Víctimas del bullying

Cecilia López

Los grupos se establecen a partir
de un elemento de identidad entre
ellos basado en la segregación
de un otro diferente que no pertenece.

La persona segregada, o buleada, se
convierte en depósito de la agresión
dirigida en su contra e implica altos
niveles de angustia desmedida.

Para detener los efectos de un lado
y del otro, es necesario encontrar
una vía alterna de tramitación del
material psíquico que permita su
adecuada resignificación.

 

En nuestro artículo anterior, hablamos sobre la relación amor-odio que existe con los pares. La igualdad, al tiempo que es necesaria para la identificación y la construcción de elementos psíquicos propios, es amenazante. Provoca agresividad y rivalidad entre los pares que desean ser “el elegido” ante el omnipotente, tal como en el caso de hermanos luchando por el amor de los padres.

En este artículo haremos una reflexión simple sobre qué sucede con los grupos y con las personas segregadas, así como algunas posibles formas de lidiar con los sentimientos de agresión. No olvidemos que en la agresión entre los pares y en la discriminación en general, entran en juego muchos otros factores más complejos, como la estructura psíquica de cada persona. Siempre debe analizarse cada caso en particular, tanto del que acosa como del acosado.

Grupos: segregación

La psique es muy compleja y tiene la sorprendente capacidad de albergar dos deseos contradictorios al mismo tiempo sin que uno anule al otro, dando como resultado un sinnúmero de choques interiores. Por un lado se odia a los pares por sus semejanzas, pero por el otro lado se necesitan, se valora la identificación y espejeo que proveen como vehículo para la construcción y reconocimiento propio.

Los grupos se conforman precisamente alrededor de un núcleo específico que permite el espejeo entre sus miembros. Se establecen ciertas características como base de identidad del grupo, y cada uno de sus miembros puede reconocerse a sí mismo en ellas, “Yo soy de cierta manera porque soy parte del grupo A y no del grupo B”. La unidad, en primer momento, no se da por las puras semejanzas entre sus miembros, sino por las semejanzas entre ellos en contraposición a otro u otros diferentes.

La formación de grupo siempre conlleva a la segregación de otros que no pertenecen al grupo, “sabemos que estamos vinculados porque hay al menos uno que no lo está”. Al igual que el en caso de una persona en particular, el grupo, para permanecer unido, toma los sentimientos de agresividad que existen entre sus miembros, esperados en cualquier relación de pares, y los transfiere, ¿a quién? A la persona, o personas, segregada. Si los sentimientos de agresividad permanecen al interior, el grupo se disuelve, por lo que se transfieren para salvaguardar la unidad del grupo.

Expliquemos lo anterior con un ejemplo: en una oficina, los empleados deben llegar a las 8 de la mañana puntualmente o de lo contrario se les descontará del salario. Los empleados, a pesar de mantener una relación cordial entre ellos, en el fondo tienen sentimientos de enemistad pues todos están compitiendo por el mismo puesto más arriba, que les permitirá tener una mejor posición socioeconómica. Nos encontramos aquí con la mencionada rivalidad entre pares.

En este grupo de empleados que deben llegar a las 8am en punto, su jefe autoriza que uno de ellos llegue a las 9am, marcando una diferencia notoria. Los demás empleados desearían tener esta licencia especial y contar con una hora más de sueño, sin embargo les es imposible. ¿Qué sucederá ante el hecho de que uno sí tenga esa licencia? Los demás empleados se unificarán entre ellos por su desagrado en común del uno con licencia especial y, probablemente, intentarán desprestigiarlo o cuando menos hacer notoria su no-pertenencia.  

La diferencia permite unificar al grupo y dejar de lado la rivalidad por la igualdad gracias a la introducción de uno o unos diferentes. ¿Quién es ese diferente? Justo aquél que tiene algo deseado por los miembros del grupo pero que les resulta prohibido obtener; en el caso del ejemplo, será el empleado que puede llegar más tarde a la oficina. En el caso de una escuela, podría ser aquél alumno con mejores calificaciones, o con algún otro elemento que le haga diferente y le impida homogenizarse en el grupo.

Personas buleadas, discriminadas o segregadas

Como hemos visto, las personas segregadas del grupo o víctimas del bullying se convierten en una especie de receptáculo para la agresión de los demás. Mientras que resulta innegable el influjo de violencia exterior, en múltiples ocasiones se llega a un punto donde se hacen propios los reclamos o violencia, es decir, la persona acepta convertirse en receptáculo. ¿Por qué? Porque les atribuye legitimidad, asume que la otra persona tiene la capacidad de hacerle daño porque las agresiones exteriores se enlazan con un conflicto interior.

Expliquemos esto. Una conducta violenta del exterior tiene la capacidad de afectarnos sólo en la medida en que remite a una herida o conflicto propio, de otra forma pasa desapercibido. Por poner un ejemplo, si alguien establece como motivo para discriminarnos que nacimos en Júpiter, lo más probable es que no genere un malestar ulterior y tiremos a loca a la persona.

Por el contrario, si las agresiones hacen “click” con un elemento interior, esto dará pie a que se forme un lazo destructivo entre el buleado y el buleador, donde las agresiones vayan subiendo cada vez más de nivel, hasta desembocar en una angustia casi insoportable.

En un bullying “exitoso”, la misma persona buleada sabe que hay algo que lo hace diferente y, en algún nivel, tilda estas diferencias como desventajas ante los demás. Puede ser que las diferencias le remitan, directa o indirectamente, a una cuestión dolorosa o a un elemento de sí misma que odia, pueden incluso vincularse con alguna culpa o con su propio sentimiento de agresividad.

Digamos en un ejemplo que un niño perdió a su madre al nacer y ahora está a cargo de su padre. Los niños en la escuela hacen un buleo “inicial” burlándose de él por no tener madre. El acoso podría haberse limitado a esa única burla de no ser porque se ligó con un elemento interior del niño: él se siente culpable por la muerte de su madre, piensa que si él no hubiera nacido, ella no habría muerto.

Ante este factor, el niño hace propio el acoso, es decir, le da entrada, pues supone como merecidas las burlas y agresiones en cuanto a no tener madre. En algún nivel, se capta la aceptación y el acoso empieza a subir de tono, finalmente, su objetivo es destruir a aquél objeto amenazante y se capta que se está teniendo éxito al hacerlo.

Y…¿qué hacer con el bullying?

Es imposible pretender desvanecer los complejos sentimientos de agresividad frente a los percibidos como pares, están en la base de la formación misma de la psique y no es posible eliminarlos. ¿Esto implica que no hay forma de apaciguarlos y el bullying y la discriminación son las únicas alternativas? En absoluto, hay otras formas menos dañinas de sobrellevar la agresión.

Primero que nada, nos remitimos a nuestro artículo de octubre “Las 3 Rs del psicoanálisis” donde explicamos la importancia del habla y la simbolización. Reflexionamos que cuando una moción inconsciente no tiene espacio para salir mediante la simbolización o habla, se repite. No regresa a las profundidades de lo inconsciente y se olvida, sino que se libera por medio de actuarla.

La agresión y amenaza generadas por el otro igual-diferente, se actúan incontrolablemente por actos violentos o humillantes si no se les da el espacio adecuado para liberarlas. ¿Cuál sería este espacio? En principio reconocer a cabalidad de dónde vienen y por qué, para después hacerse responsable de dichos sentimientos y finalmente resignificarlos, sin que ello conlleve los atentados reales contra el otro.

En el mundo exterior, hay una diferencia muy importante entre hablar del odio, incluso fantasear sobre ello, y realmente materializarlo. En la psique, sin embargo, no hay distinción: la moción agresiva se libera tanto hablando como actuando, con la gran diferencia que el habla abre la posibilidad de resignificarla mientras que la actuación condena a la repetición eterna.

La verbalización y simbolización es menester para tramitar la agresión tanto de las personas que acosan, como de las personas acosadas. En el segundo caso, la simbolización estaría encaminada a tramitar el elemento interior donde se ataron inicialmente las agresiones exteriores para, así, poder dejar de actuarlo mediante ser buleado, dejar de hacerlas propias y ser receptáculo.

En segundo lugar, es importante aceptar que no todos somos iguales y se debe abrir un verdadero espacio para la pluralidad y la individualidad, para el caso por caso. En un afán por homogenizar y crear niveles de estandarización entre todos, indirectamente se repudian las diferencias. Se han creado determinadas fórmulas o categorías universales donde se rechaza, niega y ultimadamente eliminan las diferencias en aras de la igualdad. “Si tiene tales características, entonces será esto, sin aceptar la existencia de otra posibilidad”.

Un ejemplo de la importancia y existencia de las diferencias es muy sencillo: si bien todas las personas, y seres vivos, tenemos ADN, nadie tiene el mismo ADN. Más aún, el desarrollo del potencial orgánico contenido en el ADN dependerá en gran medida de las circunstancias de vida particulares de cada persona o ser vivo.

Si en las cuestiones orgánicas y biológicas existen estás variaciones de un principio general (poseer ADN, por ejemplo), en las cuestiones psíquicas y emocionales están aún más presentes, ergo la importancia del caso por caso. Para manejar la discriminación de una mejor manera, deben eliminarse los factores tendientes a la homogenización y concentrarse en la persona en particular, recalcar que el nivel de pares implica  equidad, pero no implica ser idénticos.

Por último, para el caso del acoso escolar en particular, debemos enfocarnos en los “omnipotentes”: padres, maestros y otras figuras de autoridad. El papel principal de los padres y figuras de autoridad para el niño, es establecer límites claros, directos y concisos. Ellos están encargados de pastorear, por decirlo de una manera, a los niños y jóvenes, no sólo en el aspecto social, sino primordialmente en el aspecto psíquico y emocional.

Imponer límites y reglas en ninguna forma implica volver a las figuras tiránicas de hace siglos. Por el contrario, implica encontrar un balance entre el espacio de reconocimiento y amor al niño, al tiempo que se establecen una serie de normas entre lo permitido y lo prohibido.

A diferencia de los adultos, los procesos de simbolización y resignificación en los niños se logran mediante la ayuda y atención de los padres y maestros. Las mociones inconscientes no tramitadas, la agresividad y amenaza por los pares, generan sentimientos de angustia desmedida que, al no tener aún los recursos para asumirlos ellos solos, pueden desembocar en violencia contra otros. Por ello, los padres y maestros deben asumir plenamente su papel de autoridad, sin caer jamás en la tiranía, para apoyar al niño a tramitarlos y encontrar vías alternas para su salida, sin que ello implique dañar a otros.

 

 

Enero, 2013

"Tenerlo todo" ¿y si no quiero?

Bullying

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