Hallarse o consumirse

Lourdes Sanz

Hablar de trastornos de la alimentación, en particular de la Bulimia y la Anorexia, sobre todo cuando quien la padece es una persona cercana, remite de inmediato a la urgencia de solucionar el problema médico inminente, resolviendo todos los problemas que el organismo enfermo enfrenta: la desnutrición, las afectaciones en el sistema digestivo, etc.

Estos trastornos se caracterizan por actos irrefrenables centrados en la restricción alimentaria, la compulsión, los atracones y los mecanismos compensatorios posteriores como la inducción del vómito, la ingesta de laxantes, etc. Las consecuencias orgánicas se hacen evidentes en el mediano plazo, van desde las leves hasta las graves e incluso, pueden conducir a la muerte.

Las intervenciones más comunes se centran en aspectos médicos enfocados en los signos manifiestos, es decir, aquello que se ve. Podríamos decir que las intervenciones comunes en el tratamiento de estos trastornos se basan en una clínica de la mirada. Se busca eliminar los signos manifiestos y síntomas evidentes: equilibrar los nutrientes, regularizar la ingesta, recuperación de peso, que la piel retome su color y lozanía, sanar la irritación de mucosas internas –gastritis, colitis, etc.

Aunado a lo anterior, se hace un esfuerzo en términos motivacionales aludiendo a la razón de la persona afectada. Se busca convencerle de que hay una distorsión en su mirada con respecto a su cuerpo, del daño que se provoca al inducirse el vómito, se trabaja desde grupos de apoyo para recuperar la autoestima y objetividad de la persona en cuestión. Igualmente, se le entrena en cuestiones relativas a la nutrición: calorías, carbohidratos, vitaminas, etc. y en términos médicos, al cuidado de su organismo.

Si bien, cuando la persona presenta deficiencias orgánicas graves, es necesario implementar medidas médicas que garanticen la recuperación de la salud, desde el punto de vista psicoanalítico, los trastornos de la alimentación se visualizan desde una postura radicalmente distinta. Los signos médicos evidentes, se contemplan como una expresión del problema, y no como el problema en sí mismo.

En términos médicos los trastornos de alimentación, particularmente los atracones y la compulsión, se abordan como adicciones sin drogas, o como adicción a la comida. Desde el psicoanálisis, la comida como tal no es el punto central a ser abordado.

Las limitaciones en la ingesta, los atracones o las crisis bulímicas se conciben, desde el psicoanálisis, como manifestaciones del sufrimiento del sujeto, que no ha podido tramitarse de otra manera.

El psicoanálisis visualiza los trastornos de alimentación no como una adicción, sino como una a-dicción –sin dicho-.

Se trata de un dolor que el propio sujeto no identifica, razón por la cual no puede decirlo, no puede hablarlo. Algo que no ha podido enfrentar o discernir, porque si bien le provoca sufrimiento, no logra comprenderlo.

Siendo que es algo que no puede decirse, por desconocerse, sólo se siente y por tanto su expresión se lleva a cabo a través de acciones, pues no puede expresarse con palabras o símbolos. Se expresa mediante lo que conocemos como pasaje al acto.

Jaques Lacan nos enseña que aquello que el sujeto no puede decir, lo hace, lo denuncia en su cuerpo.

En términos generales, en los trastornos de alimentación se pone en acto una relación entre lo vacío y lo lleno: incorporar y expulsar, perder y reencontrar. La persona incorpora y expulsa una y otra vez, dramatizando el encuentro, la pérdida y el reencuentro.

Los trastornos de alimentación se vinculan al deseo: a la posibilidad de desear, al encuentro con el propio deseo, así como a la identificación y reconocimiento de sí, a la posibilidad de ser.

La propuesta de intervención psicoanalítica se basa en la escucha de cada paciente, en lo individual.

En contraposición a la clínica de la mirada, se plantea la clínica de la escucha de manera que la persona afectada pueda poner en palabras lo que le aqueja, en lugar de manifestarlo a través de acciones “…y posibilitar así el pasaje de una boca forzada a comer o a restringirse, a una boca urgida a poner en palabras el sufrimiento del sujeto...” (HECKIER, Marcelo 1994).

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Noviembre 2016

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