Tú y yo ¿qué nos separa?

Cecilia López

En la novela de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, el personaje principal –Alicia– después de deambular un tiempo por los primeros capítulos del libro, llega con la Oruga. Al encontrarse, la Oruga pregunta sin preámbulos ¿Quién eres tú?. Este tema no se encuentra solo en un relato para niños; el infame Oráculo de Delfos, propulsor de la tragedia de Edipo, plantea un dilema similar al decir Conócete a tu mismo.

Al igual que estos dos ejemplos, el arte y la filosofía, la historia y la antropología, están repletos de diversas formas de cuestionarse el mismo tema: ¿qué implica decir “yo soy….”?, ¿cómo llegamos a esta aseveración?, ¿qué conlleva generar tal definición? La pregunta de la Oruga, del Oráculo, no pertenece a las páginas frías de un libro, sino que palpita más cerca de nuestra vida de lo que pudiéramos pensar.

Identidad

En algún momento u otro, todos hemos tenido que describirnos. Desde una entrevista de trabajo, donde nos piden enumerar defectos y virtudes, hasta cuando, en la privacidad de nuestros pensamientos, meditamos sobre cómo hemos cambiado o somos iguales, todos hemos dedicado algún momento u otro a reflexionar sobre qué significa ser “yo” y cómo acotarlo.

El concepto que formamos de quién es “Yo” engloba y excluye: “yo” son gustos y desagrados, fortalezas y debilidades; es lo que tildamos como nuestra personalidad, nuestra identidad, y parece convertirse en nuestra definición, como aquello que precede los dos puntos en un diccionario. Aquellos que comparten gustos similares son considerados afines a uno y, usualmente, se forma una vinculación con ellos. Aquellos distintos, con formas de ser opuestas o contradictorias a la propia, se convierten en los “otros”, los diferentes.

Aunque muchos se limitarían a incluir los pensamientos conscientes dentro de lo que consideran como “yo”, los descubrimientos de Freud y el nacimiento del psicoanálisis vinieron a hacer un tema, de por sí intrincado, aún más complejo. La identidad, el quiénes somos, no se trata de una cuestión de voluntad o control, y por ello comprende aquello de lo que estamos al tanto y también aquello que se escribe sin nuestro consentimiento: lo inconsciente.

Decir “yo soy…” incluye elementos inconscientes, no solo conscientes. Como hemos mencionado en otros artículos, lo inconsciente se saca de lo consciente por medio de un esfuerzo de desalojo, o represión, por considerarlo incompatible de alguna u otra forma. Aunque se establecen postulados teóricos generales sobre qué clase de material se reprime, es imposible hacer un listado detallado o minucioso. Siempre se recurre al caso por caso porque, en última instancia, varía de persona a persona qué elementos se desalojan de la consciencia.

La identidad, con sus elementos conscientes e inconscientes, es lo más íntimo de nosotros pues nos permite reconocernos, permite dar ese punto a “yo soy…”. ¿De dónde viene? ¿Cómo se crea? Existen diversas respuestas, dependiendo de la disciplina en la que nos ubiquemos, y, más que respuestas, existen preguntas y dudas. Desde el psicoanálisis, la cuestión de la identidad se relaciona con la formación del aparato psíquico y, en concreto, con el estadio del espejo.

Estadio del espejo

Para el psicoanálisis, el aparato psíquico no es algo que esté determinado de antemano, ni tampoco forma parte de la carga genética. Por el contrario, se forja en los primeros años de vida de una persona y permite la entrada del niño a la sociedad y a la cultura; esto es, “humaniza” al cachorro homínido y lo convierte en persona.

En otros artículos hemos explicado la importancia que juega el cuidador primario en “domesticar” el bebé: interpreta los balbuceos del niño, da un sentido al caos interior al introducirlo al mundo el lenguaje, proporciona una explicación y una solución, estás llorando porque tienes hambre; estás cansada y por eso te sientes mal; ¡no hagas eso!. Se determinan prohibiciones y permisos, reglas y directrices que abren el mundo social humano para el bebé.

Dentro del proceso de humanización se encuentra el llamado estadio del espejo. Sin entrar en complicaciones teóricas, diremos que consiste en la forma de unificar nuestra imagen corporal y social gracias a lo que el Omnipotente dice sobre nosotros, y, con ello, logra la estabilidad necesaria en el aparato psíquico. Este proceso es parte de dar sentido al caos interior y de poder sentir completo y propio nuestro cuerpo por medio de una imagen.

Nuestro cuerpo se compone de diversos registros: por un lado están las sensaciones internas que experimentamos, como hambre, sueño, dolor, comezón o satisfacción; cada una da cuenta de nuestro cuerpo de una manera diferente. Por otro, los cinco sentidos nos permiten tener una noción de lo exterior de nuestro cuerpo: podemos escucharnos hablar o respirar, una cortada en la boca alerta al sentido del gusto, con las manos se palpa la piel y, por supuesto, la vista nos proporciona una fotografía parcial de nosotros.

Cuando somos adultos, cada uno de estos registros corporales, aunados a las emociones y pensamientos, están unificados bajo el concepto de “Yo”: yo estoy feliz, yo tengo hambre, yo tengo la piel bronceada, yo estoy enfermo, yo tengo tal opinión. Aunque son diferentes sensaciones y sentires, están articulados en torno a “yo” y lo que llamamos identidad. La posibilidad de experimentarlo en conjunción, como lo hacemos, no sucede de manera natural, sino que es un proceso psíquico fundamental ocurrido antes de los tres años; antes de ese proceso, hay una disociación en la imagen.

¿Cómo suponer esta disociación? Pensemos que, en un inicio, cada sentido, cada sensación se registra con independencia una de la otra, sin relación coherente entre ellos. Uno experimenta todos estos sentires, pero es sin ton, ni son entre ellos; como una especie de cacofonía. Se vivencian en un cuerpo fragmentado, en el sentido de que se trata de diferentes fragmentos, diferentes piezas, sin vínculos entre ellos.

Esta situación agobiante se soluciona con el estadio del espejo, cuando el niño entre los seis y los dieciocho meses queda “cautivado” en su imagen. ¿Qué imagen? Hoy en día podemos pensar en un infante observando fascinado su reflejo en el espejo. ¿Y si no hay espejo? No importa; cualquier otro niño de la edad puede servir de “reflejo”.

Esta imagen, sea otro niño o sea el reflejo del espejo, se presenta unificada en contraposición con la fragmentación que el niño vive en sí mismo. La fusión contemplada entre los diferentes registros de la imagen, permitirá terminar con división que experimenta el niño y crear un elemento en torno al cual enlazar todas estas sensaciones. ¿Cómo? Por medio de la identificación con la imagen.

El primer elemento de identidad viene de fuera: el niño se identifica con ese otro que soy yo (sea el reflejo, sea otro niño) y, dado que la imagen está unida, el niño puede lograr unidad en sí. Se crea un enlace con la imagen de “yo” igual, de ese yo articulado y coherente que incorporo “Si ese otro externo (reflejo o niño) es igual a mí, y ese otro está unificado, entonces yo también estoy unido, yo no estoy fragmentado”. Esta identificación el ese “otro yo”, aunque necesario y benéfico para la coherencia psíquica, es también la causa de rivalidad y hostilidad hacia los pares.

Ahora bien, el encuentro con el otro “yo igual”, con la imagen completa, no es suficiente para lograr la unificación en el niño. Se necesita también la intervención de Otro, del Omnipotente, esto es, del cuidador primario que se percibe como superior al niño. Es el lenguaje del Otro respecto a la imagen lo que permite la identificación y unificación de sensaciones: Sí, bebé, eres tú, ¿quién es el del espejo? ¡Eres tú!, podría decir una madre cargando a su hijo; Mira a la niña, bebé, ¡es igual de guapa que tú, podría surgir al encontrar a otro infante de la edad en un paseo.

Es la imagen unificada percibida en el otro y, lo más importante, es el lazo a esa imagen por medio de las palabras del Otro, lo que permite crear el centro a ser denominado “yo” en torno al cual se asientan las sensaciones y sentires, se fragua el aparato psíquico, y el cual consideramos núcleo de nuestra identidad, nuestra personalidad.

Y los “otros” ¿qué?

El otro similar nos crea un primer elemento de identidad para agrupar nuestros sentires y acabar con el cuerpo fragmentado. Crea un “yo”, sin embargo, para crear un “yo” es necesario diferencia el “no yo”, esto es, el “tú”, todo aquello que es ajeno a mí. La imagen del niño, incluso el reflejo del espejo, es similar y, al mismo tiempo, debe convertirse en ajeno. No soy “yo” pero, como es muy parecido, entonces puede “reemplazarme” y por eso hay una rivalidad constante.

La rivalidad que surge entre similares, sean a nivel familiar en el caso de los hermanos, o sea llevado a una escala social más amplia y compleja, surge precisamente porque las semejanzas lo convierten en una constante amenaza. Simplificando, diríamos que, por ser parecidos, pueden sustituirnos ante el Otro. La identificación y la rivalidad son con el otro, siempre referidos a otro: pensemos en el caso de los hermanos luchando por ser el, o la, consentido de los padres. Primero son punto de apoyo para forjar la identidad, y después son amenaza a esa identidad.

El “yo” o “nosotros solo puede existir en contraposición con el “tú” o “ustedes”, esto es, la identidad solo existe en la medida que hay alguien que no sea yo. Sea a nivel personal, sea a nivel comunidad, es el elemento ajeno lo que proporciona identidad al grupo. Pensemos, por ejemplo, en que se puede definir una nacionalidad solo porque existen otras nacionalidades; o la pertenencia a una cierta fe, porque existen otras religiones o incluso personas que no son creyentes.

El antagonismo con los percibidos como diferentes es una dialéctica tensa, muy compleja, que es imposible pensar en eliminar por completo. ¿Quiénes son los distintos? Depende de la situación en la que nos encontremos: dentro de un país son diferentes los que viven en otras ciudades, pero, en el extranjero, los diferentes serán aquellos de otras nacionalidades. Quién y cómo se construya el “tú, ustedes, ellos” dependerá del contexto y son elementos variables.

 

Julio 2014

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