Si tan solo cambiara...

Lourdes Sanz

En esta época del año, particularmente, solemos evaluar el período vivido y con ello pensar en los cambios, considerándolos como una oportunidad de corregir el rumbo y obtener lo anhelado. 

Hacer una revisión de nuestro andar no es tarea fácil, en particular cuando enfrentamos algún tipo de dificultad en nuestras relaciones más cercanas.

¿Qué es lo que espero que cambie?

Cuando pensamos en un cambio, sea propio o de otro, lo hacemos porque esperamos una situación mejor.

En nuestras fantasías, construimos una situación en donde no tengamos dificultades, en donde las diversas problemáticas que enfrentamos queden resueltas, en donde no nos enfrentemos a conflictos, particularmente con nuestros seres amados.

En este sentido, vale la pena detenernos a pensar en cuáles son nuestras expectativas, es decir que es lo que imaginamos que será diferente si algo en nosotros o en los demás cambia.

Que cambie el otro

En la mayor parte de las ocasiones, nos percatamos de que algo o alguien provoca las situaciones de malestar o dolorosas que enfrentamos.  Si bien concedemos que no necesariamente existe la intención de causarnos daño, sí nos apresuramos a identificar qué y quiénes deben cambiar.

Por ejemplo: el país requiere un cambio en la estrategia económica o política, en el trabajo el área de recursos humanos debe ser más servicial, mi jefe debiera orientar mejor, sería bueno que mi madre se entrometiera menos, mis hijos tienen que comprender que la escuela es aquello que puedo darles para labrar su futuro y esforzarse más, si tan solo mi pareja escuchara las cosas que le digo…

Visualizamos cambios deseados en los demás y pensamos que si las personas a nuestro alrededor cambiaran, la vida sería mucho más llevadera.

¿Por qué creo que si el otro cambia mi vida será mejor?

El deseo de que el otro cambie está vinculado a nuestras expectativas del “otro omnipotente” del que hemos venido hablando en nuestros diversos artículos.

Expliquemos. Cuando somos pequeños nos encontramos en una situación de desvalimiento, es decir, necesitamos de los cuidados de otra persona para poder sobrevivir, no solamente en el aspecto físico sino también como personas. El descubrimiento de nosotros mismos y nuestra constitución como sujetos está vinculada a otras personas. Son otros quienes nos introducen en el lenguaje, nos revelan quienes somos, nos enseñan a identificar nuestros sentimientos, a aprender a expresarlos y a relacionarnos con los demás.

Así como recibimos cuidados, también recibimos indicaciones u órdenes: duerme a tal hora, báñate, come tus verduras, obedece, estudia, respeta, etc. y con ellas sabemos qué es lo que se espera de nosotros: que seamos disciplinados y limpios, que contemos con una profesión, que cumplamos con las normas de convivencia. 

La vinculación con nuestros padres o las personas que nos cuidan, se convierte en un modelo de relacionarnos con los demás. Los padres o cuidadores primarios se perciben como “omnipotentes” porque son quienes guían, quienes proveen, quienes saben qué es lo que debe hacerse y cómo y nos brindan un espacio de protección y seguridad. Nosotros a cambio respondemos a sus expectativas y con eso aseguramos que la vida marche bien, no tenemos nada de qué preocuparnos.

Esta forma de vinculación con ellos, posteriormente se “transfiere” a otras personas en nuestras vidas. A partir de esta primera vinculación, la forma de relacionarnos con los demás queda establecida como una especie de intercambio, grato y equilibrado, en donde cada uno debe cumplir con la parte que le toca. Es decir, nos acostumbramos a que los demás cumplan con un cierto papel que supuestamente tienen, y que en realidad nosotros les asignamos de manera inconsciente, a cambio, nosotros cumplimos con nuestra parte.

Respondiendo a la pregunta que nos ocupa, creemos que si algo no está saliendo bien es porque ha fallado el “otro” y en ese sentido, en la medida en que rectifique y se haga responsable de cumplir con su parte, las cosas estarán bien.

¿Soy yo quien debe cambiar?

En otras ocasiones, la reflexión nos lleva a considerar la posibilidad de un cambio en nosotros mismos. Nos llenamos de propósitos nuevos y nos lanzamos a modificar nuestra realidad.  Al paso del tiempo el entusiasmo cede, lo diferente parece inalcanzable, y sobreviene la frustración.

¿Por qué ocurre esto?  Podemos pensar en dos razones. La primera es que cuando pensamos en este cambio, consideramos que lo necesario es “echarle ganas” “dar el 100% de nosotros mismos cada día” como si el no obtener los resultados que deseamos fuese producto de falta de energía y empuje propio. Entonces seguimos haciendo lo mismo, con más ahínco, esperando obtener resultados diferentes, lo cual no ocurre y nos trae nuevas frustraciones.

Al caer en cuenta de esta falacia, optamos por una segunda opción: revisar hábitos y buscar modificarlos. Optamos por cambios mucho más profundos en nosotros mismos, sin embargo, modificar un estilo o hábito no es tarea sencilla, por más que estemos decididos a llevarlo a cabo, no basta la voluntad y la disciplina para lograrlo.

Nuestros estilos, formas de vida y hábitos son resultado del aprendizaje y la experiencia, sí, pero también contienen elementos simbólicos ¿a qué nos referimos con esto? Nuestros hábitos y estilos son símbolos de nosotros mismos, reflejan nuestra identidad, es la forma en cómo hemos elegido ser quienes somos y expresarlo a los demás y a nosotros mismos.

Más aún, en nuestro peculiar estilo de vivir y de hacer las cosas se refleja nuestro ser actual pero  también contiene elementos de nuestro “ideal”.

El “ideal” de cada uno de nosotros

Para explicar a qué nos referimos cuando decimos “nuestro ideal” retornemos al inicio de nuestra vida.

Decíamos que nuestros padres nos revelan quiénes somos y a la vez esperan algo de nosotros. En eso que nuestros padres y cuidadores esperan de nosotros, hay una especie de persona ideal que en la que ellos esperarían que nos convirtiéramos, colmando sus deseos y expectativas. Por otra parte, cada uno de nosotros, a nuestra vez descubrimos quiénes somos y “construimos” aquello que nosotros queremos de nosotros mismos, lo que es para mí sería mi meta personal, lo que me haría una persona perfecta, desde mi propia perspectiva.  

Es decir, por una parte conocemos lo que otros, nuestros padres, quisieran de nosotros para que fuéramos la persona ideal para ellos, y por la otra está lo que nosotros anhelamos ser y nos haría ser la persona ideal para nosotros mismos. Ambas dimensiones constituyen lo que en psicoanálisis se llama “Ideal” (ideal del yo, yo ideal).

Siendo que los estilos de vida y hábitos incluyen aspectos de identidad y de construcción del propio ideal además de los aprendizajes y experiencias a lo largo de la vida, su modificación real implica un trabajo de introspección.

El psicoanálisis nos brinda herramientas para conocernos mejor e identificar cómo y por qué hemos adoptado ciertos estilos de vida y de relación con los demás. Una vez que logramos concientizar la forma en cómo nos expresamos por medio de estos hábitos, entonces podemos proceder a dar un significado diferente a lo que hacemos y reconstruir nuestra manera de vivir.

 

Enero, 2014

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