¿Qué quiero yo? Vs. ¿Qué quieren los demás de mí?

Cecilia López

En muchas situaciones de la vida nos topamos con la disyuntiva“seguir lo que yo quiero” o “seguir
lo que los demás esperan de mí”, con la sensación de que un camino necesariamente excluye al otro.

Los “demás” pueden ser nuestros padres, amigos, familiares, pareja o simplemente expectativas sociales.

¿De dónde proviene esta sensación? ¿Cómo lidiar con ella?

Desde fuera, existen ciertas metas y expectativas que debemos cumplir: ir a la escuela, formar un grupo de amigos, estudiar para tener una profesión, conseguir un trabajo y cosechar éxitos profesionales, encontrar una pareja y formar una familia, mantener una determinada apariencia física, construir un patrimonio…Si no logramos cumplir con estas demandas, entonces se genera un sentimiento de fracaso, frustración y decepción.

Pareciera como si nuestra vida estuviera predeterminada, como si no tuviéramos otra opción que recorrer un camino ajeno a nosotros y en el cuál no nos sentimos involucrados. Algunas veces, se sigue por inercia, sin siquiera notarlo. Otras, sabemos qué queremos, pero suponemos que debemos dejarlo de lado para seguir el camino obligatorio.

Imaginemos, por ejemplo, una persona que elige estudiar la misma profesión que sus padres, entrar a trabajar a una empresa reconocida como prestigiosa, casarse con alguien que sus amigos consideran agradable, tener hijos por ser el momento idóneo, y salir todos los fines de semana al cine y al teatro por ser lo normal.

Esta persona hipotética fue siguiendo los patrones dictados por otros acerca de lo que debería ser su vida, sin nunca abrir un espacio de apropiación o cuestionamiento sobre sus elecciones. Quizá buscaba ganar aceptación y reconocimiento, quizá buscaba encontrar un espacio de seguridad y pertenencia, o quizá suponía que seguir ese camino era lo correcto y lo esperado de él.

Cabe aquí hacerse la pregunta: era el camino adecuado ¿para quién? ¿quién determinaba si era lo correcto no? Ciertamente la guía eran los criterios de los demás, pero ¿por qué pesan tanto las guías de los demás sobre las propias? ¿por qué confiar más en el juicio ajeno cuando se trata de nuestra vida?

Tratemos de responder de manera muy sencilla: se asume que los demás saben algo que nosotros ignoramos, tienen los secretos para la felicidad absoluta, cosa que nosotros no, y por ello es más seguro seguir sus consejos. Hay que aclarar que no cumplimos las demandas arbitrarias de cualquier persona, sino de alguien en específico a quien admiramos o envidiamos, alguien que tiene una posición especial en nuestra vida.

 

Expresiones, palabras y explicaciones ajenas

Cuando somos niños pequeños, sentimos dolor físico, malestar emocional y otras sensaciones variadas imposibles de entender. Nosotros no sabemos qué tenemos o qué nos ocurre, ni siquiera podríamos catalogarlo como bueno o malo, es simplemente un sentimiento inexplicable e indecible que puede generar angustia.

Empezamos a llorar y entonces llega nuestra madre, o la persona que cuida de nosotros, y nos ofrece una explicación o una solución “Estás cansado, vete a dormir”, “Tienes hambre porque no has comido”, “Estás emocionado por tu cumpleaños”, “Estás triste porque extrañas a tu papá”, “Estás contento porque hiciste un amigo nuevo en la escuela”, “Estás feliz por tu nueva mascota”.

Gracias a lo que alguien más dice sobre nosotros y nuestro sentir, vamos aprendiendo a entender qué nos ocurre, por qué tenemos tal o cual sensación en determinado momento, incluso descubrimos cuál es el propósito de nuestra vida: “Yo te tuve para que hagas esto o lo otro”. En el proceso, incorporamos lo que alguien más dice sobre nosotros y lo hacemos propio. Precisamente aprendemos a hablar y a relacionarnos con nosotros mismos y con otros por la labor de alguien que funge como “interprete” entre lo interior y lo exterior.

Este “interprete” crea un sentido en medio del caos. Nos sorprende ¿cómo pudo lograrlo? ¿cómo pudo tener tal claridad? Más aún, ¿cómo pudo tener una herramienta (las palabras) para describir y entender qué me pasaba? Se crea un lazo fortísimo con el interprete e inmediatamente suponemos que conoce aquello que nosotros ignorábamos y tiene todas las respuestas, las razones y el sentido de cualquier misterio.

Por su labor como intérpretes, los padres son quienes “crean” al niño en el momento en que le dan las herramientas (palabras y explicaciones) necesarias para la vida, por ello pertenece a sus padres y debe cumplir sus demandas y órdenes. Siguiendo la frase de “el hombre es hombre entre los hombres” digamos que los padres le dieron la condición de hombre y por ello se genera una especie de pertenencia a los padres.

Explicado de manera simple, el niño suponen que sus padres, o quienes los cuidan, son personas omnipotentes que tienen justo aquello de lo que él carecen. Su labor como “interpretes” se lo ha demostrado: él no tiene las respuestas ni la razón, pero sus padres sí.

 

Otros omnipotentes

Los padres, omnipotentes para el niño, a su vez recurren a otras cosas o personas en busca de respuestas o medios para obtener la felicidad. Pueden sentir pasión por su trabajo, por familiares y amigos, admirar a ciertos artistas, tener interés en la ciencia y la tecnología, fascinación por los deportes. El niño observa que los omnipotentes dependen de otros más omnipotentes.

Cuando se llega a la adolescencia, hay una transferencia de la omnipotencia: ya no son sólo los padres, sino los amigos, los artistas, los ideales. Puede tratarse de los omnipotentes que tuvieron los padres o de otros nuevos que el niño busca para él mismo.

La condición de ir transfiriendo los poderes omnipotentes a otras personas o situaciones, continúa el resto de la vida. Se asume que determinado trabajo, determinado estatus, determinado camino nos ofrecerá la solución a todos nuestros malestares, nos explicará lo que ignoramos y nos proporcionará satisfacción absoluta que nos regresará a una especie de nirvana. Es precisamente por ello que damos preferencia a las opiniones o guías de otras personas sobre las nuestras.

 

Todo para el omnipotente

Los dones y regalos del omnipotente, no obstante, no son gratuitos. Así como para que nuestros padres nos dieran un postre debíamos comer verduras, así debemos de cumplir con las demandas y condiciones que el omnipotente exige de nosotros. En algunos casos puede ser de manera explícita, pero la mayoría de las veces es implícito, oculto y responde más bien a lo que nosotros suponemos que espera de nosotros.

Recordemos que la fantasía de la existencia de un omnipotente, o el designar a alguien o a algo como tal, proviene ahora de nosotros mismos, y por ello también sus supuestas demandas. En el momento en que se instituye al “interprete” inicial como omnipotente, se introyecta esta figura y simplemente se va transfiriendo a otras personas a lo largo de nuestra vida, pero siempre proviene de nuestro interior.

Por ejemplo, digamos que una persona se siente sola. Supone que si encuentra a la pareja ideal, podrá terminar con su malestar. Para encontrar y atraer a dicha pareja ideal-omnipotente, necesita primero estar saludable físicamente y tener un trabajo prestigioso y bien remunerado. A partir de ese momento, emplea todo su tiempo y energía en comer saludable, hacer ejercicio, ahorrar y esforzarse en obtener un ascenso.

En nuestro ejemplo ¿esta persona se esfuerza por que así lo desea? No, lo hace para cumplir las demandas de la supuesta pareja y solucionar su malestar emocional; esta persona se está guiando por un parámetro exterior, para agradar a alguien más. ¿Por qué lo hace? Porque supone que el entregar su vida y su tiempo entero a esta persona será el modo para obtener felicidad, bienestar y seguridad. Da su vida en pago para obtener el nirvana a cambio; la persona se convierte en una especie de “ofrenda” para el omnipotente y, por consecuente, deja de lado todos los anhelos propios que no estén enfocados hacia el omnipotente.

En el ejemplo, también vemos claramente que la pareja fantaseada no es una persona real, es sólo un ideal. Las demandas de ser saludable y tener una mejor posición socioeconómica provienen de lo que imagina la persona que podría ser la demanda del omnipotente, pero no de una demanda real. La figura de omnipotencia y las demandas que hace son transferencias de lo introyectado en la psique hacia una persona o un ideal, como este caso.

¿Qué sucede cuando alguno de nuestros omnipotentes falla? ¿cuándo descubrimos que no tiene todas las respuestas o soluciones? ¿Cuándo nos percatamos que en realidad no era omnipotente? Sufrimos un golpe fortísimo, nos sentimos agobiados, desesperados, perdidos; sentimos que han fallado todos nuestros ideales y se ha caído en el sin sentido y el vacío, el caos amenaza con regresar de nuevo. Peor aún, nos culpamos por ello. La falla del omnipotente en algún u otro sentido, es para muchos el motivo inicial de análisis.

Entonces…¿estamos condenados a seguir lo que los demás esperan de nosotros? Absolutamente no. ¿Es posible seguir un camino propio y que realmente queramos? Claro que sí. ¿Cómo? Por medio de hacerse cargo de uno mismo y sus anhelos al resignificar la relación y el lugar que ocupan los omnipotentes en nuestra psique. Para lograrlo, no obstante, de nada sirve la razón, ni tampoco la fuerza de voluntad ni el pensar “ahora haré lo que yo quiero”; se requiere de un psicoanálisis donde se vayan desmenuzando y reacomodando los lazos y nudos psíquicos tejidos a su alrededor.

Cabe aclarar que todos estos procesos, instituir a alguien o a algo como un omnipotente, el lazo que se forja, el momento en que falla y la resignificación y apropiación de nuestra vida, son procesos psíquicos muy complejos y muy profundos, por ello se requiere un análisis para modificarlos. En este artículo, hemos simplificado los conceptos lo más posible en razón de ofrecer una lectura accesible y una nota introductoria a esta parte de la teoría psicoanalítica.

 

Noviembre, 2013

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