¿Irremediablemente insatisfecho?

Necesidad, demanda y satisfacción

Lourdes Sanz

Cuando pensamos en las necesidades humanas, solemos referirlas en primera instancia a las necesidades biológicas tales como el comer, dormir, protegerse del frío, calor, etc. Cuando somos pequeños, estas necesidades son satisfechas por los padres o las personas que se encargan de los cuidados del bebé.

En otros artículos hemos hablado de la diferencia entre el instinto, en los animales, y las pulsiones en los seres humanos, enfatizando cómo, en las personas, el lenguaje marca una diferencia fundamental que literalmente “des-naturaliza” al ser humano, convirtiéndolo en sujeto.  En el caso de las necesidades biológicas fundamentales, ocurre lo mismo; expliquemos.

La necesidad fisiológica del alimento, refugio, etc., en los animales, se satisface de manera directa, es decir, el cachorro se vincula de manera directa con el satisfactor de su necesidad. Así por ejemplo, las pequeñas tortugas al nacer caminan hacia el mar en donde encuentran su alimento y entorno natural; los pequeños potrillos se ponen de pie y caminan para buscar la teta materna; los pollitos salen prestos, tras la gallina en búsqueda de pequeños insectos o granos. 
En el mundo animal está implicado que un organismo siempre se encuentra en relación directa con su objeto de satisfacción; el animal cuenta con las habilidades para aproximarse y su instinto le conduce hasta su satisfactor.

A diferencia de los animales, las personas no estamos en contacto directo con los satisfactores.  En el ser humano la relación “necesidad-satisfactor” aparece alterada puesto que el bebé, no cuenta con la habilidad necesaria para satisfacer su propia necesidad,  sino que depende de que otra persona identifique esa necesidad y le provea con un satisfactor, el bebé depende de “Otro”.
Así, para poder satisfacerse una necesidad biológica en un ser humano, ésta tiene que pasar por una especie de “coladera” simbólica, que es el lenguaje, que se dirige a “Otro”.

Demanda

Lacan formula su concepto de “demanda” a través del análisis del “grito del (bebé) que aún no habla”.  Expliquemos.

El adulto que ejerce los cuidados primarios del pequeño,  cuando escucha el llanto o grito del chico, y responde ofreciéndole, por ejemplo alimento, lo que está haciendo es una interpretación de lo que significa ese grito del nene,  es decir, el adulto transforma el grito o llanto del bebé, en un mensaje, que se encuentra formulado como una “demanda” es decir, en algo que se supone el bebé está pidiendo cuando llora.

En suma, dada la incapacidad originaria de valerse por sí mismo, el sujeto se encuentra con el lenguaje, se ve introducido al lenguaje por “Otro”, aún antes de aprender a hablar.

En las personas existe siempre una mediación. Alguien más, ese “Otro” nos revela no solamente quienes somos, sino también lo que necesitamos así como los medios y forma en que éstas necesidades pueden ser satisfechas.

El lenguaje (del “Otro”) transforma la necesidad, la aparta de su naturalidad biológica, y la convierte en demanda.

Toda necesidad humana, es transformada, por medio del lenguaje, en una demanda, que se dirige a “Otro”: se pide a “Otro” que provea aquello que puede satisfacer.

Satisfacción plena.

Freud toma también la vivencia del bebé para explicar lo que es la experiencia de satisfacción plena.  Freud subraya que la experiencia de satisfacción fisiológica que vive el bebé queda grabada en él como una especie de recuerdo que Freud denomina “huella mnémica imperecedera”. 

Así, cuando surge de nuevo la necesidad, el bebé ya no esperará que el “Otro” interprete su llanto y brinde un satisfactor, sino que trae desde su recuerdo esa “huella mnémica” provocando su reaparición y generando una expectativa de la vivencia satisfactoria.
A este impulso de traer al presente esa “huella mnémica” que dejó la primera satisfacción Freud lo califica como “deseo”. 

Este proceso nos permite comprender por qué las expectativas superan la experiencia, el deseo queda siempre insatisfecho porque no está en relación con la satisfacción real experimentada, sino con el recuerdo o huella mnémica de lo que se experimentó cuando se satisfizo la necesidad.

Es en este sentido que Lacan subraya que “el deseo” no tiende al objeto que satisface la necesidad orgánica, sino a la experiencia vivida, a la huella mnémica de esa primera satisfacción, razón por la cual el mero objeto de satisfacción, digamos el biberón, no produce la satisfacción buscada, al bebé no le basta recibir el alimento, buscará el abrazo, el arrullo, el juego y vinculación con el adulto que le cuida.

Estas explicaciones, referidas a la experiencia que se tiene en los inicios de la vida de la persona nos permite comprender el por qué, en la vida adulta, las satisfacciones se encuentran siempre en déficit con respecto a lo vivido, precisamente porque no están ligadas con el satisfactor, sino con la idealización de la experiencia de satisfacción.

Así pues se da una pérdida de un objeto originario de satisfacción plena, que Lacan explica como  la pérdida de las propiedades naturales del objeto satisfactor, en tanto que satisface una necesidad biológica y no un deseo.

Para Lacan, la pérdida de la capacidad de satisfacción que el ser humano atribuye a los objetos, está vinculada con el hecho de que es un ser que habla. En el lenguaje, como explicamos se transforman las necesidades biológicas en demandas, y esas demandas siempre se dirigen hacia alguien más con la expectativa de recibir de ese “Otro” la posibilidad de la satisfacción total y plena, mitificada en las huellas mnémicas. Así pues explicará Lacan que “toda demanda es una demanda de amor”.

 

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