Nada falta ¿patología en la era de la abundancia?

Lourdes Sanz

Los avances tecnológicos, particularmente en materia de comunicación e información (TIC), facilitan el intercambio no solamente de información e ideas, sino también de bienes y servicios, de manera virtual e inmediata.

El intercambio, de todo tipo, traspasa fronteras. En materia económica el mercado se extiende a todos los rincones del planeta, el valor de intercambio se fija con base en la oferta y la demanda, enfocado en la necesidad o necesidades concretas.

El uso de las TIC avanza, más allá del intercambio de información, bienes y servicios, para convertirse en un medio para la vinculación entre las personas, con las limitaciones derivadas de sus características propias, -precisamente ser un medio y no un fin-, como hemos comentado en artículos anteriores (Vida en línea y Redes sociales: ¿vinculación o aislamiento?).

Por otra parte, la vida en sociedad impone una serie de renuncias al goce-placer individual, como nos explica Freud en El malestar en la cultura. Estas renuncias permiten acceder a los beneficios, comunes a todos los miembros del grupo social.

Renuncia y goce

Si bien la renuncia individual es impuesta por la cultura como posibilidad de la construcción del bien social, es importante enfatizar también que la renuncia y limitación del goce individual es constitutivo de la psique y no solamente un imperativo social.

¿A qué nos referimos? El concepto gozar, en términos corrientes significa pasarlo bien, disfrutar, deleitarse. El concepto goce en psicoanálisis se refiere al exceso, cuando el disfrute o placer se torna en tensión, haciendo daño, convirtiéndose en un exceso intolerable y hasta doloroso. Es por esta razón que reconocer los límites del propio placer salvaguardan al sujeto.

Ahora bien, la renuncia al goce individual no se realiza de buena gana porque lleva consigo una especie de pérdida de placer. Por esta razón las personas buscan renunciar lo menos posible, perciben como injusta la renuncia propia en particular frente al privilegio de otros; experimentan constantes roces y ambivalencias respecto a las normas sociales que imponen estas renuncias, en muchos de los casos, incluso buscan esquivarlas de ser posible.

En un mundo de intercambio globalizado, la renuncia se antoja superada. La cultura se vuelca hacia la economía de mercado, en un intento de responder a un ideal de completud y progreso a través de la abundancia de bienes al alcance de todos. Se diluye cada vez más el sentido de la dimisión procurando la abundancia de objetos que satisfagan todas las necesidades, sin abdicación, sin límite de posibilidades.

La persona misma participa en este intercambio ofertando-se con un valor utilitario, objetivo. El sujeto se pone entre paréntesis, para posicionarse como objeto en la permuta: el sujeto goza y es gozado.

La cultura se encuentra objetalizada. Es decir, se busca ofrecer a todas las personas todas las respuestas y soluciones, satisfacer todas las necesidades, evitar a toda costa la renuncia.

El sujeto se desdibuja como resultado del imperativo de goce.

Necesidad, demanda y deseo

En la urgencia por huir de la renuncia, se confunden y yuxtaponen: la necesidad, la demanda y el deseo, conceptos diferentes pero relacionados entre sí.

La necesidad está íntimamente vinculada con el organismo, es de orden material y por tanto se satisface a través de objetos: bienes y servicios.

La demanda tiene que ver con lo que es sujeto pide, pero incluye lo que el sujeto espera, aquello no dicho. Lacan nos enseña que, al final, toda demanda es una demanda de amor. Es decir, independientemente de que lo que se pida sea un bien o un servicio, al solicitarlo esperamos que la persona aludida nos lo otorgue con cortesía, con amabilidad, con buenos modos. Cuando la persona a quien se ha solicitado algo es una persona afectivamente cercana, en particular los padres, el objeto solicitado pasa, incluso, a segundo término, lo más importante es el cariño que la persona amada otorga, su atención, su interés, su reconocimiento, su demostración de amor.

Finalmente, el deseo surge en el intervalo de la demanda y la respuesta recibida. El deseo solamente puede surgir en la falta, en la nada, si hay objeto o respuesta se pierde la posibilidad de desear porque se obtura el deseo. Solamente puede desearse aquello que falta. El deseo es motor de vida y movimiento.

La confusión entre el orden de la necesidad, la demanda y el deseo tiene consecuencias precisas en el sujeto, particularmente durante la constitución de la psique.

Sujeto – demanda – Otro

Para comprender mejor las consecuencias de la yuxtaposición y confusión de la necesidad, la demanda y el deseo, retomemos la relación hijo pequeño-madre.

Hemos explicado cómo la madre (o la persona que ejerce los cuidados primarios) introduce al chico al lenguaje. El lenguaje permite a la madre explicar al niño lo que siente, lo que ocurre, lo que es, etc. fungiendo para la persona como la vía para acceder a sí mismo, a diferencia de los animales quienes cuentan con el instinto. A través del lenguaje la madre introduce al hijo al mundo simbólico. El lenguaje se ubica entre la madre y el hijo, siendo el medio a través del cual se comunican.

Pongamos un ejemplo:

Sandy se encuentra de vacaciones en casa. Hacia las 12 del día busca a su mamá y la encuentra en su oficina de casa, inmersa en su trabajo. Desde la puerta dice: “mamita, tengo hambre, ¿me das unas papas?”.

Ejemplifiquemos dos escenarios de respuesta:

1. La madre, sin alzar la vista, llama a la señora que ayuda con el aseo y le dice “dele papas a la niña”.

2. La madre sonríe a su hija y responde: “Sandy, a tu estomaguito le hace daño estar comiendo todo el tiempo. En este momento estoy ocupada, no tengo tiempo para ir contigo pero, tan pronto termine este trabajo, voy contigo y juntas preparamos algo rico para comer.”
¿En cuál de los dos escenarios la hija obtuvo lo que quería?

En un primer momento podemos suponer que es en el primer ejemplo, la niña pidió papas, y la niña obtuvo papas. Sin embargo, la comunicación de la chica va más allá de expresar una necesidad de nutrimento físico, contiene una dimensión simbólica: la chica se vale del antojo de papas para solicitar la atención, reconocimiento y comprensión de su madre.
Cuando lo que la pequeña obtiene por respuesta es una bolsa de papas, su madre, no está escuchando realmente lo que la chica demanda, no la comprende, no le atiende, la ignora… con la satisfacción de la necesidad a través de las papas, la madre aplasta la demanda de amor de su hija, la extingue.

En el segundo ejemplo de respuesta, la pequeña no obtiene las papas, pero obtiene la atención de su madre, obtiene una explicación que manifiesta el interés de ella por su bienestar, y lo más importante, la madre le da “nada”, le da lo que no tiene, su falta. Frente a una madre que no es omnipotente, la pequeña tiene la posibilidad de no serlo ella tampoco por tanto se abre la oportunidad de ser ella misma, no lo que su madre desea o requiere como complemento de su perfección. Sólo frente a la falta de la madre, la hija puede ser, sin ser aplastada por la madre total, completa, voraz. Se abre en Sandy la posibilidad de la falta, de tener nada, y a partir de ahí, de desear, pues solamente puede desearse lo que no se tiene. Se abre la opción de ser ella misma y no ser objeto de su madre.

La madre (o quien ejerce los cuidados primarios) es percibida por el pequeño como Otro ominipotente y en este sentido el reconocimiento o ignorancia de esta persona hacia el sujeto, condicionará su posicionamiento en el mundo y la vida, como ser sujeto o bien como objeto.

Los trastornos de la alimentación, tan presentes en la cultura de la abundancia, son posicionamientos subjetivos. Son una de las expresiones del malestar nacido del imperativo de completud, llevado al extremo de nulificar al sujeto.

El sujeto convertido en objeto de consumo y devoración se rebela (protesta, perturba, agita) y se revela (se deja ver) en la identificación con la comida. Es ahí donde surge la persona anoréxica - bulímica, quien busca crear la falta y la nada, que requiere y que le posibilita el deseo, o bien le conduce a consumir-se.

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Noviembre 2016

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