Inicio de año... ¿por qué nos genera angustia?

Lourdes Sanz

Las fiestas decembrinas y el fin de año son tradicionalmente tiempo de celebración y de cierre, de acercarse a las personas y concluir tareas, paradójicamente, el fin de año presenta también sentimientos de angustia y desolación que se recrudecen con el inicio del nuevo ciclo, ¿por qué ocurre esto?

Costumbres de fin de año

Habitualmente el mes de diciembre se enfoca en la celebración y como tal, se convierte en una época del año que se presta a la reactivación en muchos sentidos.

En el aspecto económico, individuos y empresas cuentan con más dinero y por tanto demandan todo tipo de bienes y servicios: se paga el aguinaldo, se compran regalos, se adornan las casas y comercios, se invierte en vacaciones y festejos.

En el aspecto social y familiar, se incrementa la convivencia, se establece contacto con mayor número de personas, se envían mensajes de felicitación invitando a la alegría y festividad  y rechazando, abierta o veladamente, a aquellos que se rehúsan a ser parte activa del festejo.

En el ámbito de lo individual, el fin de año trae consigo una pausa en lo cotidiano, aunada a un análisis tanto de los logros como de los obstáculos y fracasos, se piensa en lo programado y lo sorpresivo, se busca revivir y disfrutar nuevamente lo que resultó agradable y alejar de la memoria lo que provocó dolor y tristeza.

El fin de año, es también una época también de apremio para no dejar asuntos pendientes, por sanar las heridas, por buscar reconciliaciones y resarcir aquello en lo que se falló, se quiere reconstruir lo destruido, reparar lo roto y completar lo que falta.

En este sentido, el cierre del año trae consigo sentimientos ambivalentes. Al retomar y hacer frente a lo vivido en el año: éxitos y fracasos, alegrías y tristezas, amor e indiferencias, se mira de frente a los propios límites.

En contraposición, el inicio de año marca una nueva oportunidad para alcanzar lo que no se logró y con ello, aún antes de comenzar, el nuevo ciclo trae consigo una nueva carga que se añadirá a los retos propios del mismo.

El balance revela lo que realmente se ha logrado, o incluso, puede logarse, en contraposición con lo que es imposible de lograr, o al menos queda fuera de nuestro alcance.

Evaluar lo soñado a la luz de lo vivido y de lo que es posible de ser alcanzado, permite discernir entre las fantasías, sobre nosotros mismos o lo que podemos hacer, la persona que en verdad somos. Esta evaluación remueve, en el interior del sujeto, un sentimiento de frustración e impotencia, más o menos consciente, que reactiva sensaciones de vulnerabilidad y desamparo, provocando angustia.

Angustia

La angustia tiene diversas formas de irrumpir en nuestra cotidianidad, desde las más leves que sólo presentan malestar hasta las llamadas “crisis de angustia” o “ataques de pánico” que se acompañan, incluso, de síntomas tanto fisiológicos como psicológicos.

El manual de psiquiatría DSMIV explica que "la característica principal de una crisis de angustia es la aparición aislada y temporal de miedo o malestar de carácter intenso" este malestar puede acompañarse de síntomas somáticos o cognoscitivos tales como “palpitaciones, sudoración, temblores o sacudidas, sensación de ahogo, opresión o malestar torácicos, náuseas, inestabilidad o mareo, (aturdimiento), desrealización o despersonalización, miedo a perder el control o volverse loco, miedo a morir, parestesias y escalofríos o sofocaciones”.

Freud nos explica que la angustia es un afecto, un tipo de emoción. Así pues, desde el psicoanálisis, no se busca combatir los síntomas que se presentan sino entender su origen, de manera tal que, el proceso psicoanalítico permita desarticular este sentimiento.

Simplificando para efectos de una mejor comprensión, podríamos decir que la angustia se presenta de dos maneras diferentes, de acuerdo a lo que la detona. Abordaremos en este artículo solamente la primera de estas formas.

Angustia vinculada a los ideales

La primera forma, la más directa, es la angustia derivada de algo que altera nuestra cotidianidad o nuestro deseo, expliquemos.

A lo largo de nuestra vida vamos construyendo ideas sobre lo que deseamos lograr en todos los diversos ámbitos de la misma. Por ejemplo de niños soñamos con desarrollarnos en algún ámbito profesional, encontrar una pareja, formar una familia, contar con una casa propia, aprender idiomas, convertirnos en una persona famosa, etc., etc. 

Conforme vamos viviendo, estas ideas-fantasías se transforman en ideales. Los ideales se convierten en metas, tanto personales como sociales, y van adquiriendo, la categoría de mandatos o de indicadores del éxito o fracaso de nosotros mismos, como personas. 

Sin importar la realidad concreta de cada uno de nosotros, el hecho de que estos parámetros estén fundamentados en ideales, los hace totalmente inalcanzables. Por más que cada persona se esfuerce, y aunque consiga un trabajo, forme una familia o consiga un lugar donde habitar, nunca podrá tener el trabajo ideal, la familia ideal, la casa ideal. El sujeto se siente devastado ante el enorme peso de las exigencias autoimpuestas.

Este proceso se desarrolla en un nivel inconsciente, es decir, la persona no logra identificar qué es lo que le provoca tal malestar, y frente a esa incertidumbre, surge la angustia, como una señal de alarma de nuestro yo, indicándonos que algo está muy mal, pero no sabemos qué es.

Las fiestas de fin de año detonan angustia de este tipo porque traen consigo un balance del año, o al menos, la urgencia de tomar decisiones, las cuales sirven como una especie de receptáculo de la angustia.

Por ejemplo, debe tomarse una decisión en cuanto a la manera de celebrar. Así pues, podemos enojarnos con nuestra pareja que exige que celebremos con su familia, o con nuestros padres porque no nos obsequiaron nada, o con nuestros hijos porque no nos llaman.

Pasados estos enfados, al inicio del nuevo año ya no tenemos una forma lógica y aceptable para encauzar el malestar. Hemos celebrado las fiestas, han concluido las vacaciones, “no tenemos nada de qué quejarnos”, ya no hay apremios. El malestar queda entonces al descubierto originando el sentimiento de angustia.

La angustia puede surgir de muchas otras maneras, incluidas las crisis descritas en el manual de psiquiatría que acabamos de mencionar.

¿Cómo lidiar con la angustia?

La angustia es un sentimiento doloroso frente al cual se suscitan muchas reacciones. La primera y más cotidiana de ellas es el de pretender que no se está angustiado. Existe la sensación de que si no se presta atención al sentimiento éste desaparecerá por sí solo. Así pues, las personas buscan ocuparse o sobre ocuparse, para evitar pensar en ella, enfrentarla o aún sentirla.

Otra reacción es la búsqueda de ejercicios de meditación o búsqueda de respuesta de tipo espiritual que pueda garantizarnos que somos amados y aceptados, que todo estará bien.

El problema con estas dos formas de lidiar con la angustia es que solamente la enmascaran, sin embargo no la resuelven, y por tanto, la angustia permanece en nosotros y nos pilla en el momento menos esperado.

El primer paso para lidiar con la angustia es precisamente identificarla y reconocer que está presente y posteriormente conocer y entender los elementos internos que la detonan.

A través del proceso psicoanalítico, es posible identificar esos elementos internos personalísimos que detonan la angustia en cada sujeto. El psicoanálisis, permite ubicar aquellos mandatos internos, propios o ajenos, que nos obligamos a seguir, y dar un significado diferente a los mismos, es decir “resignificar” nuestra experiencia en orden a poder vivir de una mejor manera.

¿Comentarios, dudas, sugerencias? escríbenos a contacto@psicoanalisis-mexico.com

 

 

Enero 2015

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Angustia de inicio de año