y teniendo siempre presente la importancia del caso por caso, hagamos una reflexión general y sencilla del tema.

Lo similar a uno, ¿confusión?

Muchos hemos escuchado la frase “El hombre es hombre entre los hombres” ¿a qué se refiere? Precisamente a que las personas nos conformamos tomando elementos del entorno rodeándonos. Un bebé recién nacido aprende a ser hombres gracias a su ambiente, es decir, realiza una construcción propia a raíz de tomar las piezas de afuera e incorporarlas a su psique. En psicoanálisis, Lacan denominó este fenómeno “estadio del espejo”: la imagen del espejo sirve para conformarse a uno mismo.

Veamos como funciona: imaginemos que observamos el desarrollo de un niño entre los cero meses y los tres años de edad. Durante ese tiempo, nos percataremos que aprende a caminar, desarrolla el lenguaje, tiene entrenamiento higiénico, incluso se instruye en ciertas normas básicas como no meter la mano en la estufa, no jugar con cuchillos, dormir a ciertas horas, comer ciertos alimentos, etc.

¿Cómo puede aprender todo esto un niño? Por un lado porque hay alguien que le enseña, educa y cuida, y por el otro lo hará a manera de imitación de su entorno. Las personas encargadas de su educación son los que fungen como padres, sin importar una relación biológica directa o no. Los padres, con la evidente superioridad y autoridad sobre el niño, se convertirán en los “omnipotentes” de los que hemos hablado en otros artículos: aquellas personas con poderes casi mágicos e ilimitados, encargadas de imponer ciertas normas y velar por el bienestar del niño.

Además de los padres, el niño se encuentra rodeado de otros similares a él: hermanos, primos, amigos, compañeros u otros niños de la comunidad. Estos otros no tienen el rol de omnipotencia de los padres, por el contrario, son los pares del niño, son sus iguales, es decir, están en su mismo nivel. Tomando elementos de los omnipotentes, tomando elementos de los pares, el niño va aprendiendo lo necesario para convertirse en hombre.

Dejemos de lado el análisis de la relación con los “omnipotentes” y concentrémonos en la relación con los pares. Los pares, precisamente por ser iguales a él, le permiten espejarse, es decir, reconocerse a sí mismo con los elementos del otro igual. Esto da como resultado una relación a la vez fascinante y agresiva: es fascinante porque los pares sirven como elemento para la identificación propia, pero, al mismo tiempo, las semejanzas ponen en conflicto la individualidad y separación entre el par y uno mismo.

Pensemos en la clásica rivalidad fraternal. Los hermanos son pares entre ellos y comparten un vínculo de identificación: tienen el mismo apellido, los mismos padres e incluso algunos rasgos físicos. Al mismo tiempo, están en competencia porque cada uno de ellos quiere sobresalir y tener rasgos únicos que le permitan ser los consentidos de los padres, tener su amor y atención absolutos sin compartirla con los odiados hermanos pares.

La identificación da como resultado agresividad y odio hacia aquél considerado par. En el caso de una escuela, los pares son los compañeros de clase; en el caso de una oficina, son los compañeros de trabajo. Hay un grupo de personas trabajando en una empresa en un mismo nivel, cada uno de ellos tiene una preparación similar y desempeñan un trabajo parecido, tienen el mismo sueldo y tal vez tengan hasta edades cercanas. En otras palabras, están en un nivel de igualdad entre ellos.

Niños y adultos se encuentran en franca competencia entre ellos por tener el elemento diferenciador que les permitirá ser “el elegido” para el maestro o para el jefe, o incluso para cualquier otro tildado de “omnipotente”. ¿Cómo se logra la posición de “el elegido” si comparten características que les hacen iguales? Las semejanzas a momentos parecieran no dar espacio para lograr sobresalir y ser diferentes, entonces entra en juego la agresividad.

La cercanía e igualdades llevan al sentimientos de solidaridad e identificación entre los pares, mas de igual forman tienen una semilla de odio y desprecio por la amenaza que implican las semejanzas. Se desea, inconscientemente claro está, eliminar a la amenaza, en este caso los pares, y una forma de manifestar este odio es el bullying: “No eres mi igual porque, realmente, realmente, eres inferior a mí”. Se intenta hacer una denigración del otro para romper en apariencia con las semejanzas.

Lo ajeno, ¿es propio?

Para complicar más el asunto de las relaciones entre pares, precisamente la identificación e igualdad resultan convenientes para transferirles aquello de uno mismo que no se desea, aquello que resulta conflictivo o desagradable en uno mismo. Hay elementos desagradables en uno por los que es imposible responder, entonces se movilizan al otro igual a uno “No es que yo tenga esto que odio, sino que lo tienes tú”. La parte conflictiva que se transfiere, tiene relación con aquello que los padres, u omnipotentes, han prohibido.

Pongamos un ejemplo: imaginemos a un niño cuyos padres le prohíben comer dulces por temor a que desarrolle diabetes. Al niño poco le importa su salud, él tiene ganas “locas” de comer un caramelo, pero no se atreve a desafiar la orden directa de los padres por temor a provocar su enojo y perder su amor. En la escuela, ve a otro niño (su par) con una bolsa de dulces comiendo uno tras otro caramelo, ¿qué pasa aquí con el niño? Odiará al de los dulces por tener la posibilidad de hacer algo prohibido que él desea, es decir, comer caramelos.

En lo profundo de su psique, el niño odia su deseo de comer dulces por ser algo que, de hacerlo, contravendrá una orden de los padres y pondrá en peligro su amor; pero, aunque odie esa parte de él mismo, no puede deshacerse de ella. ¿Cómo maneja la psique del niño este choque interno? Por una solución sencilla: transfiere a un par aquello que odia de él y, en lugar de odiarse a sí mismo, odia al otro similar que come caramelos al por mayor.

En ocasiones, cuando existe una parte en choque dentro de nuestra psique, se opta por “sacarlo” de nosotros y achacárselo a otro que esté en nuestro mismo nivel. Se odia en otro lo propio y se imagina que, al destruir al otro en el que se depositó lo odiado, uno podrá deshacerse, purgarse, de ese elemento conflictivo.

En el mismo ejemplo, el niño que desea comer caramelos, al ver al otro con la bolsa de dulces, asume que ese otro niño par es más feliz que él por el simple hecho de poder comer caramelos. El niño toma como medida de bienestar la cantidad de caramelos consumidos y, así, supone que el otro a quien no le está prohibido comer dulces, tiene una vida mejor, una vida idónea. Lo peor del caso es que él jamás podrá tener ese nivel de vida por simple hecho de que él no puede comer caramelos.

En el bullying, y en otras formas de discriminación, opera este complejo mecanismo: se imagina que aquel diferente tiene una mejor vida que nosotros, una vida anhelada, una vida prohibida para nosotros. Por decirlo en términos simples, entra en juego la envidia: odiamos que el otro tenga algo que nosotros jamás tendremos y que, no obstante, deseamos. ¿Cuál es la solución? Si destruimos a ese otro matamos a dos pájaros de un tiro: destruimos lo odiado dentro de nosotros depositado en un par de afuera, y destruimos también a aquel que nos genera envidia por tener una vida más plena.

Vemos entonces el complejo mecanismo en juego durante la identificación y las diversas formas en que desemboca en agresividad y violencia. Es importante recordar que todos estos mecanismos son inconscientes, esto es, no se tiene noticia de cómo o cuándo se ponen en marcha, es más, ni siquiera se sabe que existen. Lo único de lo que se entera uno es de la inexplicable antipatía, enemistad o repulsión hacia ciertas personas en particular.

En nuestro artículo “Víctimas del bullying”, reflexionaremos sobre qué sucede en los grupos, los sentimientos que se generan en la persona discriminada y algunas propuestas al problema.

 

Enero, 2013

"Tenerlo todo" ¿y si no quiero?

Bullying

Víctimas del bullying