¿Permisividad o auto tortura?

Lourdes Sanz M

La rigidez en la educación familiar, en las normas sociales, o en las costumbres y tradiciones, con cierta frecuencia llevan a las personas a rebelarse, buscando una especie de liberación, que les permita vivir más auténticamente con su propio deseo.

La “liberación” de la norma, a la que nos referimos, incluye aspectos fundamentales del ser de un sujeto como pueden ser su vocación profesional, su orientación sexual, las creencias, valores e  ideología que orienta su vida y que en algunos núcleos familiares o sociales constituyen decisiones que no son dejadas a la elección del sujeto, sino impuestas desde fuera.

En la actualidad, cada vez más, existe una lucha social por los derechos humanos, entre los que se incluye el respeto a la libertad de cada persona para elegir los aspectos fundamentales de su propia vida. Algunas de las usanzas y tradiciones, son percibidas como contrarias a la libertad individual, violatorias de este derecho humano.

A la par de la defensa del mencionado derecho fundamental, se presenta una fuerza de rebeldía intensa frente al orden establecido, que se extiende incluso hasta el desafío de la misma cultura de la legalidad.  

Cuestionar normas que no aplican a la realidad de una persona o grupo social y que se siguen solamente por costumbre, es ciertamente positivo y constituye el primer paso para modificar la convivencia social. 

Por otra parte, cuando más que un cuestionamiento, la reacción del individuo o de un grupo es el desafío o la violación abierta de toda norma, simplemente por ser una norma, el resultado va en detrimento del propio sujeto.

Permisividad: “goza”

El fenómeno de la globalización ha permitido una cercanía mayor entre culturas, normas, costumbres, tradiciones. Este acercamiento ha despertado el cuestionamiento en torno a lo propio pero a la vez ha detonado una reacción defensiva de lo propio frente a lo ajeno.

Simultáneamente, las costumbres y tradiciones restrictivas de ciertos grupos sociales generan en reacciones de rebeldía entre sus integrantes, particularmente los más jóvenes.

En el contexto de esta paradoja en lo social, el desafío al orden establecido, la opción por vivir cada momento sin restricciones, de otorgarse el permiso para disfrutar sin culpa, se presenta disfrazado de libertad.
Se convierte en una aspiración, en un ideal a alcanzar.  El goce se torna en expectativa, o hasta demanda social, en la que se exhorta a gozar, a dejar atrás toda restricción y gozar de todo: bebida, sexualidad, sustancias, comida, diversión, etc.  
Quien goza ilimitadamente se reconoce como quien ha logrado superar estereotipos absurdos y triunfar sobre un orden establecido.

El imperativo: “goza” se convierte en una nueva forma de coartar la libertad, ya no desde la obligatoriedad de la norma que restringe, sino desde la obligatoriedad de romperla, de desafiar lo establecido.

El desafío a los límites fundamentales crea confusión en el sujeto porque al hacerlo, se torna imposible distinguir aquella imposición que coarta la propia libertad, de el límite que le permite  a un sujeto identificarse y diferenciar lo que, él o ella, es, de aquello que, el o ella, no es.

Los límites delimitan

En otros artículos hemos analizado la formación de la psique y cómo, son los padres o quien ejerce los cuidados primarios, quienes revelan al sujeto su ser mismo.  Hemos mencionado también que en este proceso, el sujeto infantil descubre las propias limitaciones, pero también descubre las limitaciones de aquellos a quienes vive como infalibles: sus padres. 

El encuentro con el límite, con la falta, con lo que no se puede controlar, por una parte impacta fuertemente,  como un factor que hace que el sujeto se sienta vulnerable.  Sin embargo, el límite, precisamente permite al sujeto “delimitarse”. 

Pongamos un ejemplo tangible. Pensemos en nuestra piel. La piel, el órgano más grande que tenemos, cubre todo nuestro cuerpo, desde lo biológico, la piel delimita a la persona. Todo lo que está hacia adentro de la piel es nuestro cuerpo: los músculos, los órganos, etc.  Asimismo, todo lo que está fuera no somos nosotros mismos: el agua cuando nos bañamos, el aire, el paisaje, otros seres vivos.

En el aspecto psíquico, los límites,  también permiten descubrir la propia identidad, aunque de un modo más abstracto que como sucede con nuestro cuerpo.  A partir de la experiencia de vida, de la convivencia, de los aprendizajes, descubrimos lo que nos gusta, lo que nos duele, lo que nos complace, lo que nos lastima. Aprendemos una manera de percibir e interpretar el mundo a nuestro alrededor.  Parte de estos aprendizajes incluyen el reconocimiento de los límites: en tiempo, en espacio, en cuanto a la presencia o ausencia de otras personas, en cuanto a lo que puede controlarse y lo que no.

Como hemos explicado en otras reflexiones, el reconocer y asumir los límites, es tan amplia como la propia posición frente a la vida, la propia estructura psíquica del sujeto.

Conforme la psique se desarrolla, -y con base en su estructura psíquica también- el sujeto toma decisiones en torno a sí mismo, elige, por ejemplo disfrutar algo, controlar la expresión de su enojo, postergar un momento feliz para poder vivirlo en compañía de alguien más, etc. 

Los límites fundamentales son aquellos que fungen como el contorno de la identidad del sujeto, dentro de los cuales se entiende, se reconoce, se desenvuelve.

Autotortura: “goza”

Gozar sin límite se convierte, más que en un espacio de libertad o permisividad graciosamente otorgada a uno mismo, en una forma de servir a cierta expectativa o demanda de otros.

Paulatinamente, el sujeto cede su posibilidad de elección al imperativo “goza” para transformarse en esclavo de ese nuevo Amo-Otro.

El desdibujamiento de la propia elección, de la capacidad de autoregulación, diluye al sujeto en la masa de “gozantes” y activa el desentendimiento de sí mismo, confundiendo lo que construye con aquello que debilita y perjudica a la persona, en todos los sentidos.

 

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Septiembre 2016

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