Vida en sociedad

Cecilia López

Desde Mesopotamia y la antigua República Romana, hasta las naciones modernas de nuestra época, en oriente y occidente, sin importar la raza o religión, cada vez que nos referimos al ser humano, lo descubrimos viviendo en grupo. Será fuente de conflictos, será diferente en cada generación, pero lo cierto es que la sociedad ha existido desde el nacimiento mismo del hombre.

La explicación más popularizada de este fenómeno es que los seres humanos somos animales gregarios por naturaleza. Como ya sabemos, en psicoanálisis ponemos en entredicho todo aquello que se refiera a la naturaleza del hombre en cuestiones psíquicas: al fin y al cabo, somos animales desnaturalizados  sui generis. Cabe preguntarse, si no es por instinto (porque carecemos de él) ¿por qué la tendencia a formar una sociedad?

Hombre sólo entre hombres

La sociedad está lejos de ofrecernos una vida utópica, paz y bienestar; y es casi imposible pensar que algún día lo logrará, no obstante los mejores esfuerzos de idealistas. La violencia, la hostilidad, la inseguridad no son problemáticas de la sociedad moderna o de un estrato socioeconómico en particular, sino que han estado presentes siempre, en todos los niveles y en diversas formas.

La agresividad hacia otras personas, hacia aquél que es nuestro colega similar, es un fenómeno muy complejo del aparato psíquico, estudiado en parte en el Estadio del espejo. Pensemos en la clásica rivalidad fraternal: dos hermanos envueltos en una cadena de celos y riñas interminable, entremezclada con el sentimiento de solidaridad entre ellos. Llevemos esa situación a una escala mayor y encontraremos que el comportamiento agresivo del grupo no es tan diferente.

Si somos tan agresivos hacia el otro similar, si nos genera un cortocircuito tan fuerte un colega, ¿por qué vivimos en grupo?, ¿no sería más fácil estar por nuestra cuenta? Podemos ofrecer una primera respuesta pragmática: desde una visión fisiológica, nos damos cuenta que somos animales sumamente frágiles, necesitamos de otros similares para poder sobrevivir. El lento desarrollo entre el nacimiento y la maduración física, y la falta de características físicas sobresalientes (fuerza, agilidad, resistencia), hace imposible pensar en la supervivencia fuera de un grupo. Nos juntamos por conveniencia, para sobrevivir.

Ahora bien, en el psicoanálisis, esta respuesta no es suficiente y se seguirá una vertiente más curiosa. Decimos que las personas formamos sociedades, entendiendo que primero existe el individuo de manera independiente, quizás de manera innata, y después esos individuos forman grupos. Al seguir esta lógica, estamos olvidando un punto importante: el aparato psíquico no es algo con lo que se “venga” de antemano, no se nace siendo sujetos (desde el punto de vista psicoanalítico), sino que es es el contacto con otros lo que nos hace devenir sujetos. Solo somos hombres entre los hombres.

Estamos ante el fenómeno que hemos explicado en otros artículos: por medio del lenguaje, el Otro (el cuidador primario), va domesticando al cachorro humano, desde enseñarle hábitos de higiene y comportamiento (“No grites”, “No comas dulces”, “Vete a bañar”), hasta introducirlo a las palabras como medio de expresión, representación y transformación del caos interior, de sí mismo y de lo que se espera de él (“Algún día serás un gran arquitecto, como tu abuelo”). Se cambia el balbuceo del bebé por palabras, se le da un nombre para representarse en este mundo, y ¡voilà! tenemos que el cachorro humano es ahora miembro de la sociedad.

Solo se puede pensar en el individuo a partir de su vida en grupo, entendiendo esto no como las actividades sociales, sino como el papel constitutivo que juega al momento de hacerlo sujeto. Si el sujeto nace por los otros, y la sociedad se compone por sujetos creados por un el lenguaje de una sociedad, estamos ante un espiral ¿qué fue primero: el sujeto o la sociedad?, ¿el huevo o la gallina?, ¿cómo se creó la primera sociedad? No nos corresponder indagar en este tema por el momento, pero propondremos que fue un nacimiento simultáneo.

Psicología social y psicoanálisis

Vemos que en la perspectiva psicoanalítica no tenemos una distinción clara entre lo social y lo individual, Freud así lo afirma en su texto Psicología de las masas y análisis del yo. Lo propio del individuo es lo ajeno, lo interno es lo externo.

¿Diríamos entonces que el psicoanálisis es una psicología social? No exactamente, pero están más cerca de lo que se podría pensar. La diferencia estriba en que mientras que la psicología social se interesa en los fenómenos colectivos por su valor estadístico, su capacidad de crear predicciones, el psicoanálisis se enfoca en el sujeto: se interesa en el valor, no general de los hechos sociales, sino por la narrativa particular que esta sociedad (sea un país, una ciudad, o una familia) engendra en el sujeto, en cómo se individualizan las sociedades en él.

Hipnosis, enamoramiento y ¿formación de grupos?

En Psicología de las masas y análisis del yo Freud forma una relación entre hipnosis, enamoramiento y la cohesión de un grupo. ¿Qué podrían tener en común? En todos los casos nos encontramos con la idealización de un elemento externo: el hipnotizador, el ser amado y el elemento que nos hace formar parte de una comunidad.

La idealización está relacionada con el Yo ideal y el Ideal del Yo. Sin adentrarnos en su formación y función, diremos que el Yo ideal es la identificación con uno mismo, pero no con cualquier “uno”; sino con aquél que fuimos nosotros para nuestros padres, con aquél sujeto que era plena y perfectamente amado por los padres. La sensación de un “nirvana perdido” es relativamente común: se imagina que antes éramos más felices, más plenos, más amados. El Yo ideal va en la línea de identificarse con aquel que éramos en ese nirvana olvidado, con la esperanza de recuperar lo perdido.

El Ideal del Yo también ocurre en la época constitutiva del sujeto e implica la identificación con el objeto amado. En términos muy simples, podríamos decir que es la identificación que tiene el niño con el padre que ama, “cuando sea grande, quiero ser como tú”. El Ideal del Yo implica conceder a los padres ese lugar privilegiado como Omnipotente, lo que hace que tenga un papel constitutivo en la “domesticación” del cachorro humano para devenir sujeto.

La idealización en la hipnosis, en el enamoramiento y en los grupos o masas, ocurre cuando un objeto (o persona, ideología, símbolo) toma el lugar de Ideal del Yo, entremezclado con el Yo ideal (no podremos pensarlos como nítidamente separados, uno está soportado en otro). Al momento en que ese objeto (o persona) remplaza el ideal del yo en cada individuo, el objeto deviene “perfecto”, se sustrae de cualquier crítica o cuestionamiento y se convierte en el todo, en un ideal, precisamente.

Los grupos, las masas, la sociedad son una congregación de personas unidas por un objeto exterior, un objeto que para todos ha tomado el lugar del Ideal del Yo. Ése objeto-ideal es aquel punto respecto al cual podemos definirnos como miembros de algo. Pensemos en ejemplos muy generales: ser mujer implica el gusto por las compras, ser hombre significa que gusten autos, un mexicano come tacos y canta con los mariachis. La ropa, los coches y la comida, son elementos externos que sirven de enlace entre diversos miembros.

Tomemos de ejemplo los deportes. Un primer punto de aproximación será el gusto por los deportes en general, acotado por el tipo de deporte y, después, por un equipo. Los aficionados de un equipo de futbol, por ejemplo, pueden ser hombres y mujeres con los gustos más diversos, pero que, en un partido, están todos enlazados, forman un grupo, están identificados. ¿Podría uno cuestionarles el buen o mal desempeño de su equipo? En absoluto: una característica de que haya tomado el lugar de ideal, es que se convierte en incuestionable, se forja una lealtad en la que la razón o las características reales del objeto nada tienen que ver.

Sucede algo muy similar en la política o en la religión: se forma lo que podríamos llamar un fanatismo hacia un líder en concreto, o una ideología. Aquello que se ha colocado como ideal, será el ideal de la masa (sea de miles de personas, o sea una agrupación de dos) y lo que generará un centro de unidad para la sociedad, y de identidad para el individuo como miembro de ese grupo. Yo soy tal, por ser miembro de tal grupo: provee identidad.

Además de que es indispensable la existencia de un objeto en el lugar del ideal, también deben de existir aquellos que no formen parte del grupo. Los grupos se conforman por medio de la exclusión; el que no es miembro desempeña un papel más importante que los que sí lo son: gracias a él se podrán hablar de un grupo. A pesar de pensamientos utópicos y actos bien intencionados, es imposible pensar en una sociedad global en la que participen todos, sin ningún tipo de discriminación: no sociedad sin segregación.

 

 

 

Noviembre 2014

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