¿Por qué no me acuerdo?

Cecilia López

Los olvidos son uno de las manifestaciones del inconsciente, según observó Freud a lo largo de su experiencia clínica. Hay recuerdos que se desalojan de la memoria y, en circunstancias especiales, aparecen de nuevo. En otros casos, como sería la infancia, hay bloques o años enteros de la vida que eliminados casi en su totalidad. Ambos casos surgen por efecto de la represión: un mecanismo, típicamente de las estructuras neuróticas, que excluye pensamientos e ideas.

Parte del quehacer cotidiano, es olvidar y perder cosas: las llaves, enviar un correo, hacer una llamada. En un panorama más amplio, el olvido se extiende sobre más áreas de nuestra vida: recuerdos de un viaje, festividades anteriores o incluso discusiones recientes. Más aún, pareciera que al cruzar la línea de los veinte esta tendencia se fortificara y extraviamos porciones significativas de la infancia y adolescencia.

Freud se interesó en este fenómeno y en Psicopatología de la vida cotidiana, estudió y analizó la dinámica que desemboca en un olvido, cometer una equivocación o tener un lapsus. Como ocurrió con el examen de los sueños y su significado para una persona, todos estos actos diarios, con frecuencia tildados como meros errores o confusiones sin relevancia, guardan una estrecha relación con el material inconsciente y son fundamentales en un análisis por conducir a elementos reprimidos que, sin saberlo causan estragos dolorosos para la persona.

El enlace entre un elemento y otro se realiza por medio del lenguaje, ergo la importancia de decir todo lo que venga a la mente en asociación libre. Pensemos en una persona que, u olvida el nombre del personaje Morticia Addams,o lo confunde con Alicia Addams. En un análisis imaginario, ésta persona mitad francesa, descubre que la palabra cambiada del nombre es mort (muerte en francés) e inmediatamente se remite a la muerte de su familia cuando era niño. Más aún, descubre que el cambio a Alicia Addams, crea de iniciales AA y la persona recuerda que su muerte fue porque una persona, manejando en estado de ebriedad, provocó un accidente.

En un esfuerzo de desentenderse de aquel evento doloroso, se olvida no solo el recuerdo en sí, sino cualquier cosa que enlace a él, ya sea directamente o construcciones posteriores como la del ejemplo. Los lazos jamás son lógicos, ni tampoco generales. Tienen que ver con la historia de cada persona y, precisamente por ello, la única regla de un psicoanálisis es decir todo lo que venga a la mente sin censura y sin importar su coherencia.

Olvido = Represión

El olvido surge por acción de la represión, que se puede dividir en represión primaria y de la secundaria. La primera se da muy al principio de la vida, es lo que funda el aparato psíquico y crea la división consciente/inconsciente. Ésta es justo la marca que diferencía a las personas de los animales: hay algo que resulta inadmisible y contrario, por lo que se le desaloja de la mente. Digamos que el tránsito entre cachorro humano y sujeto desnaturalizado (que tiene pulsiones y está en el lenguaje del Omnipotente/Otro), se marca precisamente con la represión primaria.

Como una separación mítica entre el cielo y la tierra, la represión primaria crea las “dos mentes” del sujeto. Es imposible volver a tener acceso a aquello que queda en el núcleo del inconsciente por efecto de este proceso. Este núcleo va a atraer hacia sí todo lo que se le parezca –retoños, en palabras de Freud- y, cuando éstos tratan de pasar a la consciencia, surgirán la represión secundaria.

Una forma concreta de entender este proceso sería pensar que la represión primaria hace que tengamos un imán en el centro de nuestro aparato psíquico. Ese imán jamás nos lo vamos a encontrar, pero sabemos que está ahí por el campo de atracción que tiene sobre otras cosas. La represión secundaria sería como si tuviéramos un fierro en la mano y, de pronto, lo perdemos. Tiempo después, cuando nos encontramos una barra de acero, el fierro reaparece “mágicamente”.

Aquellos recuerdos que olvidamos, serían los objetos de fierro en el símil. Algo de ellos los atrae hacía el mítico imán fundante del aparato psíquico. En el caso de los recuerdos de aproximadamente los primeros seis años de vida, dado que es el periodo en el que están en juego los procesos de estructuración psíquica, todos los fierros que se pegan al imán, van a formar parte de él y es imposible que salgan, salvo uno que otro por un camino tangente.

Verdad subjetiva, no histórica

Tener certeza en los hechos y datos es importante para las ciencias exactas. En un análisis, sin embargo, esto es de poca relevancia. La capacidad de modificar circunstancias o trabajar aquello que duele no depende de recordar con exactitud qué sucedió. De ser así, solo bastaría que alguien más nos relatara cómo fue nuestra niñez o, más aún, con las nuevas tecnologías se podría tener grabado cada minuto de cada día de la vida de una persona.

Para un análisis, lo relevante es la verdad subjetiva: la narración que el propio sujeto hace de sí mismo, de lo que él recuerda/construye por medio de la asociación libre, con independencia de lo sucedido o no. Tampoco se debe caer en el extremo de pensar que la realidad es irrelevante para la narración que hace una persona de su historia, pero se trata de cómo recuerda algo o, más aún, de un recuerdo construido con posterioridad: “Creo que de niño lloraba mucho”.

Los recuerdos y los olvidos no tienen valor por sí mismo, sino hasta un momento posterior cuando se hace una significación, o resignificación de nuestra vida. Así como solo se sabe el verdadero significado de una oración hasta que se llega al punto, de igual forma la verdad subjetiva surge en un momento posterior, con las nuevas explicaciones y significados que se le dé a algo.

 

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