Compras y consumo: ¿qué buscamos obtener?

Lourdes Sanz

Las celebraciones decembrinas se caracterizan por un ánimo generalizado de encuentro con amigos y familiares, de convivencia y de obsequio. En esta época del año, el espíritu de compartir se exalta y las personas buscan expresar su alegría de las más diversas formas, siendo las más comunes aquellas que incluyen festejos abundantes en comida y bebida así como obsequios.

La mercadotecnia tiene, desde luego, un rol importante. En este mundo del consumo, nos vemos invadidos de objetos que prometen un goce universal para todos, sin excepción. Los mensajes publicitarios nos facilitan vincular la felicidad con estos objetos: alimentos, bebidas, viajes, productos tecnológicos, juguetes, vestimenta, etc. etc.

Los anuncios, no obstante, no tendrían ningún efecto, ni sentido alguno, si no se vincularan con los deseos de quien los escucha y los acepta.

La publicidad no impacta de igual manera a todas las personas, de hecho, múltiples encuestas revelan que la gran mayoría de ésta, pasa desapercibida para los individuos, pues la gente solamente presta atención a aquellos anuncios que se ligan a lo que la propia persona desea, a lo que cree que le permitirá satisfacer cierto anhelo o bien a lo que su grupo de relación (amigos, parientes, coetáneos, compañeros de trabajo) valora.

Si lo pensamos con objetividad, cuando de compras se trata, sobre todo en estas fechas, son muy pocos los bienes que adquirimos que realmente nos son necesarios. ¿Por qué compramos artículos que no nos hacen falta? ¿por qué comemos o bebemos en exceso, incluso hasta el grado de sentirnos mal? ¿por qué decidimos alterar nuestra salud y equilibrio físico, consumiendo sustancias nocivas, subiendo nuestro peso, elevando el colesterol, glucosa, etc.?

El consumo más allá de lo necesario, se presenta como una forma de compensación por aquello que se vive como faltante. Al comer más, tomar más, comprar más, existe la ilusión de que aquello que se vive como vacío se colmará, la ansiedad se diluirá, la tristeza se superará… las penas se ahogarán…

Los sentimientos son ambivalentes: por una parte se genera cierta frustración y malestar, pero a la vez se gesta una ambición insaciable cuasi-satisfactoria en donde se siente que, tan sólo con un poco más se alcanzará la meta de la completud deseada. El resultado es paradójico, no solamente lo consumido no logra completar al sujeto o restituir lo perdido, sino que el malestar crece.

El consumo entonces se incrementa y el ciclo se repite convirtiéndose en una espiral de consumo-frustración-malestar-ambición interminable.

¿Qué es lo que falta? ¿qué se ha perdido?

En nuestro artículo de noviembre de 2012 Desarrollo Infantil y Constitución de la Psique explicábamos cómo, en la persona, el desarrollo psíquico implica una dimensión anatómica-corporal, estrechamente vinculada con la relación afectiva.
Retomemos algunas ideas.

A diferencia del cachorro animal, el bebé humano carece de instinto que le guíe, en su lugar, la persona que ejerce la atención primaria, -comunmente la madre-, se asegura de satisfacer las necesidades básicas del bebé, pero lo hace aportando más que el mero cuidado físico. La madre o cuidador primario, introduce al bebé en el mundo del lenguaje cuando le habla, cuando le arrulla, cuando le canta, cuando expresa con palabras, lo que espera de él, lo que lo quiere, lo que le ocurre: “ven pequeño ya no llores, te voy a cambiar tu pañal porque estás incómodo”, “está cansado por eso está molesto, ya chiquito, duerme en mis brazos”, “yo sé que tienes hambre, ahora mismo te doy tu leche”.

El lenguaje abre frente al bebé una dimensión distinta, la dimensión simbólica, que permite a través del lenguaje comunicar y expresar. A la vez, en esta etapa de la vida, la madre o cuidador primario, se percibe como poderoso sostén a través de quién se accede al alivio de todos los padeceres, el amor total y la vía única de acceso a la comprensión de uno mismo y a la vida.

Al paso del tiempo, con la locomoción, el pequeñín va adquiriendo cierta “independencia” que se convierte en una paradoja y genera sentimientos ambivalentes. Por una parte la sensación de poder emprender su propio camino, siendo él mismo, distinto de su madre y por la otra, la sensación de quedar desamparado y vulnerable si se aleja de ella de modo tal que llegara a perderla. Los sentimientos en su forma más pura serían de amor y odio a la vez: amor a su madre, odio a su madre por depender de ella; amor a la independencia, odio a la sensación de fragilidad que acompaña a la independencia.

Respondiendo a la pregunta que abre este apartado: lo que se ha perdido es la ilusión de protección y bienestar, la dependencia de alguien o algo que cubra todas las necesidades, responda a todos los problemas.

El término clave en este proceso es que se trata, precisamente de una ilusión. Si bien la madre (o cuidador primario) son percibidos por el bebé como “omnipotentes” en realidad no lo son, sino simplemente brindan al pequeño cariño, cuidado y atención, pero no lo hacen invulnerable.

Los padres orientan, acompañan, guían, educan, marcan límites y enseñan normas, pero cada persona es responsable de asumir estos aprendizajes.

El lenguaje, el desarrollo, las propias decisiones de vida, son la vía de ser auténticamente nosotros mismos, nos hacen libres, nos hacen independientes y sobre todo nos hacen responsables de nosotros mismos.

La ilusión de un estado de invulnerabilidad y bienestar total, es precisamente una fantasía, una ilusión, y como tal, como estado ideal y añorado, permanece a lo largo de la vida.

La pérdida de la ilusión se acentúa con los cambios, los finales y los comienzos.

La fantasía de completud se torna en angustia de vulnerabilidad, en sinsentido y angustia cuando se experimentan pérdidas como es la muerte de los seres queridos, el desempleo, el divorcio, el retiro, etc. y también cuando se enfrentan cambios, se concluyen períodos, se inician ciclos.

Las celebraciones decembrinas marcan el final de cada año.
Al hacer el inevitable balance de lo vivido, se resaltan los logros y los fracasos, se recuerda a los ausentes, se hace un recuento de lo que fue y lo que no fue, con un dejo de nostalgia por lo que ya no volverá, unido a la urgencia de no dejar asuntos pendientes y resarcir aquello no logrado, completar lo que falta.

En este sentido, las fiestas se tornan ambivalentes: se busca vivir la ilusión de completud, invulnerabilidad y bienestar total; se enfrenta la imposibilidad de lograrlo, se vive la realidad de la pérdida y con surge un impulso de recuperar lo perdido, por medio del consumo voraz y exacerbado.

El consumo, como expresión de una compensación por aquello “que se ha perdido” resalta el goce en el autocompadecimiento por la pérdida. La persona se siente miserable, por lo perdido, y a la vez experimenta un cierto dejo de satisfacción al asumir una postura de víctima sufriente, postura que le facilita dejar de lado la responsabilidad de sí mismo y culpar a algo o a alguien más, por su dolor.

La primera quincena de enero es un período de impase. La cuesta de enero no es sólo un ajuste en materia financiera. Cuesta trabajo dejar atrás las vacaciones y celebraciones, retomar el ritmo cotidiano, dejar ir las promesas y propósitos para convertirlos en realidades y responsabilidades.

La experiencia psicoanalítica provee un espacio para que el sujeto se deshaga del dolor por la pérdida, es decir, dejar ir la creencia de que la completud e invulnerabilidad alguna vez existió y es preciso recuperarla o lamentarse y sufrir por no poder hacerlo. El psicoanálisis busca que el sujeto pierda su apego al dolor por la pérdida y asuma su vida, libre de esta carga imposible.

Si tienes preguntas o comentarios escríbenos a contacto@psicoanalisis-mexico.com

 

Noviembre 2016

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