Mitos Grecopsicoanalíticos

Narciso

Cecilia López

Nuestra sociedad está formada por diversas piezas provenientes de la antigua Grecia y Roma: desde la política, las matemáticas, el derecho, el teatro, por supuesto la filosofía, hasta incluso diversas palabras y términos de nuestro hablar cotidiano. Entre el sentido estético y el amor al saber, es imposible negar que la cuna de occidente surgió en las remotas ciudades-estado helénicas.

No es de sorprender que diversos pensadores hayan vuelto la mirada a Grecia al momento de construir sus teorías, no solo en lo referente a sus desarrollos científicos o filosóficos, sino también a sus reflexiones sobre lo intrincado de la condición humana, relatadas artísticamente en sus mitos, leyendas y tragedias.

Sigmund Freud no fue la excepción, ni tampoco Jacques Lacan. Ambos encontraron un apoyo importante en historias helénicas y romanas para explicar los fenómenos psíquicos. Vamos a explorar uno los más conocidos –Narciso– y qué relación guarda con las construcciones psicoanalíticas sobre el inconsciente.

Narciso a través de los tiempos

¿Quién no ha escuchado algo sobre el vanidoso Narciso? La primera vez que se menciona el término narcisismo es en la obra Las metamorfosis de Ovidio. El poeta romano nos relata la historia de un hermoso joven que, tras rechazar el amor de la ninfa Eco, es condenado a enamorarse de su propio reflejo en el agua. Perdido en su imagen, descubre la imposibilidad de ser correspondido en su amor y muere.

La influencia del pensamiento grecorromano hizo que el mito de Narciso permaneciera dentro del saber común de la sociedad, mucho antes de que el psicoanálisis de Freud entrara en escena. Francis Bacon habla de personas amantes propios sin rivales, Jean-Jacques Rousseau escribe la comedia Narciso, y los poetas Byron y Baudelaire hacen alusiones al amor a uno mismo.

A finales del siglo XIX, el médico y sexólogo inglés, Havelock Ellis, utiliza el término como-narciso para describir la conducta psicológica caracterizada por masturbación excesiva, resultante de que el sujeto se tome como objeto sexual. Un año más tarde, Paul Näcke, un psiquiatra y criminólogo alemán, introduce el concepto de narcisismo para hablar de una perversión sexual. En 1911, Otto Rank es el primero en publicar un artículo psicoanalítico específicamente ligando con la vanidad y la admiración por sí mismo.

Hoy en día, la psiquiatría clasifica al narcisismo como un trastorno de la personalidad, cuyas características son la necesidad desmesurada de ser el centro de admiración, carencia de empatía y apreciación propia desconectada de la realidad, entre otros. En el léxico cotidiano, el término no está lejos del concepto psiquiátrico: usualmente se usa como una característica negativa relacionada con un egoísmo o egolatría gigantesca y delirios de grandeza, “¿De verdad crees que eres la persona más inteligente en el mundo? ¡Qué narcisista eres!”.

El Narciso del psicoanálisis

Para explicar la visión psicoanalítica, vamos a retomar las obras de Freud desde 1914, con Introducción al narcisismo. En psicoanálisis, el narcisimo no es considerado un trastorno, ni tampoco un rasgo de personalidad. El llamado narcisismo primario es una suerte de etapa en la que entran en juego una serie de identificaciones que desembocan en la formación del Yo Ideal del sujeto.

El Yo Ideal está relacionado con la segunda tópica. En la obra de Freud encontramos las tópicas como ejes rectores en la explicación del funcionamiento del aparato psíquico. La primera habla de los sistemas inconsciente, preconsciente y consciente, mientras que la segunda, elaborada a partir de 1920, habla del Ello, Yo (conformado por el Yo Ideal) y Superyó.

Autoerotismo

Un bebé recién nacido está desprovisto de un aparato psíquico. Como hemos mencionado en otros artículos, podríamos llamar al bebé un cachorro que, a raíz de la interacción con el cuidador primario y fundamentalmente con su lenguaje, se hará “hombre entre los hombres” y formará una estructura a partir de acceder al mundo del hablar.

Antes de convertirse en “hombre entre los hombres”, antes del narcisismo, el cachorro humano se encuentra sumergido en lo que en psicoanálisis llamamos autoerotismo. Como su nombre lo indica, el autoerotismo implica un comportamiento en el cual la pulsión parcial se vuelve al propio cuerpo fragmentado para satisfacerse, sin recurrir a objetos externos.

Vamos a destacar algunos puntos. El primero es que, el autoerotismo no es equivalente a un estado animal del bebé, pues ya está en juego la pulsión y no el instinto. La pulsión es resultado de la intervención de Otro Omnipotente (el cuidador primario) que inicia la desnaturalización del cachorro humano. Solo podríamos hablar de instintos en el caso hipotético de un recién nacido abandonado a su suerte  que, de alguna manera, pudiera sobrevivir sin ser domesticado por la interacción con otra persona. Fuera de una situación similar, siempre hablaremos de pulsiones.

En segundo lugar hablamos de la pulsión parcial en el cuerpo fragmentado. La vivencia de un niño o de un adulto sobre su propio cuerpo está unificada: cuando experimentamos, por ejemplo, dolor en el cuerpo, hay una noción de que ese dolor es propio porque ocurre sobre mi dedo, no sobre un dedo. Lo mismo ocurre con sensaciones placenteras: no es un genital el que experimenta un orgasmo, sino que soy yo quien vive satisfacción sexual.

La transformación del cuerpo en mi cuerpo y la unificación de sensaciones bajo el concepto de Yo es parte del desarrollo del aparato psíquico y no está presente en el cachorro humano durante el autoerotismo. La fragmentación se refiere justamente a eso: se satisface el estómago, se es agradable la manta tersa, se molesta el ojo con la luz, se duele el pie; sentires separados y experimentarse sensaciones independientes una de otra. No se ha construido todavía un nudo en torno al cual se unifiquen las pulsiones y exista una sensación de identificación y Yo en toda esa gama de alteraciones.

Espejito, espejito: yo también soy un Narciso

La fragmentación del cuerpo y el autoerotismo pasan a la fase del narcisismo por efecto de lo que Lacan llamó el Estadio del espejo. No nos confundamos con el nombre: el Estadio del espejo no requiere necesariamente de que el bebé disponga de un espejo tal cual, so pena de quedar en el autoerotismo por siempre, sino que se refiere a contemplar la imagen de otro similar afuera,  ya sea el reflejo propio, o la imagen de otro niño pequeño.

¿Qué efecto tiene el encuentro con la imagen? Es justo lo que permite la unificación en el cuerpo propio. Se observa al otro similar agrupado, como una sola unidad (no está separada la boca de la cara y por otro lado los brazos, sino que todo está junto) y esa imagen sirve como ancla para que el cachorro pueda reunir las sensaciones fragmentadas en torno a un yo: ya no es eso que se siente, sino eso que yo siento. Como en el mito, cada uno de nosotros quedó cautivado por nuestra propia imagen en un momento crucial de formación del aparato psíquico.

La sola imagen, sin embargo, no es suficiente para lograr este efecto. Una vez más se requiere de la intervención del Otro para que el “ancla unificadora” sea efectiva. Imaginemos la típica escena de una mujer con su bebé frente al espejo diciendo “Sí, ése eres tú. Mira que lindo eres”. A diferencia de Narciso, nosotros necesitamos de la imagen y el dicho del Otro para quedar cautivados en nuestra imagen y dejar atrás el cuerpo fragmentado.

Ahora bien, ¿quién es ese “tú”, al que alude el Otro al ver al niño, y que el cachorro narciso convierte en “Yo”? No se trata de cualquier persona, sino del Yo Ideal: una especie de niño-rey para la madre (o cuidador primario) que está dotado de perfección, que es deseado y amado, y que ocupa un lugar privilegiado en el universo del Omnipotente. Se le llama narcisismo no porque sea el propio bebé el que sobreestime su valía, sino porque es el Otro el que le da esta posición tan gloriosa.

Es fundamental la intervención del amor del Otro como señal de la inclusión en su mundo. La madre, al hablar con otras personas, destaca lo inteligente que es su hijo, lo bien parecido, lo sorprendente de todo lo que hace; en fin, un sinnúmero de características positivas sobre el niño, cualquiera que haya estado cerca de padres de niños pequeños entenderá bien esta situación. Mencionaremos solo brevemente que referirse al niño como algo negativo, es decir, lo contrario, también denota que el niño goza de un espacio privilegiado para el Otro.

¿Por qué son las madres de niños pequeños y no las de adolescentes las que hablan con tal orgullo de su pequeño reyecito/reinita? Mucho antes de que se llegue a la pubertad, la figura del niño-rey ha desaparecido por el llamado complejo de castración, es decir por una separación. La separación implica una ruptura con las expectativas de la madre y el surgimiento de las propias, lo cual termina con la posición de idolatría en la que fue colocado el niño.

Supongamos una madre que desea tener un hijo médico. Cuando el  niño tiene un año, es muy sencillo colocar esta expectativa, este ideal, sobre él y esperar que sea una realidad. Conforme el niño vaya creciendo, irá expresando una visión y un anhelo diverso del de la madre: crecerá no a ser un médico, sino un chamán, frustrando las expectativas maternas. Decimos que la madre es castrada del hijo, es decir, el hijo y la madre se despojan de ese anhelo del niño-rey.

La separación de ese ideal es simultáneamente liberadora y dolorosa, se quiere pero tampoco se quiere, y éste será un conflicto que se libre durante toda la vida. Al final del día, dentro de todos nosotros vive eternamente un pequeño Narciso que desea dejar quien es ahora y fundirse con la imagen de ese niño-rey ideal.

Si tienes preguntas o comentarios escríbenos a contacto@psicoanalisis-mexico.com

 

Marzo 2015

Mitos Grecopsicoanalíticos: Narciso

Lo que ignoro de mí: el inconsciente

Pulsiones ¿qué son?