Padre, ley y cultura

Cecilia López

"El primer humano que insultó a su enemigo, en vez de tirarle una piedra, fue el fundador de la civilización" . . . . . . . . . .Sigmund Freud

¿Instinto gregario?

Al observar la naturaleza encontramos animales que instintivamente se “organizan” para su supervivencia, por ejemplo las abejas o las hormigas. Estos animales cuentan incluso con roles específicos en beneficio de todo el grupo: unos miembros de la especie producen los alimentos, otros actúan como guardianes y otros más tienen la función de la reproducción. Es importante enfatizar que los animales no cuestionan su “rol” sino simplemente lo siguen, según lo indica su instinto. Como hemos mencionado en otros artículos, los animales, se rigen por su instinto, en este caso, hablamos del instinto gregario.

Existen también animales que no cuentan con este instinto gregario, sino que viven de manera individual. Normalmente estos animales presentan características de mayor agresividad y ferocidad que los animales gregarios.

Siendo que los seres humanos vivimos en comunidad, algunos autores consideran que el hombre es “naturalmente un animal gregario” sin embargo, al observar otras especies que tienen características de agresividad y ferocidad similares a las que presentaran los primeros homínidos de los que descendemos, nos percatamos de que estas especies no tienen un instinto gregario.

¿Por qué entonces vivimos en comunidad?

En su obra El malestar en la cultura, Freud analiza la vida en sociedad, sus contradicciones y la forma en cómo las personas construyen la cultura como respuesta a los desafíos que la vida presenta.

Como hemos explicado en otros artículos, el ser humano no se rige por instintos, no hay nada de natural en las personas, todo en nosotros está atravesado por el lenguaje, por la simbolización, que es la cultura misma.  

La cultura, explica Freud, nace como una forma de protección frente a las dificultades de la Naturaleza, considerando la fragilidad física del hombre. La vida en comunidad permite no solamente el resguardo frente a fenómenos naturales sino también el ordenamiento de tareas de supervivencia, en un primer momento, y de posterior desarrollo.  Igualmente, la cultura es la base sobre la que se construyen y regulan  las relaciones entre los seres humanos.

Sin embargo, el amparo, el orden y la armonía que se construye a través de la cultura, no vienen sin costo.

La cultura demanda a sus miembros que realicen una serie de renuncias y cumplan con un número de requisitos e ideales. La estética, la limpieza, la armonía son exigencias culturales planteadas al individuo que implica que la persona en lo individual deba declinar la satisfacción de sus pulsiones, al menos de manera inmediata y directa.

No es difícil observar cómo, dentro de las culturas, cualquiera que sea el esquema socio-político que adopte la misma, la propia cultura se convierte en una fuente de conflicto para el individuo, “no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado…” generan discordia y muchos miembros de la sociedad busca transgredirlas, cuando en realidad  su objeto no es otro que el de “…protegernos y beneficiarnos a todos” (Freud, 2003, p. 85).

Sujetos del lenguaje, sujetos a la ley.

La vida en sociedad requiere de un acuerdo, un pacto que rija a todos. Al vivir en sociedad, cada persona se inserta en una comunidad, entendida esta como la visión de la vida que ese grupo de personas comparte, que tiene en común y que les unifica.

Así pues, cada uno de los individuos se compromete a ceñirse a las normas de coexistencia, que rige a eso grupo. El individuo entonces se sujeta a la ley y al derecho.

La sujeción del individuo a la ley lleva consigo, no solamente la renuncia a la satisfacción, sino la implicación de encontrar formas adecuadas y viables, dentro de los parámetros culturales, para expresar ideas, sentimientos, así como de adecuar al orden social la realización de  proyectos individuales.

La sociedad, incubadora irremplazable del sujeto del lenguaje, está condenada con discordia y ambivalencia inherente.

Renunciar a la propia satisfacción no es tarea sencilla, más aún cuando se perciben dispensas, favores o disparidades, con respecto a otros integrantes de la sociedad. Esta percepción de inequidad o injusticia tiene su origen en una rivalidad originaria.

Expliquemos. Existe la fantasía de que la felicidad y plenitud individual puede alcanzarse si se tiene acceso ilimitado a la satisfacción. En este sentido, renunciar a ésta significaría una pérdida para quien renuncia, que solamente puede ser soportada en la medida en que todos los pares hagan la misma renuncia. Las posiciones de poder en las sociedades están vinculadas a privilegios, se trata de alguien para quien la norma no aplica o aplica de manera diferente, situación que genera desde admiración hasta ira y odio.

¿Cuál es la importancia de la ley en la vida social?

En el artículo Función Paterna: Ley y posibilidad, explicamos cómo la sujeción a la ley permite a la persona sostener su propio proyecto de vida. La ley no limita en el sentido de imposibilidad, sino por el contrario, provee el marco para posibilitar la realización individual.

El padre y la ley están estrechamente relacionados. Aunque entendido desde diversas perspectivas, el lugar fundamental que ocupa el padre en la psique es innegable y ha sido uno de los temas centrales del psicoanálisis desde los primeros escritos de Freud.

Desde muy temprano, se reconoce el papel fundamental que juega en la construcción de la identidad, la regulación del goce y del deseo, en la estructuración subjetiva y en lo referente a la diferencia de los sexos.  

En Psicopatología de la vida cotidiana y análisis del yo, Freud habla del padre como una figura frente a la que se tienen sentimientos ambivalentes. Al padre se le dirigen sentimientos tanto de hostilidad y rivalidad, como amor y ternura. 

¿Por qué la ambivalencia frente al padre / frente a la cultura y la ley?

Pongamos un ejemplo coloquial. Si no hubiese reglas de tránsito en las calles de una ciudad, todos los automovilistas tomarían la decisión de pasar primero, todos estaríamos siempre en “siga” pretendiendo que los demás estén en “alto”. Para que todos los automóviles puedan llegar a su destino, es necesario construir reglas, sea la de “uno y uno”, establecimiento de semáforos, agentes o policías de tránsito, etc. Solamente mediante la construcción de estos acuerdos se logra el objetivo de circular y llegar a su destino. 

En este ejemplo, quien impone la norma y exige su cumplimiento no tiene un papel fácil, los automovilistas protestarán de que el siga de la otra calle es más largo, o bien no les parecerá la forma en cómo el agente de tránsito privilegia el paso de uno sobre otro, sin embargo, la renuncia que hace cada automovilista a “pasar primero” es la única forma en cómo puede lograrse que todos pasen.

La función paterna en la familia y la normatividad en la sociedad, tienen la función de enmarcar la realización de la persona, sus objetivos, sus intereses  como sujeto. Sin embargo esta posibilidad de construirse y ser yo mismo solamente es posible en la medida en que identifica y diferencia lo propio y posible de las expectativas ajenas y las fantasías, y se construye lo propio con respeto y cuidado de las demás personas que conforman la comunidad.

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Julio 2015

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