Fiestas decembrinas, ¿ideales tortuosos?

Cecilia López

Se acerca diciembre, el bombardeo que empezó en las tiendas desde septiembre, alcanza su máximo apogeo. No queda duda alguna: empiezan las fiestas decembrinas y concluye un año más en nuestra vida. Por todos lados, canciones, películas, comerciales, revistas y tarjetas nos recuerdan la importancia de compartir con los seres queridos y disfrutar al máximo la época, de sentirnos agradecidos y prepararnos para lo nuevo.

La llegada de diciembre, las fiestas de fin de año y el cierre de un ciclo con frecuencia es motivo de tensión y frustración.

Para algunos, diciembre en verdad implica un mes de júbilo; para otros, sin embargo, parecería ser motivo de tortura. La presión desconocida de disfrutar el mes, la tensión de la época, los gastos adicionales, las multitudes en las calles, las numerosas reuniones con compañeros, amigos y familia, así como el cerrar un ciclo, aumentan el malestar lejos de apaciguarlo.

Para muchos, es el cometido -casi obligación-  de pasarla bien, no obstante, la presión hace que ocurra lo contrario y nos sumerjamos en un estado de apatía y desesperanza.

¿Por qué es tan complicado disfrutar de una época que se pinta como la mejor del año?

Fiestas decembrinas

Aunque el motivo de celebración tiene una raíz religiosa, en nuestra época las fiestas de diciembre han crecido a tal grado que ahora incluyen por igual a personas devotas de un credo como a las que no, añadiendo significados adicionales a la celebración.

¿Por qué es tan difícil disfrutar lo que se presenta como una buena época para compartir con las personas amadas? Irónicamente la respuesta se encuentra en la pregunta: precisamente por la necesidad de convivencia y el imperativo de que las fiestas de diciembre sean felices y agradables. Se erige un ideal respecto a lo que debería ser la época y eso genera malestar.

Los ideales no sólo son materia de las fiestas decembrinas, se encuentran presentes en varios aspectos de nuestra vida. ¿A qué no referimos con ideal? Es el cómo “debe ser” una persona o un evento: diciembre debe ser época de felicidad, la familia debe de brindar apoyo y comprensión, los amigos deben de aportar buenos momentos, las parejas deben darnos amor y unión, nuestro aspecto físico debe ser atractivo y saludable, el trabajo debe ser remunerador y significativo, la escuela debe dar claridad y aprendizajes…nuestra vida entera debe ser de tal o cuál manera.

Un ideal evoca un estado de perfección, de plenitud y bienestar absoluto donde nada falta, nada sobra y todo se encuentre en armonía. Aunque sabemos claramente que esto se refiere a una utopía, de todas formas se nos va la vida entera en alcanzar el ideal y la perfección, instituidos como metas de lo “deseable”.

El ideal, además, no acepta medias tintas: o se tiene o se ha fracasado. Digamos, por ejemplo, que una persona tiene un trabajo interesante, amigos queridos y buen estado de salud, sin embargo no tiene una pareja. Su vida no está cumpliendo con el “cómo debe ser” y, por lo tanto, se siente frustrado e insatisfecho, en espera eterna de la llegada de esa pareja que le proporcionará lo que le falta.

Ideales: “deber ser” destructivo

¿Por qué seguir el “debe ser”? Aunque los ideales frecuentemente se viven como demandas externas, en realidad se trata de un proceso interno y forman parte de nuestra psique, nadie está exento de ellos. Si bien varían de persona a persona, tienen en común la creencia que, de seguirlos y cumplirlos al pie de la letra, se tendrá una vida plena, una vida feliz y significativa. De manera simple, digamos que aluden a una especie de “nirvana”, marcan el sendero “correcto” a seguir y también engloban lo que suponemos otros esperan de nosotros.

Los ideales se postulan como lo deseado, sin embargo es importante recalcar que tienen un trasfondo oscuro, mismo que les hace imposibles de ser cumplidos y llevan al malestar. Digamos que tienen una estrecha relación con nuestro superyó y nuestros “omnipotentes”. Como explicamos en nuestros artículos de noviembre, los mandatos superyóicos y los del omnipotente nos despojan de los “personal” y nos llevan a ser un “objeto” del ideal.

Pensémoslo de otra forma: ¿por qué no podemos cumplir con el ideal? Porque hay fallas, equívocos, incluso deseos y anhelos, en nosotros mismos que son contrarios al ideal y nos impiden alcanzarlo. Les llamamos defectos, los catalogamos como enfermedades y trastornos, y buscamos despojarnos de ellos, dando prioridad absoluta al ideal. Los equívocos no son deseables y deben ser eliminados en aras de alcanzar el ideal y, por consiguiente, obtener la felicidad.

Regresemos a nuestro ejemplo anterior e imaginemos que la persona, en el fondo, no desea formar una pareja a pesar de tener instituido el ideal del matrimonio. Su ideal y su deseo entran en conflicto, generando diversos choques: por encima está el reclamo constante de encontrar una pareja, mientras que por lo profundo está ausente este anhelo. Si, finalmente, contrae matrimonio, el ideal habrá prevalecido sobre su deseo profundo, eliminando el obstáculo que le impedía realizarlo; en este caso, la traba es la persona misma.

Sin entrar a fondo en la teoría, digamos que los ideales se imponen sobre lo individual y buscan homogenizar so pretexto de llevar a la felicidad verdadera. De igual forma, se valoran como una forma de superación y perfeccionamiento personal cuando, precisamente, tienen poca relación con la persona en el fondo.

Recalquemos que estos procesos rara vez son concientes, se desarrollan por debajo, en lo inconciente, y por ello mismo no es sencillo desarticularlos. Usualmente asumimos que los ideales son nuestro verdadero deseo e ignoramos que, capas más abajo, existen otros elementos ocultos y en conflicto. No debemos olvidar que nuestra psique es verdaderamente compleja, está repleta de fuerzas opuestas y es, en su mayoría, una incógnita.

Durante las fiestas decembrinas, la cantidad de ideales rodeándonos parece acrecentarse y agudizarse. No se puede estar cansado o de mal humor, es menester celebrar y regocijarse. Bajo este imperativo mordaz, acaba por generarse el efecto contrario: desprecio, apatía y malhumor.

Fin de año: ¿qué has hecho? ¿qué logros tuviste? ¿qué avances?

En diciembre, otro factor de tensión y depresión es el fin de año. Las personas tendemos a crear ciclos artificiales y formas de medirlos: cumpleaños, graduaciones, aniversarios, estaciones, temporadas y, por supuesto, años. A cada ciclo se le asigna un valor, un propósito y –así mismo- ideales. Cada ciclo se perfila como el marco temporal en el que se deben cumplir un manojo determinado de ideales.

En este caso, mientras que enero es para hacer los tradicionales propósitos y, con ellos, trazar el sendero y metas del nuevo año, diciembre es el momento de hacer una evaluación. Se acerca un final y empiezan las reflexiones: en once meses ¿nos hemos convertido en mejores personas? ¿Nos hemos superado? ¿Hemos avanzado? Sobretodo, ¿estamos más cerca de nuestro ideal? La respuesta siempre será no ¿por qué? Sencillamente porque los ideales representan un imposible, además son movibles de forma que nunca pueden alcanzarse.

Pongamos como ejemplo que una persona hizo el propósito de perder peso y aprender a tocar un instrumento. Llegado diciembre ha cumplido sus metas, sin embargo se siente frustrada. En realidad, ¿de qué le sirve perder peso y tocar un instrumento si lo que realmente quería era ampliar su círculo de amigos? Su año fue infructífero porque no ha creado nuevos lazos sociales, no es una mejor persona y no ha avanzado: fue un año desperdiciado.

Además de los ideales y sus torturas, el fin de año implica, como su nombre lo dice, un final, un cierre, un “nunca más”; en otras palabras: es un límite. Desde la teoría psicoanalítica, los límites y los finales cumplen una función vital y tienen un lugar fundamental en nuestra psique. En la vida cotidiana, sin embargo, se viven como una ruptura, difícil cuando menos y, en ocasiones, incluso dolorosa.

¿Por qué la depresión en torno a los finales? Por decirlo metafóricamente, digamos que un final es una especie de “mini-muerte” y ello conlleva una reestructura de nuestros enlaces psíquicos. De manera sencilla, podemos decir que en nuestra mente tenemos construida una “red” inconciente compuesta de expectativas, deseos y otros elementos que nos permiten definir nuestra forma de relacionarnos con otras personas y con nosotros mismos. Gracias a esta red podemos saber cuál es nuestra posición, tanto interior como exterior, en el mundo.

Cuando se llega a un final -en este caso el cierre de año- nuestra red psíquica se rompe y ello provoca angustia. Es necesario crear nuevos lazos, nuevas formas de posicionamiento. Una manera de hacerlo es mediante los propósitos de año nuevo “Se fue aquello pero tendré esto”; en lo conciente creamos metas, en lo inconciente se hace un reacomodo de nuestra psique. El proceso de desatar y reacomodar es un proceso sumamente complejo, es en parte responsable de la desazón relacionado con las fiestas decembrinas.

 

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Noviembre - Diciembre 2015

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