Inconsciente

Cecilia López

El término inconsciente forma parte de la cultura popular: en las revista, la televisión, en los libros, con frecuencia escuchamos menciones al inconsciente o subconsciente. ¿De qué trata realmente este término?

La palabra inconsciente, o en su defecto subconsciente, no es algo nuevo para nosotros. Forma parte de nuestro léxico cotidiano desde hace más casi un siglo.

Aunque es una palabra común, no se ha propagado lo que Freud quiso designar con el término inconsciente y por eso muchas personas ignoran de qué trata. La parte teórica ha quedado relegada a libros de psicoanálisis sin tener una difusión general.

En su teoría, Freud empleó la palabra inconsciente para designar un lugar desconocido, más allá de la consciencia, desde donde se determinan muchas de nuestras elecciones y pensamientos.

En este artículo vamos a hacer una breve explicación sobre el inconsciente y cómo se relaciona con nuestra vida, su importancia, su función, la razón para explorarlo en un análisis y su implicación en nuestro día-a-día.

La hipnosis: descubrimiento de lo inconsciente

Al principio de su carrera, Freud trató pacientes con problemas de parálisis. La peculiaridad de estas personas era que su parálisis no tenía una causa orgánica, es decir, su cuerpo estaba perfectamente sano y, aún así no podían caminar o moverse.

Siguiendo los estudios realizados por otros médicos, Freud se inició en el proceso de la hipnosis. La hipnosis no es un proceso de cuasi-brujería, como nos lo pintan algunas películas, sino que es más parecido a un estado profundo de relajación o al estar casi dormidos.

Cuando Freud hipnotizaba a sus pacientes, su parálisis y dolencias físicas “mágicamente” desaparecían, más aún, recordaban muchos eventos de su vida que, en un estado normal, no estaban presentes.

Aquí encontramos el primer indicio de la existencia de otro registro, otra parte de la mente separada de nuestros pensamientos cotidianos y que no obstante, influye en ellos y en nuestro cuerpo mismo.

Después de algunos años, Freud abandona el método de la hipnosis y busca otras formas de accesar a esta parte de la mente, ¿por qué no sigue con la hipnosis? Simple: no funcionaba para curar a sus pacientes, al menos no a largo plazo, era sólo una solución instantánea.

En el trance hipnótico los pacientes se curaban y lograban recordar aquello que les causaba malestar. Pero al terminar el trance, volvían las mismas dolencias y quejas, regresaba el malestar y no lograban recordar aquello mencionado durante el trance.

Al seguir con sus estudios, Freud descubre que los sueños, los equívocos o lapsus, los olvidos y los chistes, entre otros, sirven como una vía para tener acceso a lo inconsciente.

Consciente e inconsciente

Hemos visto, someramente, qué le permitió a Freud darse cuenta de la existencia de otro registro. Ahora veamos con más cuidado de qué trata este descubrimiento.

Nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestros sentimientos, forman parte de lo que Freud llamó “consciencia” precisamente porque tenemos consciencia de ellos, los conocemos plenamente.

Sin ahondar en otros aspectos de la teoría psicoanalítica, podemos decir que la consciencia es la parte “visible” de nuestra psique, es lo que facilita el vínculo con el mundo exterior, es el primer punto de encuentro y de entrada. Gracias a ella podemos relacionarnos con otras personas y otros elementos fuera de nosotros.

Para hacer un símil con una construcción, la consciencia sería la parte del edificio sobre la superficie. Podemos ver la decoración de la fachada, podemos entrar a los diferentes pisos y oficinas, incluso podemos hacer cambios si deseamos: pintar de otro color, instalar una alfombra, agregar muebles, etc.

Sucede lo mismo con nuestra psique: en la consciencia somos amos y señores de nuestros pensamientos, sabemos exactamente qué nos sucede y podemos modificarlo con solo nuestra voluntad y nuestra razón. Los mensajes de “piensa positivamente”, “enfócate en lo bueno” y otros similares, funcionan y tienen efectos precisamente aquí, en la consciencia.

Todo sería muy sencillo si nuestra psique entera fuera nuestro consciente. Afortunada o desafortunadamente, no es así. Más aún, la parte consciente ni siquiera es lo predominante de nuestra psique. Así como la Tierra no es el centro del universo, tampoco la consciencia es el centro de nuestra psique.

Esta idea respecto a la consciencia ha sido motivo de miedo y rechazo para muchas personas. Finalmente ¿a quién le agrada pensar que no todo se controla con la razón y la consciencia? A nadie, pero volvemos al punto: así está estructurada la psique.

En otro lugar de nosotros mismos se encuentra lo llamado inconsciente: la parte rectora y más vasta. Desconocido y misterioso como es, lo inconsciente es lo que rige primordialmente nuestra psique, dominando a la consciencia. Es una especie de recipiente donde se hallan ancladas todas las raíces de nuestros pensamientos y afectos conscientes.

En nuestro símil con un edificio, lo inconsciente se refiere a los cimientos bajo tierra de la construcción. El edificio puede erigirse y mantenerse en pie precisamente porque debajo de la superficie, más allá de la vista, existe una estructura que da sostén a la parte visible.

Lo inconsciente es, en cierto sentido, nuestro cimiento. Es una parte de la psique que, por diversas razones, no está integrado a la consciencia, ni se somete a las mismas “reglas”, pero que ordena nuestra vida y tiene efectos fundamentales sobre ella.

Los efectos de lo inconsciente

En ocasiones nos topamos con pensamientos o sentimientos que no logramos entender y que, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, no es imposible eliminar o cambiar.

Podemos, por ejemplo, sentir malestar a pesar de llenarnos de pensamientos optimistas y de enfocarnos en ser felices. ¿Por qué no tenemos éxito? Muy sencillo: nos encontramos con el dominio de lo inconsciente sobre nuestro consciente.

La lógica, la voluntad, la razón, los buenos pensamientos, incluso el paso del tiempo, todos son parte de nuestra consciencia, no de nuestro inconsciente. Nos ayudan a manejar de diversas formas nuestros sentimientos y pensamientos, pero no sirven para modificar de raíz lo que ocurre en lo profundo de nosotros.

¿Esto significa que nuestra única opción es resignarnos a sentimientos sin causa conocida? No. ¿Esto significa que podemos culpar a nuestro inconsciente de todos nuestros males y no responsabilizarnos por nuestras acciones? Tampoco. Lo inconsciente no es una entidad ajena, es una parte de nosotros que opera de forma distinta.

Primero que nada, hay que aclarar que no es posible eliminar lo inconsciente, siempre estará ahí. Lo que sí podemos hacer, sin embargo, es modificar, resignificar algunos de sus elementos y, de esta forma, darle un nuevo curso a nuestra vida.

¿Cómo se logra modificar lo inconsciente? Por los puntos de unión entre lo consciente y lo inconsciente: sueños, lapsus, equívocos, olvidos, chistes…en suma, todos aquellos elementos que cobran especial importancia dentro de un psicoanálisis.

La cura por el habla: acceso a lo inconsciente

El psicoanálisis opera mediante la “cura por el habla”, es decir, al momento de hablar, podemos modificar lo inconsciente. Los cambios se producen no por el simple hecho de hablar, sino por el hecho de hacer hincapié en ciertos elementos del habla.

Cuando hablamos, aunque lo hacemos desde nuestra consciencia, hay “puntos de fuga” – por así decirlo – de nuestro inconsciente: ciertas palabras, relatos, anécdotas o equivocaciones que guardan una relación directa con alguno de los elementos de nuestro inconsciente. Fungen como un conducto a las profundidades de nuestra psique.

En una plática cualquiera, estos “puntos de fuga” pasan desapercibidos, son un elemento más de la charla. En un análisis, sin embargo, son el punto nodal; los psicoanalistas los señalan y se encargan de que su paciente profundice en ellos.

En términos sencillos, el habla y la asociación libre nos permiten tener acceso al lado desconocido de nuestra psique, nos permite reacomodar ciertos elementos y lograr un verdadero cambio.

 

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Noviembre - Diciembre, 2015

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