Mitos Grecopsicoanalíticos

Edipo

Cecilia López

Los mitos, leyendas y relatos del mundo clásico se han convertido en una herramienta importante para pensadores de todas las disciplinas y ciencias. Ya hemos explorado el relato de Narciso y su significación en el mundo del psicoanálisis de Freud y Lacan. Veamos ahora un tragedia que sirvió para nombrar un momento cúspide de la formación psíquica: Edipo.

Trágico destino para un rey

Edipo es el mítico rey de Tebas, una de las ciudad-estado de la antigua Grecia. Aunque es mencionado por poetas como Homero y Eurípides, será Sófocles quien narre la versión más popular de esta leyendas por medio de tres tragedias: Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona -obra cuidadosamente estudiada por Lacan.

La historia va así: un oráculo advierte a Layo, el rey de Tebas, que si llega a tener un hijo, al crecer, lo asesinará. Cuando Yocasta, su esposa, da a luz a Edipo, Layo se apresura a abandonarlo en un monte para escapar al destino del oráculo. Sin embargo, para desgracia del rey, Edipo no muere sino que es encontrado y adoptado por el rey de Corintio y su esposa.

Cuando es un joven, Edipo visita al Oráculo de Delfos, quien le anuncia que matará a su padre y desposará a su madre. Al igual que Layo antes, Edipo busca la forma de evitar la profecía y huye de Corintio. En el camino hacía Tebas se encuentra con Layo, ignorante de que era el rey y su padre, y, tras una disputa por el derecho de paso, le da muerte.

Al llegar a Tebas, Edipo se encuentra con que una esfinge aterrorizaba a la población, asesinando a quien no pudiera responder sus acertijos. Cuando Edipo los resuelve, la esfinge se suicida y, como recompensa por liberarlos del monstruo mítico, lo nombran rey de Tebas y lo invitan a desposar a desposa a la viuda del antiguo rey, es decir a Yocasta.

Años más tarde, una terrible plaga azota la ciudad como castigo por que el asesino de Layo no había sido castigado. Edipo hace investigaciones para dar con el homicida. Es entonces cuando descubre la verdad: el hombre que asesinó en el camino era el rey de Tebas y su padre, y su esposa es en realidad su madre. Al descubrir su identidad, Edipo se saca los ojos y es desterrado de Tebas, acompañado por su hija Antígona.

¿Por qué huye Edipo?

A finales del siglo XIX, Freud estudiaba la histeria y a los, que llamaba entonces, “enfermos de neurosis”. Muy pronto descubre el papel clave de la sexualidad y formula la teoría de la seducción: una hipótesis según la cual los “enfermos” fueron seducidos por sus padres en algún momento de la infancia temprana. El recuerdo deviene traumático en un momento posterior, se reprime y nace el síntoma neurótico.

El 21 de septiembre de 1897, Freud escribe una de las cartas más importantes a su amigo Wilhelm Fliess, donde afirma “Ya no creo más en mi neurotica (teoría de las neurosis)”, y luego, al enumerar las razones de esta afirmación, prosigue “...no hay indicaciones de la realidad en el inconsciente, así que uno no puede distinguir entre la verdad y la ficción que han sido catectizados con afecto”. Con esta carta se da fin a la teoría de la seducción.

La incidencia traumática de la sexualidad sigue presente y da nacimiento a los síntomas neuróticos, pero, si no hubo seducción, ¿entonces qué sucede? Freud descubre algo novedoso: los traumas sexuales de la infancia temprana, que relataban sus pacientes, no era un abuso real por parte de un adulto, sino fantasías inconscientes devenidas traumáticas y transformadas en síntomas. Como recién citamos a Freud, en el inconsciente no hay diferencia entre verdad y ficción: la una tiene exactamente el mismo peso para el sujeto que la otra.

Pasamos entonces a la teoría de la fantasía: lo traumático es la fantasía del niño de ser seducido/seducir al adulto, en concreto, a los padres. Tomemos a Edipo como ejemplo: que de hecho asesinara a Layo y se casara con Yocasta no es lo relevante. Cumplir el destino profetizado por el oráculo fue, por decirlo así, mala suerte. El solo lazo biológico con ellos no es relevante porque sus verdaderos padres eran los reyes de Corintios.

Lo pregunta central entonces es preguntar por qué huye Edipo. De acuerdo con el oráculo, cometer parricidio e incesto ocurriría solo por causa suya, es decir, no se refiere a que sería obligado a llevarlo a cabo por intervención una fuerza exterior, como la voluntad de un dios por ejemplo. Si solo depende de él cumplir el destino y decide huir por temor a hacerlo, es porque dentro de Edipo existía el deseo de llevarlo a cabo.

El deseo inconsciente de desaparecer de la escena al rey de Corintios y quedarse exclusivamente con la madre, nos muestra por qué se lo llamamos Complejo de Edipo. Algunos psicoanalistas y psicólogos han hablado del Complejo de Electra para el caso de las niñas, sin embargo, desde la visión estructuralista de Lacan, prevalece el llamarle Edipo para el caso de varones y niñas.

Tres tiempos del Edipo constitutivo

El Complejo de Edipo es uno de los momentos central en la constitución del aparato psíquico y  un tema sumamente intrincado dentro de la teoría psicoanalítica. La forma más sencilla y superficial de explicarlo sería decir que es como si todos lleváramos un pequeño Edipo dentro de nosotros. En nuestra psique existen los mismos deseos inconscientes, y también el mismo sentimiento de repulsión consciente hacia estos deseos, que en el legendario rey de Tebas.

Vamos a hacer un desarrollo del Edipo mediante una exposición simplificada de los tres tiempos lógicos de los que habla Lacan en el en el Seminario 5. Lacan hace una relectura de toda la obra de Freud, incluyendo este punto, incorporando elementos del estructuralismo y de la lingüística.

En un primer momento encontramos al niño (no importa que sea varón o niña, el tránsito inicial es idéntico) con la madre (o cuidador primario), y al primero identificado como el objeto deseado de la segunda. ¿A qué nos referimos? Supongamos el caso de una mujer que ha soñado con convertirse en mamá desde que era niña. Al momento de tener un hijo, ése niño será algo muy valioso para ella, aquello que ella más anhela, es decir, el objeto deseado.

Para poder desear algo, es necesario que ese algo falte. Solo se puede desear lo que no tenemos. Así, si el niño es el objeto deseado, es porque es aquello que colma la falta de la madre: la madre deseaba tener un hijo, era lo que le faltaba, y, ahora que es una realidad, ese hijo es lo que viene a “llenar”ese vacío que ella tenía antes -o al menos así se conforma en este momento.

Ser el objeto deseado, coloca al niño en un circuito cerrado con la madre: si él necesita de los cuidados de ella todo el tiempo, y ella solo se enfoca en el niño, están en un universo donde solo existen ellos dos. Esto lleva a que la madre sea un Omnipotente (u Otro), como hemos explicado en otros artículos, y que las reglas y palabras que ella le transmite a través del lenguaje, sean solo las que ella, como Omnipotente, articula según su voluntad, o capricho.

Aquí también entra a escena lo que hemos explicado del Estado del espejo, donde el niño puede formar su imagen por medio de un similar y la mirada de reconocimiento del Otro. El niño está identificado con esa imagen que es el objeto deseado por la madre. El Yo Ideal es tal precisamente porque se refiere al ideal de la madre depositado en el hijo, ideal que lo convierte en lo deseado.

Es imposible pensar que se pudiera mantener el circuito cerrado entre madre e hijo, tarde o temprano, la madre se separará del hijo, amado como sea, y su ausencia permite que el niño  haga “acuse de recibo” de tanto su falta, como su presencia. Este segundo momento coincide con el juego del Fort-da que observó Freud: un forma de simbolizar la presencia/ausencia de la madre y por extensión de otros objetos.

Aquello que lleva a la madre a alejarse, es algo que está más allá de ella y el microcosmos formado con el hijo: una pareja, trabajo, amigos u otros hijos. Sin importar qué sea, decimos que este alejamiento del hijo no es una regla de la madre, no es del Omnipotente, sino que se trata de una ley más allá de ella: hablamos de la ley de prohibición del incesto, lo que también llamamos la ley del padre.

No pensemos el incesto desde el concepto de relaciones sexuales entre progenitores e hijos, sino desde una visión más amplia, como aquello que facilita el reconocimiento del niño como una persona separada de la madre, en específico, como separado de su deseo. El hijo, al final del día, no es el objeto de deseo porque no se trata del ideal que ella tenía en su fantasía, sino de una persona diferente a ella y a sus anhelos. La prohibición del incesto implica separar a ambos del ideal: a la madre dejar de exigir que el niño sea el objeto que la colme, y al niño dejar de encarnar el ideal materno.

Por supuesto, pueden seguir existiendo mandatos maternos aún en la edad adulta: “¿Cuándo me vas a hacer abuela?”, “Deberías estudiar esto y no lo otro?”, “Cámbiate de trabajo”, “Arregla tu casa”, etc. Y también puede existir el anhelo de ser aquello que la madre espera de uno. En estos casos no significa que no haya funcionado la prohibición del incesto, sino que siempre quedan vestigios, restos. Estas “sombras” forman, finalmente, parte de nuestra estructura psíquica.

Por el momento, solo diremos que el tercer tiempo es el declive del Edipo, la formulación de la posición masculina y femenina, y la introducción del Ideal del Yo, que Freud identificó con exigencias morales y sociales.

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Julio 2015

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