Diferentes caras del padre: gobierno, jefe, progenitor

Cecilia López

Desde hace algunas semanas, se ha estado promoviendo una campaña nacional para fomentar que los padres lleven a sus hijos recién nacidos al Registro Civil. Una de las frases de la campaña, “si no está registrado, no existe”, resulta particularmente interesante al analizarse a la luz de psicoanálisis. Ciertamente, la campaña no se refiere a una existencia/inexistencia real, dada por el nacimiento o la muerte. Entonces ¿a qué hace referencia? y ¿qué papel juega el gobierno (refiriéndose gobierno como función en una sociedad, no el gobierno de un país, época o partido en concreto) en nuestra existencia?

Existencia simbólica, padre simbólico

Cuando una persona se inscribe en el Registro Civil, ocurren varias cosas. Primero, ese cachorro humano, pasa a formar parte de un cierto “clan” determinado por los apellidos. Esa pertenencia lo inserta en una cadena cultural, histórica e ideológica que empieza mucho antes de su nacimiento y se perpetúa después de su muerte, es decir, forma parte del legado que han dejado las varias generaciones que conforman esa familia de la que ahora es miembro.

En segundo lugar, ese clan del que ahora forma parte, no solo lo reconoce como miembro, sino que le otorga un nombre: uno que está cargado con expectativas, ideales y sentimientos determinantes. Se dice “Te llamas así por tu abuelo” y se entiende la expectativa de ser igual a ese abuelo; “Siempre me gustó ese nombre”, “Tu nombre significa que vas a tener éxito y felicidad en la vida” y en el significado oculto queda la orden de ser de tal o cuál forma, ad hoc al nombre. Se le reconoce como parte de la familia y se le designa un lugar específico que responde a la incógnita “¿Qué quieren de mí?”

La investidura del cachorro humano con nombre y apellidos lo introduce en el lenguaje, se convierte él mismo en una palabra más, tiene ya un significante que lo representa dentro de la cadena del hablar. Así, podemos decir que mediante el nombre el bebé empieza a existir en lo simbólico, más allá de una mera existencia real provista por el nacimiento. En corto, nace como ser hablante, nace al habla y al lenguaje, nace como sujeto psíquico.

El nombre no es auto-otorgable, es decir, el bebé no escoge su propio nombre, así como tampoco elige a qué familia pertenecer, menos aún porque todavía no forma parte del lenguaje por medio del cual se insertará en un clan y su mundo simbólico. Necesita que Otro lo incorpore, que Otro lo nombre, Otro que haya sido él mismo previamente incorporado y que esté investido con la autoridad suficiente para, ahora, introducir al cachorro humano como nuevo miembro del clan, función que usualmente ejercen los padres.

Ahora bien, hasta este punto hemos hablado de la existencia que da la familia para el bebé, ¿cómo se relaciona ésta con la existencia que da el Registro Civil? Nosotros, aunque ciudadanos reconocidos de un país y facultados para incorporar al bebé a una herencia dentro del clan, no podemos tomar una hoja y escribir un acta de nacimiento oficial por nosotros mismos. En la estructura amplia de la sociedad, nos encontramos con que solo la autoridad correspondiente puede hacerlo a raíz de que existe una ley que le otorga esa facultad y la inviste con esa función.

Tomando la función de autoridad del padre (como función, no como persona) dentro del clan, podemos observar que la ley, las normas de un país, son el análogo en un nivel más amplio, es decir, las leyes son aquel padre que que regula, permite y prohibe ciertas conductas de aquellos a los que nombra y reconoce como ciudadanos,. La ley no es una persona, es una función de regulación, y por ello decimos que se trata del padre simbólico; mientras que el gobierno, es una persona designada por el padre simbólico-ley para llevar a cabo una función. 

La existencia a la que se refiere la campaña de registro es aquella en la que el padre simbólico de un país, es decir la ley, incorpora al nuevo cachorro humano a una herencia nacional, a una red social de relaciones y vínculos donde se le asigna un lugar como ciudadano de cierto país y, como ocurre a nivel familiar, también eso conlleva ciertas expectativas. Con el nombre se espera que cumpla los deseos de los padres, como ciudadano se espera que cumpla los deseos del gobierno padre. Basta dar un vistazo a la Constitución de casi cualquier país para encontrar las obligaciones de los ciudadanos.

Queja perpetua, padre imaginario

Aquel que ejerce la función del padre, es aquel que establece la pertenencia al lenguaje, así como una serie de prohibiciones estructurales, fundamentalmente la prohibición del incesto y la separación de la madre y el niño. No obstante, el padre tiene más de una cara, o función, y otra de ellas es la del padre imaginario: aquella figura contra la cual alzamos quejas, reclamos y demás anhelos de no haber sido suficientemente amado, protegido o reconocido por él.

Así como llevamos la función del padre simbólico a lo social y nos encontramos con que esta función es ejercida por las leyes de un país, así igualmente podemos hacer con el padre imaginario. De manera similar a cuando un individuo manifiesta malestar por que su padre no cumplió con sus expectativas y demandas (de amor, de triunfos, de infalibilidad), así nos encontramos con que los ciudadanos alzan una serie de quejas en contra de su gobierno, cualquiera que éste sea.

En la mayoría de los países -si no es que en todos- sus ciudadanos alzan su voz contra el gobierno, ya sea pública o privadamente. Ahora bien, más allá de un análisis o justificación de lo atinado o necesario de una u otra protesta ciudadana para salvaguardar derechos humanos, pensémoslo en abstracto: ¿por qué los gobiernos siempre fallan? ¿Por qué los ciudadanos siempre se sienten inconformes? La respuesta a la segunda pregunta está en la primera: porque el gobierno falla, ¿qué? En satisfacer por entero la demanda de sus ciudadanos.

Si lo analizamos, la ciudadanía usualmente argumenta en contra del gobierno y se coloca a favor de las leyes. Han sido casos muy puntuales cuando también se han atacado leyes, como sería en la Apartheid de Sudáfrica, pero, aun entonces, se hace referencia a una ley: la ley de los derechos humanos fundamentales. La ley es, como vimos, la que ocupa el espacio del padre simbólico y, como tal, sirve para sustentar el reclamo contra el gobierno, o padre imaginario.

El padre imaginario, precisamente por ser del orden imaginario, es aquel padre, o figura, que idealizamos y con la que nos identificamos. Esto provoca que, por el otro lado, sea también el depositario de la agresión, de los reclamos y la inconformidad. Recordemos que la agresividad y rivalidad ocurren en el registro imaginario desde el estadio del espejo con la identificación y el odio hacia el doble.

El gobierno entonces es aquella figura que, como un padre para un niño pequeño, tiene el deber de cuidar, velar por él y proveerle de lo necesario. Se idealiza, se espera que “ahora sí” el gobierno ayude a superar el malestar del país y el personal -mismo que se espera puedan resolverse. Sin entrar en las complejidades políticas específicas de un país o época, nuestro gobierno abstracto está destinado a fallar, no por la mala calidad y corrupción de los políticos que lo integren, sino porque el ideal en él depositado es imposible de satisfacer, porque, al igual que el padre individual, es carente. Además, la identificación hacia ese gobierno como referente de qué significa ser ciudadano de tal o cual país, hace entrar en juego la agresión propia de la identificación y la rivalidad que implica.

Sucede algo similar en la relación laboral con los jefes, otra figura de autoridad que ocupa la función de padre imaginario. ¿Por qué también es tan común que la gente se queje de su jefe? ¿Por qué los jefes nunca comprenden, apoyan o reconocen a sus subordinados? De manera más directa de un gobernante, el jefe es el receptáculo de una serie de ideales insatisfechos que se van transfiriendo a lo largo de la vida, en búsqueda perpetua de su satisfacción y resolución.

Del padre, del jefe y del gobierno, todos ocupando una posición de padre imaginario, se exige que no falle, que no frustre, que no amenace, que dé aquello que resuelva la inexplicable insatisfacción y malestar que se tiene. Todos, sin embargo, acaban fallando en su cometido imposible, ergo, el surgimiento de la queja hacia cada uno de ellos, más allá de sus actuaciones o injusticias ‘objetivas’.

¿Existe, entonces, alguna figura capaz de satisfacer estas demandas? No. La teoría psicoanalítica establece la falta como fundamental y lo único capaz de eliminar este “agujero negro”, este “no sé” y malestar intermitente es la muerte. De tal forma, vivir implica la insatisfacción con los padres, los jefes, los gobiernos y otra serie de actores en nuestra vida.

¿Dudas, comentarios o preguntas? Escríbe a cecilia.lopez@psicoanalisis-mexico.com

 

 

Enero 2017

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