IA: ¿qué falta?

Cecilia López

Sin importar creencias religiosas, o la carencia de las mismas, lo cierto es que algún día moriremos. Nuestro tiempo no es eterno, tiene un límite claro y tajante cuya llegada desconocemos hasta el momento mismo que se presenta. La muerte es, a la vez, uno de los temas álgidos que los padres deben hablar con sus hijos y uno tan cotidiano (el binomio vida-muerte) que en cada momento se presenta un cúmulo de oportunidades para exponerlo: la pérdida de un familiar, de una mascota, de un amigo o las simples noticias del entorno.

 “Cada uno de nosotros tiene a todos como mortales menos a sí mismo”, circula una frase Freud entre las páginas de citas populares en internet, ¿podríamos refutar que esta idea no resuena en nosotros? Aún ante la imponente verdad sobre la muerte, hay algo en nosotros que le rehuye, que no quiere saber nada de su existencia, que desea borrarle y cubrirle con la manta de “para todos excepto para mí, excepto para mis seres queridos”.

¿Por qué es intolerable la idea de la muerte? Como bien decíamos, morir es el límite último; sabernos mortales, significa sabernos limitados, incompletos, frágiles, y esa noción no sienta bien con el fantasía de “estar completos” que opera en nuestra psique.

Si bien la muerte el ejemplo más absoluto de la existencia de una frontera, nuestra vida entera está conformada por límites y faltas: desde el ejemplo tan simple de la falta de alimentos y la necesidad constante de comer, hasta el sentimiento tan común de vacío, confusión y sinsentido a pesar de “tener todo”.

Junto a esa falta, existe el intento constante de expulsarlo de nosotros cuando se hace presente. Con frecuencia aparece la sensación de que antes las “cosas eran mejores”, antes “había más valores, más oportunidad, más felicidad” y que ahora se vive en la sombra del destello de días anteriores perfectos -no por nada, existe el mito del andrógino entre la herencia del pensamiento griego.

El tema de la falta y su negación es uno con amplias aristas en el psicoanálisis; sin embargo, vamos a explorar la conjunción de esta realidad del aparato psíquico en relación con la búsqueda casi frenética de nuestros días por desarrollar inteligencias artificiales cada vez más potentes.

¿Qué es la inteligencia artificial (IA)? El simbólico cultural está integrado por diversos componentes: desde avances científicos reales sobre la material, hasta películas, libros e historias ficticias sobre el futuro de la humanidad una vez que la IA pueda independizarse de su creador, el humano. El punto de acuerdo entre estos componentes es que la inteligencia artificial no sólo es capaz de realizar operaciones lógicas a una velocidad superior a la del ser humano, sino que además es consciente de sí misma y tiene propósito propios, diferentes a los que haya podido instaurarle su programador creador.

¿Podríamos entonces considerar a la IA como equivalente a un súper genio por el poder de su capacidad mental? No al mirar más de cerca. En el cruce de la realidad científica y la ciencia ficción, podemos ver que la IA se distingue no principalmente por su genialidad, sino por su carencia de límites. Es inteligencia lógica desencarnada, a diferencia de un súper genio humano. No habita en un cuerpo que duele, que requiere mantenimiento, que desea y siente placer, que enferma, que está sexuado, que resulta ajeno y torpe, y que está, invariablemente sujeto a los estragos del tiempo sobre él.

Sin un cuerpo, sin el tiempo marcado por nacimiento y muerte cruzándole, la IA se antoja sin límites, o prácticamente sin ellos, ¡por fin el sueño de completud se siente a la mano! Lo que la IA llegué a ser realmente a futuro, no lo podemos saber. Sabemos aquello que se espera de ella y pareciera ser la posibilidad, finalmente, de extirpar aquello que le sobra al ser humano: límites, mortalidad, dolor, sufrimiento, deseo. Quedará solo lógica y razonamiento absoluto.

No solo por medio de la IA. Series como Black Mirror también juegan con, en un futuro no muy distante, hacer realidad la idea de liberarse de las cadenas del cuerpo y su inevitable decadencia al convertir en código aquello que se imagina es realmente la persona: pensamientos conscientes ¿y lo inconsciente, y sus miedos, deseos, sentires, vivencias que surgen por habitar un cuerpo hecho de tiempo? Desechados en favor de convertirse en código y vivir por siempre.

Con inteligencias artificiales, con codificación de consciencia, ¿qué será de lo humano? ¿cómo podríamos siquiera concebir lo humano como algo eterno? Paradójicamente, siguiendo un cuento de Borges, en la búsqueda de liberarse de la falta, caeríamos en el sinsentido de lo eterno.

En el caso de la IA, si tomamos como probable lo que auguran diversas historias de ciencia ficción, nos encontramos con una metáfora muy bien lograda: ante el auge de inteligencias sin cuerpo, desaparece lo humano, el ser humano.

Si estás posibilidades ocurrirán y cómo, poco importa. Lo interesante a destacar en un caso y en otro, es que esta búsqueda frenética por eliminar las barreras que sentimos nos constriñen y limitan tiene como resultado, no la entrada al Nirvana, sino la erradicación tajante de las personas.  El odio a los límites lleva en sí la semilla de autodestrucción.

Contradictorio a la cultura que nos impulsa a gozar, más y más, de no conformarse nunca y de repudiar las barreras y frenos que podamos tener, son justamente esos puntos, esas faltas, imposibles de ser resultas, donde radica nuestra humanidad.

¿Dudas, comentarios, sugerencias? Escribe a cecilialopez@psicoanalisis-mexico.com

 

Enero, 2018

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