Grupos, cultos y sectas, ¿por qué atraen?

Lourdes Sanz

Iniciemos retomando algunos aspectos relativos a la conformación del aparato psíquico. Hemos comentado anteriormente cómo el ser humano al nacer requiere ser “introducido” a su propio ser, lo cual ocurre por medio del lenguaje como forma de conocer, conocerse y reconocerse.

La persona que se encarga de los cuidados primarios del pequeño es de quien el niño aprende a la par que es quien le proporciona satisfacción a sus necesidades. Esta persona, por tanto, es la primera a la que se reconoce, se quiere y a quien se percibe como protección frente a los peligros indefinidos que amenazan desde el exterior.

Junto a quien ejerce la función materna, aparece la figura de quien ejerce la función paterna. El padre o quien ejerce la función paterna es percibido como autoridad en la familia, es quien tiene la última palabra en las decisiones familiares, la aplicación de correcciones, el establecimiento de límites.

Debido a esta función, en algunas ocasiones es temido por los hijos. En otras ocasiones, particularmente durante la adolescencia, los hijos se rebelan indistintamente a lo que el padre, o ambos progenitores señalen, sin embargo, el niño o joven normalmente se siente seguro y protegido contra los peligros  que conoce cuando el padre se encuentra cerca.

En la edad adulta permanece la sensación de desvalimiento, no solamente como un recuerdo infantil sino como una realidad de fragilidad ante a situaciones adversas frente a las que no se tiene control o respuesta como son, por una parte, la naturaleza misma y los fenómenos naturales que nos afectan y por la otra el devenir de la propia vida, las penas y privaciones y particularmente  el límite de la muerte.

Freud nos enseña que el desvalimiento y el desconcierto del género humano son irremediables vínculos entre el desvalimiento del niño y el del adulto y que es precisamente por ello que los seres humanos nos aliamos, creando grupos, comunidades y la cultura misma.

Comunidad y cultura: seguridad e insatisfacción

Los seres humanos nos reunimos en comunidad para proporcionarnos espacios de protección, como en el seno de la familia, pero igualmente para la producción de satisfactores y para la creación de vínculos recíprocos. La cultura abarca todo el saber y el poder-hacer que la humanidad ha desarrollado para generar mejores condiciones de vida.

Por otra parte, la vida en comunidad requiere de regulación. La cultura también comprende la creación de normas que puedan hacer posible tanto la vinculación entre las personas como la distribución de los bienes, por ello impone una serie de renuncias individuales.

Las exigencias de renuncia que la cultura y la convivencia traen consigo, tiene implicaciones y consecuencias no solamente en el aspecto material sino también en el anímico. La imposición de la renuncia a la satisfacción individual aunada a los límites propios de la vida y la experiencia, generan angustia en las personas.

Esta angustia por no poder obtener lo que se desea, se necesita o se cree merecer se relaciona con el sentimiento de fragilidad y desvalimiento, iniciado en la infancia pero que en la vida adulta adquiere un sentido particular de urgencia.

La incertidumbre de poder obtener o deber renunciar a lo que los individuos desean, necesitan o creen merecer genera una expectativa angustiada. Algunas personas viven las renuncias como una ofrenda de sí a la comunidad, otras como sacrificios, algunas más como injusticia o hasta opresión.

El desvalimiento de las personas permanece y con éste su añoranza de algo o alguien que ofrezca seguridad y protección, cumpliendo, explica Freud, una triple misión: “desterrar los terrores de la naturaleza, reconciliar con la crueldad del destino, en particular como se presenta en la muerte, y resarcir por las penas y privaciones que la convivencia cultural impone al hombre” (Sigmund Freud en El Porvenir de una Ilusión, 1927).

Creencias, doctrinas y cultos.

En la infancia, la primera protección frente a la angustia, decíamos, proviene de quien ejerce los cuidados primarios, percibidos como Omnipotentes. En la vida adulta, se añora la protección de este Omnipotente, frente a la impotencia humana.

Las personas adultas buscan otras formas de construir espacios de seguridad en el ámbito de la comunidad, en particular las expresiones religiosas y culturales, que pretenden esclarecer los enigmas del universo y reconciliar con la cotidianidad de la vida, sin embargo ninguna de estas satisface plenamente y por tanto la angustia permanece.

Ante esta la angustia expectante, algunas personas optan por incorporarse a los más diversos grupos o sectas, atraídos por sus discursos y explicaciones, aún cuando mucho o todo lo que éstas proclaman no les resulte racionalmente aceptable, ¿por qué ocurre esto? ¿en dónde radica la fuerza de estas doctrinas y su eficacia?

Estas doctrinas y creencias proclaman enseñanzas que responden a las expectativas de recibir protección, resolución de problemas, la promesa de una vida plena, la felicidad. Estas enseñanzas no son resultado de la experiencia o de la investigación, pero ofrecen caminos que están vinculados a deseos profundos.

Su fuerza, explica Freud es que son ilusiones, es decir cumplimiento de deseos antiguos, intensos y urgentes de la humanidad.  El padre del psicoanálisis define la ilusión como una creencia motivada por el cumplimiento de un deseo y que prescinde de un nexo con la realidad objetiva. 

En este sentido la fuerza de las creencias, doctrinas y cultos radica precisamente en la fuerza que tienen estos deseos en las personas que se incorporan a la secta o grupo que las practica.

Durante la infancia, el desvalimiento provoca una situación terrorífica que es remediada cuando se concibe que los padres, en particular quien ejerce la función paterna, es capaz de ofrecer una protección amorosa a la cual se accede en la medida en que se cumplan ciertos lineamientos y normas.

En este sentido, las creencias y doctrinas por una parte desarrollan un sistema de respuestas a determinados enigmas y por la otra establecen un determinado orden cuyos miembros han de seguir a fin de garantizar el cumplimiento de su demanda.

Al ingresar en estos grupos, las personas suelen escuchar testimonios sorprendentes y vivenciar experiencias satisfactorias. Lo anterior hace que resulte mucho más fácil deslindarse de su responsabilidad por sí mismos y depositarla en el grupo, y/o en el líder del mismo, que asumir las riendas de la propia vida y la responsabilidad por las decisiones que se toman.

Las gratificaciones que se encuentran al interior de estos grupos son muchas y muy variadas. En primera instancia, al reconocer el liderazgo de quien encabeza el grupo o la doctrina, se le coloca en el lugar que ocuparan los padres en la infancia, el de Omnipotente protector. Así se buscará reiteradamente el reconocimiento de este líder particular así como el de los miembros del grupo.

Será importante ser amado y considerado valioso por el Omnipotente y los otros miembros, se sentirá satisfacción al servir al Omnipotente, desde luego se buscará ser su predilecto o bien un lugar prestigiado dentro del grupo. Por otra parte, en este espacio será fundamental que cada miembro descubra la posibilidad de ser heredero de la sabiduría y práctica del Omnipotente, y contemplará la posibilidad de lograrlo algún día.

Cuando las personas dejan de asumirse como sujetos se colocan a sí mismas como “objeto” para los demás: objeto de manipulación, de explotación, de engaño, de uso, etc.

El sujeto queda entonces diluido en el grupo, en la creencia, en la práctica y hasta en la economía de aquellos que han diseñado esta vía alterna que aparentemente satisfará el deseo profundo de amor, seguridad y protección presente en toda persona.

Un alto porcentaje de quienes ingresan a este tipo de grupos, al paso del tiempo se aleja del mismo. En muchas ocasiones para buscar un nuevo grupo o vehículo que le permita mantenerse deslindado de sí, diluido en algo o alguien más y ajeno a la responsabilidad de sí mismo. En otras, para asumir la responsabilidad por sí mismo.

 

 

Julio 2014

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