Duelos, ¿por qué duelen?

Cecilia López

Al momento de hablar de un duelo, lo primero que nos viene a la mente es un funeral: la pérdida como consecuencia de la muerte. Se considera normal que la gente se sienta estremecida por este evento, que pase días o semanas de luto, e inclusive se habla de las cinco etapas para superar un duelo.

El duelo no sólo se vive cuando muere alguien cercano. Un duelo puede presentarse cuando perdemos un trabajo, terminamos una relación de pareja, nos alejamos de un amigo cercano, o incluso hay duelo al experimentar un cambio radical en nuestra vida.

Vemos entonces que lo característico del duelo es siempre una pérdida. No todas las perdidas, sin embargo, nos producen un estado de malestar, sino que varía de persona a persona y de momento a momento, ¿qué desencadena la relación pérdida-dolor? ¿a qué se refiere el proceso de duelo? ¿qué estamos perdiendo?

Libido o “energía de vida”

El duelo y el dolor desencadenado están relacionados con nuestra libido. En nuestro artículo “Depresión” del mes de julio, hicimos una breve explicación de la llamada energía de vida o, en términos psicoanalíticos, libido. Antes de seguir hablando del duelo, retomemos algunos conceptos claves sobre la libido.

La libido no debe ser entendida en su acepción sexual, sino en un sentido más amplio, como el afecto o una energía de vida por medio de la cual construimos nuestro mundo.

La libido es lo que nos permite, por ejemplo, sentir cariño por una persona o interesarnos en una actividad. Imaginémoslo como si fueran “semillas” que depositamos en otro lado y gracias a ello creamos un vínculo, una relación o incluso nuestro proyecto de vida.

Todo aquello que “nos afecta”, “nos interesa” o “es importante” tiene depositado cierta cantidad de semillas y por ello forma parte de nuestra vida. Cuando algo pasa de largo y no tiene mayor relevancia, es porque no se le depositó una semilla que permitiera hacerlo significativo.

Hay que recalcar que estas “semillas”, o libido, están diseñadas para estar fuera de nosotros, es decir, están ahí para que las depositemos en una persona, actividad o ideal. Si no depositamos libido fuera y se queda toda sobre nosotros, se genera un estado de entropía, un estado de malestar y apatía.

Dolor y duelo

El dolor sobreviene cuando perdemos algo, o a alguien, en donde precisamente habíamos depositado cierta cantidad de libido. Perder algo sin libido nos es indiferente, más aun ni siquiera notamos su ausencia porque nunca fue relevante su presencia.

El proceso de duelo se refiere al reacomodo de libido. Teníamos depositada libido sobre algo importante y, al momento de perderlo por cualquier circunstancia, esa libido regresa a nosotros y nos genera dolor y malestar.

Para ejemplificar lo anterior de forma sencilla, imaginemos que la libido es dinero invertido en una tienda de comida. A cambio de nuestra inversión, recibimos alimentos y rendimientos de nuestro dinero. Si la tienda cierra, dejaremos de recibir alimentos y, además, ya no tendremos dónde invertir nuestro dinero.

Las pérdidas también implican un reacomodo de nuestra posición simbólica y de todos nuestros lazos. Esto quiere decir que, al momento de perder algo o a alguien, no sólo se vive el duelo por esa persona o cosa, sino que también modifica todas nuestras relaciones.

Digamos, por ejemplo, que un hombre conoció a su esposa en su trabajo. La relación que tiene con la esposa siempre estará de alguna forma vinculada con el trabajo, se hace una “cadena” simbólica entre hombre-trabajo-esposa. Si pierde el trabajo, el hombre no sólo lidia con haber perdido su medio de sustento, sino que también se enfrenta al reacomodo o modificación de la relación con su esposa.

Vamos viendo que el duelo es un proceso muy complejo. Por un lado está el regreso de libido, que genera dolor, y por otro lado está el reacomodo de las demás relaciones vinculadas con la pérdida, lo cuál es un progreso delicado y conflictivo.

Para superar el duelo, deben construirse nuevas vías para depositar la libido que regresó ante la pérdida; siguiendo el ejemplo anterior, debemos encontrar una nueva tienda de comida dónde invertir y dónde obtener alimentos. Igualmente, tiene que darse un espacio para que la persona defina su forma de relacionarse con el mundo a partir de la pérdida.

Estos procesos son inconscientes, en la superficie nosotros sólo sentimos el dolor de la pérdida. El dolor está ahí como una señal de todo el movimiento ocurriendo debajo.

Ante una pérdida, es muy común querer consolar a las personas diciéndoles que deben superar pronto el dolor, pero es importante dar oportunidad al dolor y a todos los procesos inconscientes a que sigan su curso sin tratar de obstruirlo mediante “olvidarnos” u obligarnos a dejarlo ir.

 ¿Demasiado dolor? Un duelo problemático: la melancolía

Freud definió al duelo como el proceso “normal” ante una pérdida. Como ya vimos, esto implica ciertos movimientos y reacomodos necesarios aunque nos resulten dolorosos. Es “normal” sentir malestar ante el duelo; el tiempo y la intensidad del mismo varían de persona a persona y dependen del tipo de pérdida.

En ocasiones, el duelo no sigue un curso “normal”. Por alguna razón, no logra darse el reacomodo de la libido y de la vinculación con otras personas. Lejos de ir superando el dolor, la persona cada vez se hunde más en él al mismo tiempo que surgen sentimientos de devaluación. Freud llamó a esto melancolía.

Veamos un ejemplo: En el duelo, una persona que perdió su trabajo, vivirá el duelo por la pérdida y eventualmente buscará uno nuevo. En la melancolía, no podrá dejar ir los sentimientos de autodevaluación, humillación e ineptitud de haber perdido trabajo y podría expresar comentarios como “Yo no sirvo, ¿para qué busco otro trabajo si soy un inútil?”

La melancolía puede considerarse como un duelo que ha seguido un curso “anormal” y termina por ser muy dañino para la persona. En lugar de que el dolor sea señal de un reacomodo, la persona melancólica se pierde completamente en el dolor y en el malestar.

Podemos caer en melancolía y no en duelo cuando nos enfrentamos a la pérdida de algo con un valor total. ¿A qué nos referimos con esto? Cuando hay una persona, o situación, que nos da seguridad y bienestar, que nos hace más felices que otras y sin la cuál sentimos que no podríamos vivir, estamos hablando de que tiene un valor total.

Esa persona, o situación, es total porque no sólo hemos depositado cierta libido ahí, sino que lo hemos erigido como el sentido mismo de nuestra vida: “Yo estoy vivo para estar con esa persona”, “Mi vida tiene sentido  gracias a este trabajo”, “La razón de mi existencia es hacer esto”, “Mi vida es perfecta y maravillosa por estas circunstancias”.

Cuando nos enfrentamos a la pérdida de algo total, sentimos como si, al irse, ese alguien o algo se hubiera llevado todo nuestro ser. La vida sin eso ya no vale la pena, experimentamos sentimientos de vacío y decepción profunda de los cuales no podemos salir, y en ocasiones ni siquiera encontramos un razón para querer salir.

En la melancolía, estamos hablando de un problema más complejo donde no se puede dar el reacomodo de libido por sí solo. Se necesita buscar ayuda y un análisis para lograr indagar más profundamente y poder desatar ese núcleo doloroso generado a raíz de la pérdida.

¿Dudas, comentarios, sugerencias? Escríbenos a cecilialopez@psicoanalisis-mexico.com

 

Mayo, 2016

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