Hombres y mujeres

¿Somos tan diferentes?

Cecilia López

A principios de los años 90 se publicó el famoso libro Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus para retratar las diferencias entre uno y otro sexo. Más allá del valor o prestigio que tenga dentro del mundo de la psicología, el libro gozó de un gran éxito con el público en general por retratar un tema común a todos nosotros: los populares malentendidos entre hombres y mujeres.

La distancia entre un hombre y una mujer es mucho más intrincada que la simple distinción hembra/macho que pudiera asignarse a otros seres vivos. Como hemos mencionado en otros artículos, la sexualidad humana también se trastoca por la desnaturalización propia de nosotros y eso genera una gama de conflictos que van desde los desencuentros entre las parejas, hasta otros mucho más graves como la discriminación y violencia contra las mujeres.

Vamos a hacer una primera aproximación superficial a la forma de constitución de la identidad sexual desde el psicoanálisis. Es importante recalcar que el psicoanálisis lidia con la realidad psíquica del sujeto y, aunque se moldea por el entorno sociocultural, no estudia la realidad o vigencia de la ideología y movimientos contemporáneos, papel que corresponde a la sociología.

Pulsión

La sexualidad humana y la identidad sexual están muy relacionadas con la pulsión, tema que hemos mencionado en otros artículos y que es fundamental para la teoría psicoanalítica.

Freud definió la pulsión como la representación psíquica de algo orgánico. Podríamos visualizarla como una fuerza constante, proveniente del cuerpo, que insiste e insiste, convirtiéndose en un estímulo al que no podemos ignorar, como podría ser el hambre o la necesidad de ir al baño.

La pulsión y su estimulación constante convierten a determinadas partes del cuerpo más sensibles en las llamadas zonas erógenas. Estas zonas son la fuente de la pulsión, que explicamos en nuestro artículo, por medio de la cual se entra en contacto con el objeto que permitiría la satisfacción de la pulsión.

La boca, por ejemplo, sería una zona erógena ante la insistencia de hambre, y la comida su satisfacción. Ahora bien, la boca no solo es un medio para alimentarse, también se utilizar para besar, lo cual denota cariño o amor hacia otra persona. Incluso el compartir una comida va más allá de la sola necesidad biológica de obtener nutrientes, pues también tiene una significación adicional, como el compartir un rato con seres cercanos.

Las zonas erógenas son los puntos de contacto con otras personas, empezando por el Omnipotente (Otro), y eso las dota de un significado adicional (amor, convivencia, cuidado) que va más allá de la mera cuestión orgánica y que hace imposible satisfacerla.

Atracción

La sexualidad humana se origina también por la presión constante de la pulsión. En el caso de los animales estaríamos hablando del instinto sexual, pero en el caso de los humanos, como siempre, es más intrincado y esa insistencia se transforma en el tema del amor y la elección de pareja. La pareja sería el “objeto” que satisfaría esa presión constante.

Ahora bien, para la elección de pareja, es necesario tener una construcción determinada sobra la identidad sexual propia para, de ahí, saber qué se busca y cuál sería ese objeto.  La atracción sexual hacia otra persona no responde a información biológica o genética provista de antemano (recordemos que nosotros estamos desnaturalizados), sino a una pregunta sobre la propia posición o identidad sexual que uno tiene.

Dado que ambas son construcciones precisamente porque no tenemos instintos, la elección sea heterosexual, homosexual o bisexual, siempre se podrá considerar como antinatural.

¿Determinación anatómica? Primeras teorías

En los primeros trabajos de Freud encontramos que le asigna un valor importante a la diferencia anatómica entre varones y niñas, esto es, a la diferencia genital. Aunque no pensaba que ser mujer o ser hombre fuera una información con la que se naciera, sí otorgó un valor importante a la distinción genital. Más adelante, Freud y Lacan explicarán que no se trata del órgano sexual masculino sino de un algo más, del cual ambos carecen, al que llamaron falo.

Vamos a empezar con la primera aproximación simplificada de Freud. En un inicio, no se percibe una diferencia sexual, niños y adultos todos pertenecen a un único género y, por lo tanto, no se puede hablar de feminidad o masculinidad. Podríamos hablar de pasividad o actividad más no desde el entendimiento de una identidad sexual. En esta primera etapa, todos los niños por igual toman de primer objeto de amor a la madre (o cuidador primario).

Conforme el bebé se transforma en niño, empieza a surgir la duda sobre sus orígenes, como sería la clásica pregunta “¿De dónde vienen los niños?” entendiendo con esto “¿De dónde vengo yo?”. En palabras de Freud, los niños se convierten en pequeños investigadores. Sus indagaciones lo llevan inevitablemente a la sexualidad y al descubrimiento de la diferencia anatómica entre los sexos: aparecen hombres y aparecen mujeres.

¿Cómo hacer la primera distinción? Los genitales femeninos son menos visibles que los masculinos. De tal suerte, la diferencia entre los sexos se formula en términos de tener o no tener pene. La presencia o ausencia del órgano masculino es lo que asienta la identidad como varón o como niña.

Aquí es donde se empieza a hablar de la castración. El término, en un principio, se refería a la emasculación, la pérdida del pene. No obstante, el concepto va tomando diversas acepciones en la evolución de la teoría psicoanalítica, tanto en Freud como en Lacan. Lacan empleará “castración” para referirse a separar a la madre, y sus ideales aplastantes, del hijo.

Los varones siguen tomando como objeto de amor a la madre pero empiezan a rivalizar con el padre quien lo amenaza con la castración. El concepto de padre en un principio se refiere al progenitor, pero, más adelante, será aquello que separa al hijo de la madre. El hijo, ante haber descubierto con anterioridad que existían personas sin pene, reconoce la factibilidad de la amenaza de castración (cumplida en las mujeres) y renuncia a la madre como objeto de amor.

En el caso de las niñas, la amenaza de castración ya se ha cumplido. Abandona a la madre como objeto de amor -quien fue incapaz de proveerle un pene- y toma ahora al padre como el nuevo objeto, para hacerse amar por él, en espera de recibir un pene de él, que se transforma en el anhelo de un hijo.

Seguiremos ahondando en el tema en artículos posteriores.

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Mayo 2014

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