Ley y límites: separación

Cecilia López

En nuestro artículo "Ley y límites en la psique: el lenguaje" explicamos la relación entre los límites y la estructura psíquica de una persona. Al hablar de límites, nos referimos a dos elementos en particular: el primero es que la madre (o cuidador primario del niño) acepte seguir una "ley" más allá de ella misma, como serían las reglas del lenguaje, o incluso ciertas normas sociales de cordialidad y respeto.

El segundo que la madre transmita esas leyes al hijo de forma que ambos, madre y niño, estén dentro de esa ley, estén “sujetos” a la ley y a las prohibiciones que implica.

Paraíso perdido

Podríamos que el niño ahora “sabe” que la madre no es omnipotente; está sujeta a ciertas reglas externas al igual que él. Obtiene existencia más allá de la madre y “sabe” diferenciar entre “tú” y “yo”. Acepta ciertas regulaciones exteriores y las hace propias y, a raíz de ello, tiene una división entre consciente e inconsciente.

Surge ahora una nueva interrogante: la madre no es omnipotente, ¿alguien lo será? O, mejor aún, ¿existe la posibilidad de ella vuelva a ser omnipotente? Si ha “perdido” su calidad de omnipotente a causa de que le falta algo, ¿podrá recuperarlo? ¿qué es ese algo perdido?

La omnipotencia de la madre y su subsecuente pérdida no son los únicos dilemas surgidos a raíz de este momento de estructuración psíquica. El niño, ahora con existencia propia, por medio de la pérdida de la madre, se enfrenta a un mundo sin un orden y razón exactos y precisos; esto es, se enfrenta con el hecho de que el mundo no se encuentra en perfecta armonía y no todo tiene un lugar preasignado.

Para ejemplificar lo anterior, podemos equipararlo con lo establecido en la religión judeo-cristiana sobre el paraíso y la expulsión del mismo. En el paraíso no existen carencias ni pérdidas, por el contrario, se vive un equilibrio y satisfacción constante, sin espacio para dudas ni privaciones. Existe un halo de protección donde nada falta, nada sobra.

El niño, antes de que surja una diferenciación entre él y la madre y, por lo mismo tenga existencia propia, “vive” un estado similar. Al momento en que la madre deja de ser omnipotente, se quiebra la fantasía de paraíso y es como si hubiese una expulsión del mismo. Fuera del paraíso, las cosas dejan de estar en equilibrio y el niño se convierte en un elemento que “está de más”: no tiene una utilidad, una raison d’être exacta; o al menos no la conoce.

¿Para qué me quieres?

Los elementos y tumulto psíquico vividos hacen que surjan ciertas preguntas en el niño respecto a su propia existencia: “¿Para qué estoy aquí?”, “¿Cómo llegué aquí?”. Empiezan por un lado las dudas sobre de dónde vienen los bebés, las interrogantes respecto al sexo y también la razón por la cual los padres lo tuvieron.

Cuando un niño pregunta de dónde vino y de dónde vienen los bebés, los padres, de alguna forma u otro, se nombran como responsables, como los causantes. Sea que aprovechen la ocasión para hablar de sexo con los niños, o sea que opten por hacer un mito como el de la cigüeña, digan lo que digan de cualquier forma implica una explicación sobre el origen mítico del niño y el cómo llegó aquí. Más aún, en cualquiera de los casos, sea por una relación sexual o sea por una cigüeña, el niño tiene existencia por los padres, porque ellos desearon que el niño existiera.

Los padres son la causa del niño; ellos le dieron existencia. Existe ya una primera explicación respecto a su origen, ahora surge una segunda interrogante: ¿para qué lo tuvieron los padres? ¿qué es lo que quieren de él?, ¿qué es lo que esperan?, ¿cuál es su propósito o misión en la vida y que, con ello se justifique su existencia?.

Los niños esperan que exista una explicación capaz de satisfacer esta duda y, con ello, restaurar de alguna forma el equilibrio perdido. ¿Quién puede responder estas dudas? Los padres. ¿Por qué? Porque ellos son la causa misma del niño, hubo algo en ellos que desembocó en la vida del niño. Si bien ya la madre ha dejado de ser omnipotente, de todas formas se espera que tenga el conocimiento y la sabiduría necesaria para explicar cuál es el propósito que debe cumplir el niño, ¿para qué está aquí?

La respuesta a la pregunta “¿Para qué me quieres?” juega un papel fundamental en la formación de la posición subjetiva del niño; de ello depende una estructura perversa o neurótica. Aclaremos que por respuesta no se trata exclusivamente de una sola explicación, sino de una red compleja de elementos tejidos alrededor del niño. No se trata de que los padres respondan “Porque…” sino de cómo se traduce esa respuesta a la vida cotidiana del niño.

Porque te quiero, pero…

La madre no es omnipotente, hay algo que le falta, hay algo más allá de ella que necesita y a lo cual debe sujetarse, ¿qué es? ¿podría relacionarse con la razón por la cual decidió darle existencia al niño?

Digamos que el niño se encuentra en el proceso de descubrir para qué lo quiere la madre, trata de que ella le explique cuál es su misión o destino en la vida, qué es lo que espera de él. La madre, por ejemplo, podría responder: “Por qué quiero que seas feliz”, “Quiero que seas una persona de bien y hagas cosas importantes en el mundo”, “Tu papá y yo queríamos formar una familia”.

La madre otorga una respuesta, pero tiene un elemento ambiguo, alude a algo más y esto hace que el niño se pregunte, por ejemplo: ¿Y cómo soy feliz?, ¿qué implica ser una persona de bien?, ¿para qué querían una familia?. La respuesta de la madre no es determinante, no es satisfactoria y no es capaz de dar una dirección determinante para el niño. El niño sigue cuestionándose y preguntándose “¿para qué estoy aquí?”, sigue sin entender “¿para qué me quieres?”.

Más allá de lo que responda literalmente la madre, lo fundamental está en lo que su respuesta implica. En este ejemplo, digamos que en su respuesta la madre expresa su amor y la importancia del niño para ella, sin embargo, en sus palabras y/o en sus actos, el niño interpreta que él no es lo único importante en su vida. La madre revela querer algo más, revela que existen otros elementos que ella necesita.

¿Cuáles son estos elementos? El padre. El niño observa que el padre quita la atención de la madre sobre él y la dirige hacia otro elemento; es decir, la madre está enfocada sobre el niño hasta que llega el padre y, entonces, la madre deja al niño para enfocarse en el padre. El padre tiene un lugar de suficiente importancia para la madre como para hacer que deje al niño; el niño no es lo único para la madre porque existe el padre.

Recordemos que así como cuando decimos “madre” nos referimos al cuidador primario del niño, sea hombre o mujer, tenga una relación genética con él o no, así también cuando decimos “padre” nos referimos a aquella persona, o incluso actividad, que distrae la atención de la madre sobre el niño. “Padre” puede ser el progenitor masculino, pero podría ser también el progenitor femenino; podría ser la pareja de la “madre”, o podría tratarse de otra persona completamente ajena. Incluso puede ser algún ideal o actividad que aleje a la madre del niño.

La madre revela querer al niño, pero también revela que su amor hacia el niño no es suficiente, el niño no es lo único en su vida: ella quiere algo más, tiene otros anhelos. La presencia del padre es indicativo de este querer algo más. El padre es algo que ella acepta, ella desea, algo que demanda su tiempo y su atención y que la madre acepta dárselo.

Pensemos, por ejemplo, en una situación clásica: la madre está con el niño intentando que termine su tarea, tome un baño y limpie su cuarto. El niño, renuente a renunciar al gusto que implica jugar con sus peluches, ignora a la madre, hace berrinche y no termina su tarea. La autoridad de la madre sobre el niño no es suficiente, después de todo, ella no es omnipotente. Entonces la madre dice “Espera a que llegue tu padre”, acto seguido, el niño deja los juguetes y hace todos sus deberes.

En el ejemplo, la madre hizo alusión y validó algo más allá de ella: al padre, algo que a la vez desea pero que también la ordena, la limita. La psique del niño se acomoda de acuerdo a lo que él percibe de la madre, y, por ello mismo, acomoda al padre, y el rol que juega, dentro de su estructura psíquica. El niño también incorpora al elemento más allá de la madre: incorpora al padre, es decir, a ese deseo más allá de él que la madre manifiesta tener.

¿El padre complementa a la madre? ¿Es el elemento que la hace omnipotente? No realmente. El niño percibe que la madre tiene otros anhelos y deseos además del niño, sin embargo, sigue existiendo un elemento de insatisfacción en la madre: tiene al niño, tiene al padre, tiene un trabajo y amigos, pero sigue existiendo algo que le falta, ¿qué? Algo que ni la madre misma puede definir o entender. Esta falta mantiene a la madre en una constante búsqueda.

¿El padre es el nuevo omnipotente? Tampoco. Para no adentrarnos en otros parajes de la teoría, diremos simplemente que el padre, si bien es el deseo y límite de la madre, también se encuentra en una constante búsqueda, también tiene un elemento que le falta y también está sujeto a determinadas reglas.

Ante este panorama, el niño es incapaz de obtener la respuesta “¿Para qué me quieren?”. Tendrá ciertas directrices, tendrá ciertos indicativos, imaginará e interpretará otros, pero, esencialmente, es una respuesta que permanece sin respuesta, es una falta en él mismo, y ello lo mantendrá en constante búsqueda y movimiento.

Las faltas, el anhelo de algo más, el no ser el objeto que los padres necesitan para ser totales, y la constante búsqueda de una respuesta a la razón o motivo de su vida, son los elementos que conforman la posición neurótica, sea la obsesión o la histeria.

Porque eres lo que me hacía falta.

Hemos descrito una vía para responder a la pregunta “¿Para qué me quieres?”, un camino posible a al momento de separación que forja una estructura neurótica; no obstante, existe otra alternativa a cómo responder a esta interrogante.

Digamos que al responder a la pregunta, la madre da indicios de que el niño es justo aquello que ella necesitaba. Sí, es cierto, no es omnipotente y algo le hace falta, ¿qué le hace falta? Justamente el niño. La razón por la que la madre tuvo al niño, el propósito mismo de la existencia del niño, es complementar a la madre, convertirse en aquello que ella necesita, que ella desea.

El “padre” no existe o es débil. El niño percibe que no hay una persona, ideal o actividad que sean más importantes para la madre que él mismo. El deseo último y verdadero de la madre es el niño, nada tiene el poder de separarlo realmente de él. Quizá la madre tenga una pareja, un trabajo o una vida social que demanden su tiempo y atención, pero, aunque estén lejos, su anhelo verdadero es estar con el niño, hacer todo por y para él.

El padre no es capaz de interponerse en la relación madre-hijo. Pensemos, por ejemplo, en un caso donde el padre regaña al niño por tener una mala nota en la escuela y le prohíbe ver la televisión una semana. A la mitad del regaño, la madre interviene a favor del hijo “No seas tan duro con él, es un niño, no entiende lo que hace”; más aún, no sólo interviene coartando el regaño del padre sino que, después, incita al hijo a ver la televisión a escondidas.

En nuestro ejemplo, la madre está nulificando al padre ante el niño. Con su intervención, quita toda validez a los límites y reglas que el padre intenta imponer y, en su lugar, forma una alianza secreta entre ella y el niño, excluyendo al padre, desafiándolo. La madre deja en claro que el padre no tiene importancia para ella, y, por lo tanto, tampoco para el niño; ella no necesita al padre porque tiene al niño, el niño es su verdadero deseo.

Ante la pregunta, “¿para qué me quieres?” se contesta es “para que seas el objeto que yo necesito para completarme, para que llenes mi vida”. El niño tiene una respuesta clara y definida, no hay posibilidad de elucubraciones o de movimientos propios: él es, él está aquí, como complemente inseparable de la madre.

Recordemos que el niño se puede convertir en el objeto que complementa a la madre sea porque hace feliz a la madre o sea porque la hace miserable. Sin entrar más en la teoría, diremos que la madre puede tomar al niño como el objeto que ella realmente anhela sea porque exprese amor por el niño, o sea porque exprese odio por el niño. Se trata de una cuestión de extremos sin límites: el niño ilumina su vida o el niño arruinó su vida. En cualquiera de los casos, el niño es todo lo que necesita, no necesita ni quiere al padre.

La no entrada del padre durante la formación de la estructura, el convertirse en el objeto que realmente llena la falta de la madre, el tener el propósito fijo de “ser lo que la madre necesita” sin posibilidad de algo más, son los elementos que crean una posición subjetiva perversa.

La perversión parte de ser el objeto único de la madre, de ser aquella pieza que colma a la madre y le restituye sus “poderes omnipotentes”. En la perversión, por consecuencia, no tiene peso el “padre” y, por ello mismo, hay serios conflictos respetando los límites.

¿Dudas, comentarios o sugerencias? Escríbenos a cecilialopez@psicoanalisis-mexico.com

 

Septiembre 2013

Perversiones

Ley y límites: separación

Opuestos: ausencia y presencia