Adolescencia, ¿problemática?

Cecilia López

La adolescencia es la época de choque entre padres e hijos: los padres o esperan que los hijos sigan siendo niños, sus niños, o quizás pretendan relacionarse con ellos como si ya fueran adultos, como si fueran sus pares. Algunos padres sobreprotegen a los adolescentes, otros podrán creer concluida su labor y dejar hacer a sus hijos su propio camino, sin intervenir. Para aquellos que han intentado uno y/u otro, surge la frustrante realidad de que ninguno los salva del conflicto, ¿qué hacer entonces?

Los hijos, por otro lado, están sumergidos en un nuevo caos interior, surgido con la maduración sexual biológica y la nueva oleada de sensaciones extrañas que ello provoca. Como mencionamos en nuestro artículo anterior, al llegar a la pubertad los hijos comienzan la labor de rechazar el mundo que los padres construyeron para ellos durante la infancia. Se detesta y se repudia a los padres y todo lo que implica y, paradójicamente, se necesita de ellos como punto de apoyo.

Estas riñas son por más conocidas: aunque no se tengan hijos, se tiene el recuerdo de la propia adolescencia, –o, si todavía no recuerdo, la experiencia del día a día cotidiano. También son inevitables: no existe un modo tranquilo de transitar por la pubertad y la adolescencia. A pesar de ello, algunos padres, incluso hijos, pueden estar inquietos, sentir que los conflictos van más allá de lo “normal” y están bordeando en lo peligroso.

¿En qué momento los problemas de la adolescencia se convierten en un peligro?, ¿o son todas conductas esperadas? ¿Hay focos rojos en particular?

Adolescencia “normal”

Algunas corrientes psicológicas describen cuáles son los pasos normales de la adolescencia. Para juzgar si hay algún foco rojo, se compara la situación del adolescente a la media considerada normal. En una consulta, se estima si el joven en cuestión está siguiendo el desarrollo esperado, el desarrollo normal, o por el contrario se ha quedado atorado en algún punto. En este último caso, usualmente sigue una intervención para solucionar la anomalía y seguir adelante.

La visión psicoanalítica de la adolescencia es diferente. ¿Cómo? El psicoanálisis no se apoya en estos estándares para determinar si hay una problemática o no; tampoco juzga como correcta una que siga cada uno de los hitos marcados ¿por qué? Primero que nada, porque la adolescencia, debido a todo el reacomodo y nuevas sensaciones que hemos descrito, siempre es caótica.

El caos adolescente implica que no hay una forma natural de vivir la adolescencia fijada de antemano: siempre implica una confrontación muy dura para el adolecente y para la familia. Recordemos mencionado en diversos artículos: la característica de las personas es que estamos desnaturalizados. No nos guiamos por instintos, como los animales; carecemos de un punto de referencia natural. ¿Cómo nos movemos?, ¿cuál es nuestra brújula? Nosotros utilizamos construcciones simbólicas y culturales, ergo la importancia del lenguaje en psicoanálisis.

Dado que estamos desnaturalizados, no podemos decir que existen referentes o marcas biológicas que nos indiquen cuál es el camino correcto de la adolescencia, al menos no para la parte psíquica. Un médico, al tratar nuestro cuerpo, puede utilizar referentes biológicos para determinar salud o enfermedad. Para la cuestión mental o psíquica, la cosa es diferente, este es el punto donde la desnaturalización se revela en todo su esplendor.

Los referentes para la adolescencia, para transitarla, no son biológicos o naturales, son simbólicos y culturales. Estos estándares están en constante movimiento, además de que en última instancia dependen de cómo los viva la persona en cuestión, es decir, de cómo se adopten.

Imaginemos a un adolescente que gusta de pasar su tiempo leyendo historias de ciencia ficción, dice que de grande será ingeniero en la NASA. Tiene buenas calificaciones y sin problemas de disciplina, pero, a diferencia de otros compañeros de clase, tiene pocos amigos, casi siempre está en casa, no participa en eventos deportivos, no sale a fiestas y no tiene pareja.

A primera vista, podríamos decir que tiene problemas de socialización y seguramente algo de su desarrollo está atorado, por eso no es un chico normal, como los demás. Si el chico, aunque sea solitario, está tranquilo, se siente contento con sus historias del espacio y hace sus labores discretamente, ¿será motivo de alarma?, ¿algo “no está bien” con él? No necesariamente: el psicoanálisis no se enfoca en la conducta en sí para hacer el diagnóstico, sino en los elementos psíquicos en juego en esa conducta.

Pérdidas, sexualidad…¿cómo explicarlo?

La adolescencia es un duelo: se pierde lo anterior. Además del duelo, también es una nueva oleada como consecuencia de la maduración sexual orgánica. Implica un movimiento brutal para el que no hay ninguna explicación, no hay forma de describirlo y hace que uno esté perdido dentro del nuevo caos interior que surgió.

Antes de la adolescencia, el niño contaba con las diversas explicaciones de sus padres como sostén y como fuente de razones, como punto de estabilidad ante el caos, ¿explicaciones sobre qué? Sobre el mundo, sobre su entorno, sobre su propia vida y la razón de su nacimiento. Al momento de iniciar la pubertad y rechazar el mundo parental, también se rechazan las explicaciones creadas por los padres, dejando al joven a la deriva.

Explicaciones parentales

Imaginemos una familia en la que el abuelo falleció cuando el niño tenía seis años. La pérdida de una persona cercana, la muerte, es un elemento misterioso e inexplicable para el niño, no puede siquiera comprender en qué consiste, pero sí ve que sus padres están tristes, más irritables, la familia entera está trastocada. Es algo que ha alterado su mundo aunque no puede comprenderlo, es un elemento caótico que amenaza su estabilidad, lo hace perder piso.

Supongamos que los padres de nuestro ejemplo, son devotos seguidores de alguna religión. Cuando el niño, agobiado, pregunte qué está pasando y dónde está su abuelo, el padre responde “está en el Cielo, aunque lo extrañamos después nos sentiremos mejor”. El niño se tranquilizará con esta respuesta porque le proporciona una explicación; deja de haber caos y ahora su mundo tiene sentido de nuevo: el abuelo está en el Cielo y los padres están tristes. Ya hay una razón.

En el caso de los recién nacidos, los padres lo introducen al lenguaje por medio de hacer explicaciones del caos interior del bebé “Tienes hambre”, existe una palabra que permite dar una razón del caos y con eso ordenarlo. Esta labor continúa a lo largo de la infancia: las explicaciones y razones de los padres sirven para estabilizar al niño, para construir su mundo interior y exterior, y entender ambos.

Nuevas explicaciones

Pasan los años y el niño cuyo abuelo falleció a los seis años, ahora es un adolescente de catorce. Ahora se enfrenta a la muerte de la abuela: de nuevo la familia se trastorna, sus padres están irritables y tristes, peor aún, se enfrente a su propio dolor y angustia por perder a su abuela. Siendo más grande, está más al tanto de lo que implica la muerte, pero eso no implica que deje de ser algo desconocido, algo enigmático y algo que genera angustia.

Cuando era niño, le bastó la explicación de “está en el Cielo” de sus padres. Ahora, de joven, se cuestiona el mundo y las razones de sus padres. Supongamos que ha optado por abandonar la religión, él no cree en el Cielo, así que la explicación de sus padres no funciona. ¿Cómo lidiar entonces con la muerte y el dolor de la pérdida de su abuela? Sin la explicación de sus padres, sin una razón propia (dado que está en proceso de destruir la anterior y construir una nueva) se enfrenta al caos y la angustia que implica.

El ejemplo ilustra a muy grandes rasgos el conflicto adolescente: enfrentarse con situaciones para las cuales no se tiene una explicación, no hay razón. Quedémonos con la idea de que los adolescentes pierden el piso anterior, mas no tienen la capacidad de cimentar su propio piso.

¿Qué pasa entonces? El adolescente busca nuevas formas para ubicarse en el mundo, crea “tribus” adolescentes para lograr insertarse en una corriente, en un pensamiento, para lograr estabilizarse y tener una nueva explicación. Digamos que el adolescente compra un “piso pre-hecho” para poder sostenerse durante ciertos años. Los grupos de amigos, los grupos o tribus urbanas (como los emos, los darks, los punks…) son los “pisos” que sirven para llenar la explicación perdida de los padres: les da un estilo de vida y una forma de existir en el mundo.

Sin explicaciones: angustia, repetición

El problema de la adolescencia es la falta de explicaciones o razones para dar cuenta de su lugar en el mundo y, sobretodo, para regular la relación con su cuerpo: un cuerpo nuevo y desconocido, con sensaciones nunca antes experimentadas y que se viven sin control alguno. Estos dos factores, la “rareza” del cuerpo, siempre generan angustia.

Las explicaciones, los “pisos pre-hechos” sirven para controlar la angustia, disminuirla. ¿Qué pasa cuando no se encuentran pisos pre-hechos, o éstos no son suficiente? La angustia seguirá con la misma intensidad, sin algo que la regule, sin límites. Es justo este punto, la angustia aguda a falta de algo que permita acomodarla, cuando podríamos hablar de una adolescencia problemática.

Tal como explicamos en nuestro artículo Las tres Rs del psicoanálisis, aquello que no se apalabra, lo que no se habla, se repite compulsivamente. ¿Cómo se relaciona esto con la adolescencia? Si el nuevo caos interior no encuentra una forma de acomodarse, si la angustia no puede limitarse con una nueva explicación, con apalabrarlo, no simplemente desaparece. ¿Qué sucede? Empieza a actuarse.

¿Cómo se actúa?, ¿a qué nos referimos? El decir que lo que no se habla se actúa, implica que la persona llevará a cabo ciertas conductas o actos a cabo una, y otra y otra vez, sin poder detenerlas o controlarlas. Quizás la persona sabe lo que está haciendo, quizás sabe que es dañino o se trata de algo que no desea, pero es como si dentro tuviera algo más fuerte que lo “obliga” a llevar a cabo esa conducta.

Aquí podríamos introducir como ejemplo los casos de los excesos en los adolescentes: exceso de alcohol, exceso de comida, exceso de rebeldía, excesos en general. Incluso, podemos hablar del exceso de “no comer” de la anorexia y bulimia. En cada casa, encontramos que las explicaciones están fallando para limitar la angustia y, en última instancia, se está actuando el “exceso de caos” en el que están sumergidos.

Por supuesto, la falta de regulación de ese caos interno depende de cada persona, esto es, dependerá del caso por caso. Lo único general será la actuación del “exceso de caos” manifestado de alguna manera en la realidad, usualmente por conductas que resultan dañinas, conductas que hace que el joven se sienta “repleto” o demasiado lleno.

La conducta se repite como una forma falsa de solución, es decir, se tiene la creencia de que acabará el malestar, el caos. Contradictoriamente, lo único que logra es acrecentarlo. Imaginemos un joven que empieza a beber como forma de “desconectarse” un rato: iniciará bebiendo todos los viernes. Conforme pasan las semanas, su malestar cada vez es mayor, ahora también tiene problemas por llegar alcoholizado a su casa. ¿Cuál es la solución? Beber también en fin de semana para “desconectarse” durante más tiempo.

La forma de vivir la sexualidad también entra en estos excesos; después de todo, es la oleada biológica sexual lo que desencadena esta reestructuración. La desnaturalización provoca que no haya algo “natural” en la sexualidad humana, sino que se trate de una construcción simbólica social. Durante la adolescencia se determina la sexualidad del joven pero, si hace falta de una razón que sirva de fundamento, o si ésta no sirve, puede desembocar en un exceso de encuentros sexuales, algunos riesgos para su salud física, como forma de actuar el “exceso de caos”.

 

Enero, 2014

Pesadillas

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