¿Qué, saben los demás de mí?

Cecilia López

La búsqueda por saber quiénes somos y por develar aquellas piezas ocultas sobre nosotros mismos, no es novedad, ni tampoco es exclusivo, todos cruzamos por el mismo dilema y estamos impulsados por una investigación similar. No obstante poder enumerar una serie de características que consideramos propias, principalmente somos un enigma para nosotros mismos: “¿Pero por que hice eso?”, “¿Qué me pasa que no puedo evitar hacer lo que no quiero?”. Siempre estamos a la expectativa de conocer más sobre nosotros y, cuando encontramos un elemento que embona, es fácil caer en la ilusión de que encontramos a fin el resto de las piezas perdidas.

Pensemos por ejemplo en la astrología, ¿por qué es capaz de llamar la atención de tantas personas que no creen estar determinadas por las estrellas? Pensemos, por ejemplo, que una revista describe a las personas nacidas bajo un signo como competitivas y vulnerables. Imaginemos una persona que, al momento de leerlo, reconoce afuera los adjetivos que utiliza como referente propio. que utilizaba como referente de sí mismo. La descripción se convierte en una suerte de espejo “Sí, soy yo, esto habla de mí” y, sin tenerlo muy consciente, al encontrar un punto de enlace se otorga cierta validez al resto de la descripción zodiacal, más allá del rechazo racional que pueda experimentar. Se siente comprendido y perteneciente a la tribu de los nacidos bajo ese signo.

Otra persona podría, por ejemplo, encontrar una explicación a sus sensaciones. Digamos que es alguien que experimenta una serie de afectos inexplicables y amorfos. Al momento de leer que es porque es una persona “competitiva y vulnerable”, toda esa confusión interior sin nombre, cobra un cauce y le permite ordenar algo de su caos “Claro, todo esto que siento se llama ser competitivo y vulnerable”. Aquí no es que se reconozca en la descripción, sino que se inventa a sí mismo a raíz de lo leído -como cuando un padre da una explicación a las sensaciones de un niño pequeño “es porque tienes hambre”.

Es la búsqueda perpetua de develar el enigma personal lo que nos hace dar crédito a diferentes creencias, disciplinas o ciencias, con independencia de su estructura o fortaleza racional. Los elementos que hacen sentido en otro nivel, superan cualquier explicación consciente y, por eso, en muchas ocasiones a pesar de todo, nos encontramos atraídos o confiando en algo, o alguien, que no podemos explicar.

El Otro sabe algo de mí

A pesar de ser tremendamente diferentes, la psicología, la astrología, así como otras disciplinas o creencias, encuentran aquí un punto de coincidencia: desde perspectivas enteramente diversas, ofrecen una explicación general a los padecimientos o cuestionamientos personales. La astrología parte de creer que la posición de las estrellas al momento del nacimiento afecta la personalidad o vida de las personas. La psicología, por el contrario, parte de una serie de experimentos y observaciones científicas para ofrecer teorías generales sobre el comportamiento humano.

Pensemos en los tests psicológicos, ¿quién no ha sentido temor y curiosidad a la vez ante la posibilidad de realizar un test cualquiera que aporte claridad sobre uno mismo? Se asume que el otro -llámese psicólogo o incluso test- tiene un conocimiento mayor que nosotros y que, en ese conocimiento, se encuentra la pieza perdida sobre nuestra personalidad, el enigma último. Las personas pueden llegar a tener la misma fe en un test psicológico que en una lectura de cartas precisamente porque no se trata de la validez científica de uno u otro, sino de este gancho inconsciente por recibir el conocimiento faltante de uno mismo.

Los oradores motivacionales se valen de este método: se hablan de sensaciones que, si bien uno siente únicas y personales, son compartidas por una gran mayoría de las personas. Así, con esta primer palomita, es fácil otorgar nuestra confianza a esa persona y a su discurso.

No solo los oradores requieren de este elemento de enlace, toda psicoterapia y psicoanálisis también parten de esta. El paciente, o analizando, llega suponiendo que el analista sabe de él, sabe de su malestar, sabe de sus demonios y, sobretodo, sabe cómo domeñarlos para alcanzar el bienestar -perpetuo, si es posible. A esto se refiere el psicoanálisis cuando habla del Sujeto Supuesto Saber: el analizante supone que el analista lo sabe todo y con ello se entabla la transferencia que abre la puerta a que un psicoanálisis sea posible.

Conductas generales individualizadas

Desde el horóscopo en una revista hasta estudios de mercadotecnia y sociología, lo cierto es que, formando parte de una sociedad determinada, todos compartimos elementos generales en común que permiten generar estrategias de mercado y, también, teoría psicológicas de la personalidad, generales. En unas y otras existe uno o varios elementos en los que cabe la mayoría. Son, digamos, llevar lo individual a un esquema de lo general.

Al estar sumergidos en la cultura y al ser hablantes de una legua en específico, podríamos decir que estamos compuestos de generalidades. Cuando escuchamos un diagnóstico como “familia disfuncional” o “sentirse no perteneciente a un grupo” es relativamente sencillo que todos nos sintamos aludidos.

El psicoanálisis, a diferencia de las psicoterapias, no busca quedarse con lo general, sino todo lo contrario. Se trata de buscar esa mezcla única de generalidades que componen al individuo y, desde ese punto, dar una respuesta personal, no el analista, sino el analizante. Por eso el psicoanálisis no es directivo, porque lo privilegiado es el habla individual del paciente: será el quién debe encontrar aquello que le elude de sí mismo y, ultimadamente, aceptar que el misterio e incógnitas forman parte constante de sí mismo.

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Marzo 2016

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