Ser padres ¿amistad incondicional o guía para la vida?

Lourdes Sanz

Convertirse en padres es una tarea difícil para la que pocas personas se sienten preparadas. Pensamos en nuestra propia experiencia como hijos, en nuestros padres, y pensamos tener la solución: sólo necesitamos replicar lo que los propios padres hicieron bien y evitar lo que hicieron mal.

Al llegar a casa con el pequeño en brazos, sin embargo, comienzan los retos. Al principio se limitan al cuidado físico del bebé, pero nos podemos basar en las instrucciones del pediatra y quizá en los consejos de los muchos familiares y amigos que nos visitan con motivo de la llegada del nuevo miembro de la familia.

Al paso del tiempo caemos en la cuenta de que no siempre la visión propia de lo que es ser padre coincide con la de nuestra pareja. Más aún, la experiencia de ser hijos, es diferente entre ambos. Llegado este momento, buscamos consensos, negociamos como pareja y en muchas ocasiones llegamos a acuerdos que nos parecen lo más conveniente para nuestros hijos. Hasta aquí todo va bien.

Las verdaderas dificultades empiezan cuando nuestro hijo o hija comienza a expresar sentimientos, reacciones o conductas que no corresponden a nuestras expectativas. Nos cuesta trabajo comprender por qué nos desobedecen, se niegan a comer ciertos alimentos deliciosos que además hemos preparado con amor, rechazan un hermoso juguete, se pelean con otros niños o se muestran groseros, hirientes indiferentes.

Ante estos retos, tratamos de mostrar nuestra autoridad como padres, y muchas veces descubrimos, con frustración, que no tenemos éxito.

“Por favor, alguien ayúdeme a encarrilarle…”

Con frecuencia llegan al consultorio padres de niños y adolescentes que presentan “problemas de conducta”, en ocasiones referidos por la escuela o recomendados por algún amigo o familiar. En otras, son sólo padres preocupados que no comprenden por qué no logran que sus hijos sean como ellos desean que sean, por qué no los ven felices, o incluso porque sienten que no han sabido ser buenos padres para sus hijos y que están fracasando en su labor.

Lo primero que hay que tener claro es que los padres siempre buscan el bienestar de sus hijos. No hay padres que intencionalmente hayan decidido maleducar o dañar a sus hijos; sin embargo, nadie es perfecto y, por tanto, habrá que afirmar también que tampoco existen padres que no hayan cometido errores en la formación de sus hijos. 

Esto no trae consigo ninguna catástrofe, simplemente se trata de un reto que esa hija o hijo habrá de asumir en su vida adulta, al hacerse responsable de sí mismo.

¿En qué consiste la labor de los padres?

El trabajo de los padres no es hacer felices a sus hijos sino darles las herramientas para que sus hijos puedan ser ellos mismos. ¿Cómo? Por medio del establecimiento claro y firme de límites. Límites que permitan a los hijos un marco de decisión y de acción dentro del cual pueden desarrollarse libres de peligro.

Cualquiera que sea la edad de los hijos, es importante que los padres construyan y definan los espacios en los que sus hijos puedan asumir sus propias decisiones. Por ejemplo, cuando se trata de un bebé que comienza a gatear, habrá que preparar un lugar limpio y libre de objetos peligrosos, en donde el bebé pueda desplazarse con seguridad para aprender a controlar sus extremidades, moverse y desarrollarse.

Igualmente, es importante fijar límites en los horarios y contenidos de la alimentación, el cuidado e higiene personal, el espacio y horarios para dormir, jugar, estudiar, visitar a amigos y familiares, etc. Al establecer límites, los hijos tienen la seguridad de que los padres tienen “todo bajo control”.

El orden permite a los hijos crecer con confianza, sabiendo que no son ellos quienes han de descubrir qué les hace bien y qué puede dañarles. Al saber que los padres están a cargo de establecer límites, los hijos pueden sentirse protegidos y resguardados por los padres.

Elecciones, libertad y responsabilidad de los hijos

El establecimiento de límites supone la definición de dónde empieza el espacio de elección, de libertad y hasta dónde termina.  No se trata de crear prisiones o que los límites sean como grilletes o armaduras que ahogan a los hijos, sino de limitar en el sentido de establecer un marco de referencia lógico, congruente, consecuente, en donde a una acción sigue un efecto.

Digamos que se trata de establecer límites como el que establece por ejemplo la gravedad de la Tierra para todos nosotros: por más que brinque no corro peligro de salir disparada del planeta y perderme en el espacio. Límites como por ejemplo el saber que si toco un sartén caliente, voy a quemarme o que si aviento al piso un vaso de vidrio lo más seguro es que éste se rompa.

Es muy importante enfatizar que dentro de los límites se ubica un espacio de libertad y decisión. En el marco establecido por los límites se marcan también los lineamientos que posibilitan el elegir, por ejemplo entre dos prendas de ropa para vestir, entre una verdura y otra para comer, entre un juguete y otro para llevar cuando se visita a los abuelos. 

El espacio de libertad construido entre un límite y otro siempre lleva consigo la responsabilidad. Los padres deben asegurar que sus hijos aprendan que deben asumir las consecuencias de las elecciones que hagan y hacerse responsables de ellas. 

Por ejemplo, si al salir la pequeña eligió llevar una muñeca y no una pelota, deberá asumir las consecuencias de su elección, jugar con su muñeca y no quejarse porque desea jugar con una pelota y presionar a sus padres para que regresen a casa o algo semejante.

Los hijos deben aprender que todo aquello que hagan o dejen de hacer tendrá una consecuencia para facilitar el que se hagan responsables de sus elecciones, de sus acciones y de las consecuencias.

Por ejemplo si un pequeño enojado arroja fuertemente su carrito de juguete contra una pared y éste se rompe, entonces, tendrá que asumir las consecuencias de quedase sin su juguete y ya no poder jugar.  En este mismo ejemplo, si el pequeño elige dejar a un lado su carrito y hablar de aquello que le hace sentir enojo, una vez que se haya tranquilizado, podrá disfrutar de su juguete sin problema.

Estos aprendizajes son de vital importancia y es preciso que como padres no les neguemos a nuestros hijos la oportunidad de asumir las consecuencias, buenas o malas, de lo que hacen.

¿Qué cambia cuando los hijos llegan a la adolescencia?

La adolescencia trae consigo una serie de cambios tanto en el adolescente como en su forma de relacionarse con las personas a su alrededor, especialmente sus padres, y en su forma de vivir las diversas situaciones.

Al inicio de la adolescencia, en la pubertad, se inician una serie de modificaciones anatómicas y fisiológicas. Los afectos cambian también: se deja de pertenecer al mundo infantil, pero aún no se es parte del mundo juvenil, menos aún del mundo adulto. Lo que se admiraba y se seguía de los adultos, en especial de los padres, ahora se mira como amenaza hacia la propia identidad.

Los padres observan cómo su pequeño adorable se transforma en un joven desproporcionado físicamente, hambriento sin precedente, desordenado, oloroso y malhumorado. Asimismo, preocupados por las malas influencias a las que su hijo pueda estar sujeto, insisten en conocer todos los movimientos de sus hijos, todas sus amistades, la observación estricta de reglas y el establecimiento de otras normas rígidas que habrán de seguirse sin chistar.

La combinación resulta desastrosa.

El adolescente requiere de un espacio de intimidad para encontrarse consigo mismo, para construir su identidad desde sí mismo. Necesita de la confianza y apoyo de sus padres y, aunque le cueste admitirlo las más de las veces, también necesita de los límites de sus padres.

Por su parte, los padres quisieran tener la tranquilidad de que sus hijos estarán bien y el imponer rigidez y desconfianza las más de las veces conduce a reacciones de rebeldía por parte de sus hijos adolescentes que incrementan su intranquilidad.

Como padres de adolescentes, es necesario ofrecer a sus hijos las herramientas para que ellos puedan ser críticos, es decir que ellos puedan discernir y juzgar entre lo que les conviene y lo que no les conviene. Enseñarles cómo anticipar las consecuencias de sus acciones y elecciones.

Los padres han sembrado en sus hijos, durante su infancia, valores, hábitos, responsabilidad y compromiso que les servirá como base para enfrentar todas las etapas de su vida.

Más que imponer nuevas reglas, los padres de los adolescentes requieren dar a sus hijos elementos que les permitan ver, juzgar y actuar con base en lo adecuado para ellos. Dar a sus hijos la oportunidad de ser ellos mismos y no una copia de sus padres o convertirse en aquello que sus padres querían ser pero no lograron.

 

¿Dudas, comentarios o preguntas? Escríbe a lourdessanz@psicoanalsis-mexico.com

 

Noviembre - Diciembre, 2015

Fiestas decembrinas ¿ideales tortuosos?

Inconciente ¿qué es?

Ser padres ¿amistad incondicional o guía para la vida?

Depresión ¿enfermedad de moda?