El "omnipotente" de la psique

Cecilia López

Dentro de la psique, opera una
instancia que hemos llamado
“omnipotente”, y que en la teoría
psicoanalítica es el gran Otro.

El omnipotente, o gran Otro, juega
un papel vital en la constitución de
la posición subjetiva, así como en
la diferenciación entre una neurosis
obsesiva o una histeria.

 

Algunas veces, pareciera que construyéramos nuestra vida para alguien más: estudiamos una profesión, tenemos un trabajo, iniciamos una familia, todo para cumplir con expectativas ajenas sobre nosotros. A momentos incluso, es como si estuviéramos atrapados por un destino, o maldición, incontrolable y más allá de nuestra influencia.

Esta sensación se debe en parte al que coloquialmente hemos llamado “omnipotente”, y que en la teoría psicoanalítica es el gran Otro. Aunque ya hemos explicado el tema en otras ocasiones, para entender las diferentes posiciones subjetivas (neurosis, perversión y psicosis), es necesario retomar el concepto de “omnipotente” o gran Otro.

¿A qué nos referimos con “omnipotente”? Para evitarnos complicaciones, digamos que el omnipotente, o gran Otro, se conforma en un inicio con la figura de los padres.

¿Por qué son “omnipotentes” los padres? Por un lado, porque son la causa del niño, es decir, lo que provocó, más que su vida física, su vida psíquica. Por el otro, los padres tienen la capacidad de utilizar el lenguaje y convertirse en intérpretes, es decir, comprenden asuntos propios del niño que él no puede explicar. Vayamos paso por paso exponiendo estas ideas.

El omnipotente como causa

Los padres son la fuente de gratificación para el niño: le dan amor, atención y cuidados. También son una fuente de autoridad: imponen reglas, establecen prohibiciones y una sanción en caso de trasgredir los límites. Pero quizá su papel más significativo es que son la causa misma del niño.

¿A qué nos referimos con causa? La causa implica la entrada en juego de un deseo de los padres respecto a tener a ese hijo. Es importante aclarar que aunque desde lo biológico, los padres consanguíneos son causa del hijo (lo conciben, lo gestan y posteriormente lo paren), en el psicoanálisis, la causa se relaciona con un deseo psíquico. No se refiere a una causación orgánica, por ende se establece con independencia de que haya un parentesco consanguíneo o no.

Expliquemos lo anterior. ¿Cuántas veces hemos escuchado de personas que ya saben el nombre de sus hijos cuando aún no los tienen? Desde antes de su nacimiento, los padres ya han entretejido una serie de fantasías e ilusiones respecto a sus futuros hijos inexistentes “Será un gran futbolista”, “Tendrá mucho éxito en el mundo de los negocios como yo”. Se quiere al hijo por algo: hay una causa para tener un hijo.

Cuando el hijo entra en escena, sea por adopción, sea por nacimiento, o sea por quedar al cuidado de un niño, los padres le transfieren todas aquellas ilusiones formuladas y, al hacerlo, lo incorporan en el mundo mismo del lenguaje. Tanto las manifestaciones de amor, las reglas y prohibiciones, como la causa misma para tenerlo, se transmiten al hijo mediante el lenguaje.

Las ilusiones de los padres, hacen que éstos se conviertan en omnipotentes para el niño, ¿por qué? Porque son el motivo de su existencia, sin el deseo de sus padres por tener un hijo, él no estaría aquí. Más aún, en el mismo nombre del niño (una palabra) están entretejidas diversas expectativas y razones para su vida: “Te nombramos Fulano porque así se llamaba tu abuelo, a quien yo admiraba”.

Para el niño, todo lo que le transmiten, se convierten en una demanda “Pórtate bien”, “Come tus verduras”, “Saca buenas calificaciones”, “No metas la mano en la estufa”. Cada una de estas demandas indica lo que los padres esperan del niño, lo que quieren de él, inclusive la razón misma por la que le tuvieron. El niño, por su parte, se siente obligado a cumplir con estas demandas de los padres-omnipotentes.

El omnipotente como intérprete

Los bebés recién nacidos son como un lienzo en blanco: no tienen consciencia de sí mismos y no han desarrollado su aparato psíquico. Es hasta después de algún tiempo de vida que poco a poco se va poniendo en marcha la estructuración psíquica, ¿cómo? gracias a la separación con la madre, o quien funja como madre, gracias a la frustración de una necesidad.

Expliquemos lo anterior:  si la madre no está con el bebé todo el tiempo y no puede satisfacer al instante sus necesidades (hambre, frío, sueño), al momento de experimentar una necesidad no satisfecha, el bebé nota un cambio con el estado anterior y registra una falta. Gracias al juego ausencia-presencia, puede percibir la diferencia entre él y la madre.

Registrada su propia existencia, el bebé registra también la de la madre y el primer omnipotente entra en escena. ¿Por qué omnipotente? Porque es como si la madre tuviera un saber mágico de qué ocurre dentro del niño y, además, puede interpretarlo: él solo percibe una sensación extraña, ella es quien lo nombra “Tienes sueño”, “Tienes hambre”, “Estás contento”.

En esta ocasión, el omnipotente utiliza el lenguaje para nombrar e interpretar las sensaciones del niño, tiene la capacidad de ordenar su “caos” interno. Posee un conocimiento particular del niño, que él no tiene; quizá el mismo no sepa qué le ocurre, pero no tiene importancia, el omnipotente sí lo sabe.

El niño, por su parte, aprende a expresarse valiéndose de palabras “ajenas” ¿por qué ajenas? Porque no son invenciones propias del niño, sino que el omnipotente las formula para explicar algo de él y, además, exige que el niño las incorpore; es decir, exige que el niño se sume al mundo del lenguaje.

¿A qué nos referimos con esto? Pensemos en un niño de tres años que tiene problemas para pronunciar la letra “R” e insiste en que quiere un “pelo” de regalo. La madre, al escucharlo, inmediatamente aclarará “no se dice pelo, se dice pe-rro”. Al corregirlo, el omnipotente le formula la demanda de hacer parte de sí su lenguaje, el de la madre, no el del niño.

Relación neurótico-omnipotente

Los omnipotentes son los poseedores del lenguaje, ellos saben algo que el niño no sabe, por eso han sido capaces de ordenar su mundo. El niño, introducido en el lenguaje, tratará de alinearse a las demandas propias de este mundo, es decir, tratará de seguir las palabras que fueron la causa de su existencia misma “Sé un gran futbolista”, “Sé exitoso en el mundo de los negocios”.

En el caso de la neurosis (como estructura psíquica), el niño en sus primeros años de vida, descubrirá que sus padres, omnipotentes como parecían, en realidad tienen una falla igual que él. A pesar del lenguaje, los padres tampoco tienen el saber absoluto, hay algo que les hace falta y el niño es incapaz de llenar ese hueco.

Expliquemos esto. Imaginemos que los padres formularon la ilusión de tener un hijo que sea un gran futbolista y el niño, tratando de complacerlos, sigue sus demandas al pie de la letra. Toma clases de futbol todas las tardes y, a pesar de tener victorias en los juegos, durante los partidos sus padres están distraídos platicando, hablando por teléfono o leyendo un libro, quizá incluso están quejándose del clima y de las molestas que ocasiona.

En la neurosis, el deseo de los padres va más allá del niño. Le cuidan, le expresan cariño y atención, se sienten orgullosos de él, pero también desean otras cosas, su mundo no está volcado en el niño. ¿Qué desean? ¿Qué les hace falta? El niño no lo sabe y, posiblemente, tampoco los mismos padres. A pesar de su omnipotencia para explicar el mundo interior del niño, no logran valerse del lenguaje para entender por completo su propio mundo interior.

El deseo último de los padres se mantiene como un misterio, y el niño, en lugar de identificarse con las demandas claras de los padres (“Sé un gran futbolista”) se identifica con el deseo misterioso mismo de los padres. Los padres, ahora, ya tampoco serán capaces de explicar todo el mundo interior del niño, quedarán secciones desconocidas que ni unos, ni otros pueden explicar, “¿Qué me pasa?” “No sé” “Yo tampoco”.

Omnipotente interno

¿Cómo pueden los padres saber qué le ocurre al niño? Para uno como adulto, la respuesta resulta lógica: porque los padres tienen los conocimientos y experiencia necesarios para reconocer cuando un niño tiene sueño, malhumor, hambre, etc. Para el niño, sin embargo, la respuesta, lejos de ser lógica, conlleva un cierto sentimiento de paranoia: hay algo dentro de él desconocido, algo sobre lo que el omnipotente sabe, pero él no.

¿A qué se refiere este algo desconocido? Unos párrafos más arriba mencionamos que ni los padres ni el niño, al tener ambos una falta, son capaces de utilizar el lenguaje para nombrar todo el mundo interior del niño, sino que dentro del niño quedan secciones desconocidas. Nos topamos aquí cara a cara con lo inconsciente mismo: una incógnita interna.

Por efecto de la represión, se separan ciertos pensamientos de lo consciente y se mandan a lo inconsciente. Nuestra psique queda dividida: por un lado están nuestras ideas, nuestras opiniones, nuestros razonamientos, en suma, todo lo que llamaríamos “yo mismo”. Por otro, no obstante, se abre paso lo inconsciente, un “otro yo mismo” con un saber diferente del nuestro y que se manifiesta por medio de sueños, lapsus, equívocos, etc.

Recomendamos revisar nuestro artículo “¿Qué quiero yo? vs. ¿Qué quieren los demás de mí?” para leer más sobre el omnipotente. Por último, sólo nos resta aclarar que hemos simplificado en gran medida la compleja teoría del gran Otro para lograr nuestro objetivo: ofrecer un artículo accesible de divulgación general.

 

 

Marzo, 2013

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