Inconsciente II

Cecilia López

En la práctica psicoanalítica, incluso en algunas psicoterapias, es común emplear el término inconsciente. Para Freud, fue un punto central en su teoría, Jacques Lacan lo ubica como uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, varios de nuestros artículos hacen mención a él, y algunas personas deciden iniciar un análisis precisamente por roces conflictivos con este “otro yo”.

Siendo que es un concepto tan importante para el psicoanálisis, ¿de qué se trata?, ¿qué es eso de inconsciente? En un artículo anterior hicimos un primer acercamiento y en otros artículos hemos ofrecido un ligero esbozo de en qué consiste. En este artículo seguiremos explorando este pilar de la teoría psicoanalítica.

No es orgánico

Desde la concepción psicoanalítica, el inconsciente no es algo localizado a nivel biológico, es decir, no es, ni de un órgano dentro de nuestro cuerpo, ni tampoco es una zona o intercambio químico en nuestro cerebro.

En psicoanálisis, decir que el inconsciente se encuentra en tal o cual región del cerebro (por ejemplo, el cerebelo) mientras que el consciente está en otra, sería un error; o, mejor aún, sería algo sin relevancia. La búsqueda de relacionar funciones o emociones con zonas específicas del cerebro o del sistema nervioso, es parte del interés de la neurología, de la psiquiatría, mas no del psicoanálisis.

En nuestra práctica partimos de otra visión. Cuando Freud habla del inconsciente, no significa que haya descubierto un órgano nuevo (como el corazón, los riñones, etc.) que realice las funciones descritas, no tiene relación con la anatomía. Tampoco implica que Freud espere que algún día se localice el inconsciente en alguna parte en concreto del cuerpo, esto carece de importancia.

Al hablar de inconsciente, Freud lo que hizo fue crear un concepto, realizar una nueva construcción teórica, como una forma de explicar diversos fenómenos psíquicos que observaba en su práctica. En su texto de 1915 Das Unbewusste, traducido como Lo inconsciente, Freud establece “podemos aducir que el supuesto de inconsciente es necesario y es legítimo, y que poseemos numerosas pruebas en favor de la existencia de lo inconsciente”.

¿Qué implica esto? Vamos a explicarlo poco a poco. Enfaticemos primero una vez más la separación entre inconsciente y funciones orgánicas, ¿esto implica que el psicoanálisis se opone a la neurología o la psiquiatría? No, es solo reconocer que son dos campos diversos, y no necesariamente contradictorios. ¿Qué pasaría si la neurología descubriera el lugar anatómico del inconsciente? Nada. No afectaría la teoría psicoanalítica, porque nunca se ha basado en la realidad biológica del individuo, sino en su realidad psíquica.

El concepto “inconsciente” fue creado por Freud para explicar manifestaciones psíquicas que observó en sus pacientes y en él mismo durante sus múltiples investigaciones. Así como cuando apreciamos una escultura o un cuadro, escuchamos una sinfonía, leemos un libro, y agrupamos todas éstas como “manifestaciones artísticas” (aun cuando no exista un “órgano del arte” en nuestro cuerpo), del mismo modo creó Freud el concepto de inconsciente.

Lagunas y ajenidad

Nuestros pensamientos, nuestra consciencia, está llega de lagunas y de huecos. Pensemos, por ejemplo, cuando intentamos recordar algún anécdota de nuestra infancia: si bien nos va, tendremos fragmentos e imágenes aisladas; en la mayoría de las veces, solo tendremos un “agujero negro”. Ahora, no es necesario ir a un periodo tan lejano en nuestra vida, ¿cuántas veces no nos ha pasado que estamos a la mitad de una oración cuando, sin previo aviso, sin razón aparente, olvidamos la idea completa?

Las ideas, los recuerdos, los conocimientos, están incompletos. En nuestra mente tenemos fragmentos, pero el contenido íntegro no se encuentra ahí, se “perdió”, desaparece súbitamente. Un buen día, de la misma forma que se esfumó de un momento a otro, la idea o recuerdo reaparece de manera completa. Este juego de “ahora lo ves, ahora no lo ves, ahora lo ves de nuevo” es lo que Freud llamó lagunas.

Las lagunas en la consciencia fueron uno de los primeros indicadores que hicieron pensar a Freud en “otra” conciencia. Cuando los pensamientos desaparecen, ¿qué pasa con ellos? No se borran por completo de nuestra mente porque después pueden regresar. Freud consideró que tenía que existir alguna otra instancia, paralela a nuestros pensamientos conscientes.

Además de las lagunas, existe otro elemento que da indicios de tener una “doble” mente en nosotros. Estamos en la oficina, platicando con un compañero de trabajo sobre un tema de la junta. La plática se desarrolla de manera cordial, nos sentimos cómodos con esta persona, ha sido un buen día, cuando, de pronto, a mitad de la plática decimos “Púdrase”. La otra persona parece desconcertada y, ¡nosotros también! ¿Por qué dijimos eso?, ¿de dónde salió?

Cuando sucede algo similar a nuestro ejemplo, intentamos tomarlo como un error sin importancia, como si nos hubiéramos equivocado de palabra. Gran parte de las veces nosotros ni siquiera nos damos cuenta de qué pasó, sino que es la otra persona la que lo señala. “¿Por qué me dice que me pudra?”, “¿Yo dije eso? Perdón, no fue mi intención”. Exactamente: fue sin intención, es como un elemento que se cuela por entre el discurso planeado en nuestra mente.

Este elemento intruso, ¿qué es?, ¿de dónde viene? Sabemos que forma parte de nosotros, nosotros lo dijimos, sin embargo es algo que se vive extraño, como si alguien más lo hubiera dicho, o hecho. Los elementos que se cuelan no tienen relación con nuestra plática o actos, tampoco tienen relación con nuestro sentir en ese momento, son cosas que “no vienen al caso” y que, no obstante, es nuestro por más ajeno que se presente.

Al observar la insistencia de estos elementos intrusos y raros Freud los incluyó en su concepto de esa “otra mente paralela” parte de nosotros, de esa “segunda” mente, junto con las lagunas. ¿Por qué? Porque al no descartar esa palabra o acto ajeno, sino seguir el camino hasta descubrir con qué se relacionaba, o de dónde venía, encontró una relación con aquellos pensamientos o recuerdos que habían desaparecido. Con ese elemento intruso, lo lagunoso reaparecía.

“Otra mente” paralela

La aparición del concepto del inconsciente es un golpe muy fuerte: significa que no estamos en control ni siquiera de nuestra propia mente, tenemos una “otra mente” que no conocemos y tampoco podemos dominar. Esta “otra mente” es precisamente lo que Freud denominó inconsciente, accesible mediante sus manifestaciones (sueños, lapsus, equívocos y síntomas) y que en un análisis  se trabaja por medio de la asociación libre.

En el psicoanálisis, el término correcto es inconsciente, no subconsciente. ¿Por qué?, ¿cuál es la diferencia? Subconsciente, hace referencia a algo debajo de la consciencia: sub (debajo), consciente (pensamientos de los que estamos al tanto). El sub-consciente es algo cubierto por lo consciente, a manera de capas, y al que se puede acceder removiendo el manto superior.

Inconsciente, por otro lado, sugiere algo paralelo y no algo encubierto. Esta “segunda mente” no está debajo de la primera, sino que las dos están presentes una al lado de la otra. Por ejemplo, cuando decimos una palabra en lugar de otra, esto es, cuando tenemos un lapsus, no ocurre porque la primera capa se haya abierto, sino porque algo de la “primera mente” se entrecruzó con la “segunda mente” precisamente porque son paralelas. Lacan lo relaciona con una banda de Moebius.

¿Por qué no llamarlo segunda, tercera o cuarta consciencia?  Aquí la precisión técnica es más sencilla, la palabra misma lo dice: nosotros estamos conscientes de nuestra consciencia, la consciencia es algo de lo que estamos al tanto. El concepto de inconsciente es justo que no estamos conscientes de lo que ocurre, no estamos al tanto de nuestras lagunas, ni entendemos nuestros sueños raros. Llamar “segunda consciencia” al inconsciente sería cometer una imprecisión absurda.

¿Cómo funciona?: algunas características generales

Lo inconsciente es algo que está en constante movimiento. No se trata de un depósito fijo de traumas o vivencias infantiles, sino que se trata de una parte o “lugar” de nuestra psique que está en movilidad constante, está en circulación, y, precisamente por esto, puede afectarse o reacomodarse mediante un análisis. Si fuera algo estático, si fuera un “archivo muerto” en lugar de algo “vivo”, no sería posible cambiarlo, por ende, tampoco podríamos modificar los efectos que ocasiona en nuestra vida.

¿Qué moviliza lo inconsciente? Dos elementos: por un lado vivencias exteriores relevantes; por otro, y quizás más importante aún, fuerzas interiores. Las vivencias exteriores se vuelven relevantes usualmente por su enganche con fuerzas interiores. ¿Qué son estás fuerzas interiores? La pulsión, misma que abordamos con más cuidado en otro artículo del bimestre.

Cada elemento de nuestra psique tiene dos partes: por un lado el pensamiento o vivencia específico, y por otro lado el sentimiento asociado a ese pensamiento. Como hemos visto en otros artículos, aquello que se censura, aquello que se aparta de la consciencia va a ser el pensamiento (o representación), mientras que el afecto (o sentimiento) queda libre. ¿Qué pasa con este afecto? Usualmente se adhiere o pega a otra representación ligada con la reprimida.

Ahora bien, el propósito del inconsciente es mantener apartados ciertos elementos censurados de la consciencia. Para lograrlo, para mantener la represión, existen diversas vías, una de ellas disminuir la importancia de algún elemento reprimido mediante la introducción de la negación.

Pensemos en una a quien, por tal o cual razón, le resulta conflictivo su deseo de comer chocolates; recordemos que este deseo de comer chocolates no será algo consciente, es decir, la persona no sabe de ese deseo, es un deseo inconsciente. ¿Cómo mantiene a raya ese deseo? Una forma podría ser “No me gustan los chocolates, no tolera la idea de comer chocolates, no me siento bien al comer chocolates, no, qué asco, no”.

Podríamos preguntarnos, ¿por qué la insistencia en decir que no le gustan los chocolates?, ¿por qué repetir y enfatizar lo mismo?, ¿a quién está tratando de convencer? Freud descubrió que en el inconsciente no existe la negación (el “no”), sino que es un elemento agregado en la zona fronteriza para restarle importancia al elemento reprimido y que, por lo tanto, no pueda emerger con toda su fuerza. En resumen: agregar el “no” a algo que es claramente “¡sí!”, neutraliza su poder.

Represión e inconsciente: ¿Reservorio salvaje?

Algunos autores han interpretado el inconsciente como una especie de reservorio de los instintos, como una parte salvaje, indomada y “animal” de las personas, en contraposición con la parte civilizada y educada que representaría el “consciente”.

En artículos posteriores trataremos este tema desde la teoría psicoanalítica, profundizando más aún en el concepto de inconsciente. Por el momento, remitimos a otro artículo del mes para enfatizar que, en el caso de las personas, no hablamos de instintos sino de pulsiones (dos conceptos diferentes) y que el inconsciente está fuertemente ligado con la denominada represión primaria.

 

 

Marzo 2014

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