Estereotipos

Cecilia López

Los estereotipos determinan cómo debe ser
y cómo debe comportarse una persona
en base a una serie de características:
edad, nacionalidad, género, educación…
No toman en cuenta elementos personales,
sino que “etiquetan” de acuerdo a lo esperado.

Los estereotipos se forman con elementos
simbólicos y culturales establecidos por el
“omnipotente” como el comportamiento adecuado
y debido: es la conducta deseada y esperada.

 

Los niños juegan futbol y son más bruscos; las niñas, por el contrario, juegan con muñecas y son más delicadas. Al crecer, los hombres mantendrán el interés en los deportes, en los autos y tomarán cerveza, mientras que las mujeres saldrán de compras, se interesarán en la farándula y pasarán tardes enteras platicando con amigas. Las personas casadas son más felices que las solteras. Las personas con hijos tienen más estrés que aquellos sin hijos…

¿Resulta familiar lo anterior? Son sólo algunos de los muchos estereotipos que rodean nuestra vida: una serie de creencias sobre los atributos y características que necesariamente deben tener algunas personas.

Los estereotipos se presentan como verdades absolutas sobre cómo serán, por ejemplo, un hombre y una mujer adultos, sin embargo cabe preguntarse, ¿tendrán algo de cierto?, ¿de dónde provienen y por qué parecen corroborarse en muchas ocasiones?

Personas: animales desnaturalizados

¿Cómo aprendemos a hablar? ¿Cómo conocemos sabemos qué está permitido y qué está prohibido?, ¿cómo sabemos cómo comportarnos, cómo relacionarnos, qué debemos hacer y qué se espera de nosotros? En suma, ¿cómo sabemos cómo ser personas?

Pensemos, por ejemplo, en el caso de una abeja. Las abejas tienen una estructura social y una serie de comportamientos necesarios para la vida en un panal. Cada abeja tiene ciertas tareas a desempeñar y ocupa un lugar en específico dentro de la comunidad, ¿cómo lo sabe o por qué lo hace? Sencillo: las abejas, y otros animales, se determinan por instinto. El instinto es el que les indica exactamente cuál es su propósito y cuáles son sus encomiendas, no hay otros elementos en juego.

En el caso de las personas es más complejo, intervienen otros factores. Si bien tenemos necesidades orgánicas y por ello podríamos clasificarnos entre los animales, en nuestro caso no estamos determinados por instintos, sino por pulsiones. Instinto y pulsión no son sinónimos y, por lo mismo, se abre una dimensión que diferencia radicalmente a una persona de una abeja.

Si las personas estuviéramos regidas por instintos igual que otros animales, todas las necesidades se limitarían a cuestiones orgánicas y quedarían satisfechas por completo al tener siempre el mismo elemento, sin variación entre uno y otro. Así como un animal, cualquier animal, tiene la necesidad de tomar líquidos y, al beber agua, se elimina está carencia para restablecer el orden biológico, así sucedería lo mismo con las personas.

La cuestión, sin embargo, estriba en que, al no tener instintos, ergo no estar dominados por ellos, las necesidades no se satisfacen de la misma manera que en el caso de un animal. Una persona, por ejemplo, siente sed y no necesariamente toma agua, sino que puede elegir tomar refresco, café, té, cerveza…incluso podría decidir no hacer caso de la presión orgánica de tomar líquidos e ignorar la sed en aras de hacer una huelga de hambre.

Cuando se habla de la "naturaleza del hombre", se está ignorando que las personas no tenemos naturaleza, estamos desnaturalizados: hay una parte de nosotros que no responde a cuestiones meramente orgánicas y, por ello mismo, los instintos no tienen cabida, no sirven de lineamientos para nuestra vida y tampoco tienen la posibilidad de satisfacer cualquier necesidad. La creación y la cultura son resultado de ello.

Otro claro elemento de nuestra naturaleza desnaturalizada estriba en el equívoco. Volviendo al ejemplo de las abejas, cuando una abeja emite un cierto código para comunicarse con otra, este código siempre tiene el mismo significado, no hay cabida para dar otra interpretación o para malentendidos. Incluso la abeja receptora no tiene la posibilidad de, una vez recibido el mensaje unívoco, decidir actuar de otra forma.

La comunicación entre personas no se forma con un código sino con un lenguaje, ¿a qué nos referimos con esto? A que la comunicación nunca es unívoca, sino equívoca. Una palabra no tiene un significado único, sino una variedad casi infinita de significados, y más aún de interpretaciones. Los efectos de un mensaje nunca serán los mismos, sino que varían dependiendo de cada persona y de cada situación.

Pensemos, por ejemplo, en la palabra “árbol”. Al hablar sobre un árbol, cada quién dará un significado diferente. Algunos imaginarán una palmera, otros un pino, otros una acacia. Podría haber quienes piensen en un “árbol genealógico” y no en una planta; podría haber otros que escucharan mal la palabra “árbol” y la confundiera por “mármol”. Hay un sinnúmero de caminos que pueden surgir de utilizar “árbol” en una plática, dependiendo de cada persona en particular.

¿Cómo se determina el significado de un mensaje? En el caso de abejas y otros animales, el mensaje es unívoco, ergo, su significado se determina por su instinto, por su naturaleza. Para las personas, al no disponer de un instinto o una naturaleza que de antemano determinen qué significa una palabra, se abre el espacio para la subjetividad, es decir, dependerá de los arreglos psíquicos de cada persona. El significado no existe a priori, sino que se determina en cada momento de acuerdo a cada persona.

Construcciones simbólicas

Los instintos no nos determinan, nosotros no sabemos de antemano qué debemos hacer o cómo hacerlo, entonces, ¿cómo nos convertimos en personas? En otros artículos hemos mencionado que el "aprendizaje" sobre nosotros mismos proviene de fuera. Aprendemos a hablar, por ejemplo, porque nuestros padres nos enseñan. Más aún, aprendemos qué nos sucede, a interpretar nuestras sensaciones, porque hay alguien afuera  que explica nuestro caos interno “Te duele el estómago porque tienes hambre”.

El comando o anhelo de estudiar una determinada profesión, de tener un cierto orden en nuestra vida, de formar una familia, de respetar los límites y hacer caso a la autoridad, no son elementos que provengan del instinto. De igual forma, la búsqueda de formar una comunidad y crear lazos con otras personas, no son producto de la naturaleza del hombre. Son el resultado de construcciones simbólicas.

¿Qué son las construcciones simbólicas? Para simplificarlo y decirlo de una forma muy superficial, podríamos argumentar que se tratan, precisamente, de todos estos aprendizajes y explicaciones externas.

Para ejemplificar: un niño quiere masticar con la boca abierta. Los padres, sin embargo, le indican masticar con la boca cerrada y le enseñan seguir ciertas normas sociales de etiqueta. El niño teme que, de desobedecer a sus padres, pueda perder su amor, así pues decide renunciar a masticar con la boca abierta y, en lugar de eso, opta por apropiarse de las reglas de etiqueta en la mesa.

En el ejemplo encontramos un primer aprendizaje: el niño no adquiere reglas de etiqueta en la mesa por instinto, sino por indicación de sus padres y las hace propias por juzgar más importante el elemento de amor de los padres que su querer masticar con la boca abierta. El niño hace una renuncia para intercambiarlo por algo más.

Ahora bien, las construcciones simbólicas aprendidas y aprehendidas no se limitan a las normas o directrices creadas por los padres. Los padres, a su vez, están sujetos a una serie de lineamientos sociales más grandes que ellos: cuando ellos eran niños aprendieron que lo deseable era masticar con la boca cerrada y, por eso, ahora lo transmiten a su hijo. Se trata de una serie de construcciones que no son creadas exclusivamente por los padres, sino tienen una dimensión más amplia.

¿Se están repitiendo construcciones anteriores? No y sí. Recordemos que, así como las palabras adquieren un significado diferente dependiendo de cada persona y situación, así de igual forma la construcción simbólica externa será interpretada y aprehendida de manera diferente dependiendo de quien la reciba. Siempre entra en juego el elemento individual y subjetivo.

Por otro lado, sí existe una cierta concordancia con construcciones anteriores, repetidas casi de manera autómata, tanto así que a momentos puede sentirse como si uno no tuviese participación u otra opción más que regirse por lo instruido, sea siguiéndolo al pie de la letra o buscando hacer su exacto opuesto.

Estereotipos: vestuarios

Los estereotipos se tratan, precisamente, de una construcción simbólica. Para simplificar, podríamos asimilarlo a una especie de vestuario que un individuo adopta. Se toman determinados aprendizajes y explicaciones externoa que se hacen propias, se encarnan y se viven como obligatorios.

Pensemos en el caso de que a los hombres les gusten los deportes. Imaginemos un niño cuyo padre pasa gran parte de su tiempo libre en actividades relacionadas con eventos deportivos: lee la sección de deportes en el periódico, va a partidos con frecuencia y tiene un grupo de amigos con los que sale a trotar todas las mañanas. Además de lo anterior, el padre, al referirse a su hijo, hace comentarios como “Sí, será un gran jugador de futból y además ganará medallas en el maratón”.

El niño, por un lado, aprende cómo ser hombre por lo que encuentra en su entorno. Observa el gusto de su padre por los deportes y, por alguna u otra razón, decide incorporarlo y formula como imperativo: a los hombres les deben gustar los deportes, imperativo reforzado por el comportamiento de amigos, otros familiares y otras personas.

Por otro lado, el niño interpreta que su padre espera que él sea un gran deportista. El padre admira a los deportistas e implícita o explícitamente le indica que quiere que él sea igual a los que admira. La explicación, la razón, para la vida del niño, de acuerdo con lo interpretado por la conducta y palabras del padre, es que él triunfe en el mundo deportivo. Podríamos decir que el niño interpreta que el padre le dio vida para que fuera un deportista.

Las construcciones simbólicas, los estereotipos, no sólo aplican para cuestiones sobre uno mismo, sino también para la percepción sobre los demás. Digamos que, en el ejemplo, el padre siente repulsión por las personas que manejan un coche blanco. El niño, para mantener el amor y aprobación del padre, se quejará de las personas con un coche blanco y, tras recibir la conformidad del padre, lo aprenderá como una conducta deseada: excluir a los que manejan un coche blanco.

Los estereotipos derivan de elementos simbólicos y de cómo se hacen propios. No se tratan de instintos ni de cuestiones orgánicas inmutables, sino de aprendizajes apropiados que moldean la psique de las personas.

¿Es inevitable seguir siempre los estereotipos o aprendizajes? ¿No existe otra opción? No, sí existe. Cuando decimos que un psicoanálisis permite resignificar y abre la puerta a que la persona se haga responsable de sí misma, implica hacer propios estos aprendizajes, desechar algunos, modificar otros, y, finalmente, que la persona se convierta en su propia causa.

 

Septiembre 2012

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